Orihuela llegó a Marruecos en 2010, inicialmente como arquitecto. Dos años después, ya estaba conquistado por el país: «Ya en 2012 estaba profundamente enamorado de Marruecos, de su cultura, la historia común con España, sus paisajes y sus habitantes». Desde entonces, Marruecos dejó de ser un lugar de paso para convertirse en su hogar. «La sencillez con la que viven muchas personas y su capacidad de compartir lo poco que tienen, sin esperar nada a cambio, me sigue asombrando», dice, recordando las pequeñas generosidades cotidianas que ha capturado con su cámara.
Formado en arquitectura, Pedro aprendió a observar el espacio y la relación entre el ser humano y su entorno. Esa mirada se trasladó a la fotografía: «La arquitectura me enseñó a ver los paisajes y los edificios desde otra perspectiva, y eso hace que la fotografía se relacione estrechamente con la arquitectura, dándome libertad para expresarme». Sus imágenes son, en sus palabras, expresiones de sus vivencias; mientras la arquitectura está limitada por programas y normas, la fotografía le permite seguir su instinto, contar historias y transmitir emociones de forma inmediata, sin límite alguno. Solo con un disparo en la cámara.
Su última exposición, «Una visión de Marruecos», presentada en abril y mayo del 2025 en la Fundación Mohammed VI de Tetuán, refleja esta filosofía. «Me ha permitido dar a conocer mi perspectiva de Marruecos desde detrás de la cámara, ofreciendo la posibilidad de mostrar un Marruecos desconocido para la mayoría», dice. Su trabajo se centra en el Marruecos auténtico, el de la vida cotidiana, de los encuentros simples y sinceros: un cuscús compartido un viernes tras la oración, el pan que se ofrece a un desconocido sin esperar nada a cambio y los gestos de hospitalidad que no aparecen en ninguna guía turística.
Orihuela distingue su mirada de la de otros fotógrafos en Marruecos por la combinación de formación, experiencia y sensibilidad. «Más que cambiarme, Marruecos me ha hecho evolucionar, más como persona y, como consecuencia, como fotógrafo. Lo que hay detrás de una cámara es una persona, que refleja sus vivencias en las fotografías que realiza», explica. Una imagen que se traduce en detalles que otros podrían pasar por alto: el respeto a los mayores, la capacidad de comunicarse naturalmente con desconocidos, la manera en que las personas te ofrecen algo, sin esperar nada a cambio. Para él, esas pequeñas escenas cotidianas son extraordinarias, y su cámara es la herramienta para capturarlas.

En enero de 2026 decidió llevar esa mirada a un paso más allá. Orihuela se lanzó a uno de sus retos más exigentes: recorrer en solitario cerca de 800 kilómetros entre Agadir y Laayoune en una bicicleta híbrida, con el equipaje mínimo repartido en tres alforjas. Durante diez días atravesó el sur de Marruecos pedaleando en carreteras casi desiertas y pueblos donde el tiempo parece avanzar a otro ritmo, enfrentándose sobre todo a un enemigo constante: el viento del desierto, que en ocasiones superaba los 40 kilómetros por hora.
Entre noches en pequeñas pensiones, campings y tiendas de campaña, compartió algunos kilómetros con otros ciclistas, conversó con pescadores, comerciantes y pastores, y se integró en paisajes donde el silencio se impone. Más que un desafío deportivo, el viaje se convirtió en una experiencia de inmersión total en el sur del país.
Sobre dos ruedas, el recorrido lo llevó por zonas poco pobladas, con puntos de agua muy distantes, y le permitió vivir el desierto de forma pura. «No lo recomiendo para gente sin experiencia, el error puede costar caro», advierte, subrayando la necesidad de una preparación previa.
Para este fotógrafo, en un desafío así: «Dependes de ti mismo, de tu esfuerzo, de tu capacidad para gestionar fuerzas y recursos. La experiencia es completa porque te integras en el medio de forma total, nada te separa de lo que te rodea».
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Incluso en el desierto, Pedro percibe la seguridad que ofrece Marruecos: «Nunca he tenido malas experiencias. Policía y militares velan por ti, te dan indicaciones y consejos para que tu viaje sea más seguro. Yo, con mi experiencia en el desierto, también transmito esas precauciones». Para él, esta combinación de hospitalidad y protección refleja la esencia de un país que abraza al visitante, pero al mismo tiempo, le exige respeto.
Orihuela habla de la fotografía como un medio para contar historias y compartir experiencias. «Lo que intento mostrar es un Marruecos que no se conoce a través de guías publicitarias o vídeos. El Marruecos de contacto, humano, que te invita a su casa, que comparte sin esperar nada», resume. Cada retrato, cada paisaje, cada escena es una forma de acercar lo auténtico, más allá de lo superficial.

Él lo tiene claro, repetirá la experiencia con nuevos recorridos por Marruecos: de Marrakech a Agadir pasando por el Tizi n’ Test, y más tarde Laayoune-Dakhla. Estas futuras experiencias le permiten profundizar en la relación entre esfuerzo físico, observación y creación artística. Para él, la fotografía es el puente entre la persona, el lugar y la historia que quiere contar.
Pedro Orihuela no solo retrata Marruecos; se deja transformar por él. Sus imágenes son más que fotografías: son sensaciones, encuentros, aprendizajes y emociones. En cada momento, se percibe su respeto y su fascinación por un país que, desde 2010, ha dejado de ser un lugar de paso para convertirse en hogar, escuela y en su laboratorio creativo. Orihuela no solo recorre Marruecos; se deja atravesar por él. Sus imágenes son mapas de sensaciones, reflejos de un país que se revela solo a quien sabe mirar.

















