La actual campaña agrícola evoluciona en un contexto hídrico claramente más favorable que el de años anteriores. Las lluvias registradas han mejorado el estado de los cultivos y han contribuido a reconstituir parte de las reservas de agua tras varios años de déficit pluviométrico, subraya Kamal Aberkani, profesor de la Facultad Pluridisciplinar de Nador y experto en ingeniería agronómica.
Según los últimos datos difundidos por la Dirección General de Meteorología (DGM), el acumulado medio nacional de precipitaciones alcanzó los 136 milímetros entre diciembre y febrero, casi el doble de la media habitual del invierno, situada en 71 milímetros. Este invierno se sitúa así como el tercero más lluvioso desde 1981, solo por detrás de 2010 (200 mm) y 1996 (178 mm).
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La temporada también se ha distinguido por registrar una media de 36 días de lluvia, frente a los 17 días considerados normales desde el punto de vista climático, con récords de jornadas lluviosas en varias estaciones, sobre todo en Ifrane con 49 días frente a los 44 de 1963, Kenitra con 43 frente a 41 en 1996, El Jadida con 41 frente a 36 en 1996, Casablanca con 38 frente a 37 en 1997 y Khouribga con 37 frente a 35 en 2010. Algunas regiones recibieron en una sola temporada el equivalente a un año entero de lluvias, con 1.296 mm en Tánger —frente al anterior récord de 889 mm en 1996—, 448 mm en Nouaceur —frente a 386 mm en 1997— y 435 mm en Sidi Slimane —frente a 418 mm en 1997—.
«Esta evolución llega en un momento clave del ciclo de los cultivos, especialmente para los cereales, que están entrando en una fase decisiva para los rendimientos», explica Mohamed Taher Sraïri, especialista en sistemas de policultivo y ganadería y profesor del Instituto Agronómico y Veterinario Hassan II.
Los cereales constituyen uno de los principales indicadores de la dinámica de la campaña agrícola. Ocupan las superficies más amplias y estructuran la actividad agraria en numerosas regiones rurales, recuerda el experto.
«Estamos en la fase de formación de las espigas. Es ahora cuando se decide todo. Una gran parte del rendimiento se juega en este momento», añade. Las precipitaciones registradas en marzo llegan, por tanto, en una fase determinante del ciclo vegetativo. Deberían favorecer el llenado del grano y estabilizar las perspectivas de producción. Las observaciones sobre el terreno confirman, además, esta evolución.
Las parcelas presentan, no obstante, situaciones distintas en función de la fecha de siembra. Algunos cultivos se implantaron pronto, mientras que otros se sembraron más tarde debido al retraso de las lluvias. Pese a estas diferencias, el estado general de los cultivos resulta más favorable que en campañas anteriores. «En términos generales, el mundo rural se encuentra en mejor situación», subraya el agrónomo.

Según estimaciones de la Federación Nacional de Comerciantes de Cereales y Leguminosas, recogidas por Reuters, la producción nacional podría situarse entre 8 y 9 millones de toneladas al cierre de la actual campaña, de las cuales cerca de 5 millones corresponderían a trigo blando. Por su parte, Moulay Abdelkader Alaoui, presidente de la Federación Nacional de la Molinería, sitúa la cosecha en torno a los 6 millones de toneladas, un volumen que considera suficiente para abastecer las reservas sin interrumpir los flujos de importación.
Las precipitaciones desempeñan también un papel especialmente importante en las zonas cultivadas en régimen de secano, es decir, aquellas que dependen directamente de la lluvia. «Las últimas precipitaciones, especialmente las de marzo, van a favorecer la producción, sobre todo de los cereales cultivados en secano, que dependen más directamente de la pluviometría», explica Kamal Aberkani, profesor de la Facultad Pluridisciplinar de Nador y experto en ingeniería agronómica.
En estas regiones no irrigadas, la continuidad de la humedad en el suelo permite a los cultivos seguir desarrollándose. «Estas precipitaciones van a ayudar a que estas producciones completen su ciclo. No van a sufrir una interrupción hídrica», añade.
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Sin olvidar los cultivos de regadío, los forrajes también muestran una evolución favorable. La avena y el trigo presentan un desarrollo vegetativo satisfactorio en varias regiones, apunta el experto. Estas producciones entrarán después en la fase previa al corte para constituir reservas forrajeras de cara al verano, precisa Mohamed Taher Sraïri.
La evolución de la cubierta vegetal es igualmente un factor importante para la ganadería. Tras varios años de sequía, muchos ganaderos redujeron sus rebaños por falta de recursos forrajeros. La recuperación de la vegetación podría contribuir a mejorar progresivamente la disponibilidad de alimento para el ganado.
La arboricultura también presenta signos de mejora. Los frutales de primavera, especialmente melocotoneros, nectarinos y albaricoqueros, están entrando ahora en fase de floración. «El ciclo vegetativo sigue un desarrollo normal. Los árboles frutales están en plena floración y las lluvias han sido muy beneficiosas», detalla Mohamed Taher Sraïri.
Una evolución positiva, aunque con matices
Esta mejora llega después de varios años especialmente duros para los huertos y plantaciones. «Marruecos ha atravesado siete años de sequía. Algunos campos se han perdido porque los árboles no siempre resisten un estrés hídrico prolongado», recuerda Kamal Aberkani.
La campaña agrícola, sin embargo, arrancó con retraso, ya que «el lanzamiento oficial tuvo lugar en noviembre», señala el experto. La tardanza de las lluvias provocó un desfase en las siembras en varias regiones. «Los agricultores empezaron primero a sembrar cebada, cereales y cultivos forrajeros tras las lluvias de diciembre», añade.
Las observaciones por satélite confirman esta mejora. «Si se analiza el índice de vegetación por satélite, el NDVI, se observa un coeficiente positivo en todo el territorio nacional», explica Kamal Aberkani. Este indicador refleja un avance de la cubierta vegetal tras varias campañas dominadas por el déficit hídrico.
Algunos cultivos siguen siendo, no obstante, difíciles de recuperar, como la remolacha azucarera, indica el experto. En cambio, las leguminosas sí se han beneficiado de la vuelta de las lluvias. «Hemos tenido siembras de habas y haboncillos con un aumento de las superficies», precisa.
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Las precipitaciones también han tenido efectos sobre la calidad de los suelos, ya que «los análisis muestran una disminución de la salinidad». Tras varios años de sequía, las sales se habían acumulado en los terrenos. Las lluvias han provocado un proceso de lixiviación que «reduce la salinidad y favorece la actividad de los microorganismos». El aumento de la humedad atmosférica también contribuye a mejorar las condiciones de crecimiento de los cultivos. «La humedad del aire ha mejorado, lo que crea un entorno más favorable para el crecimiento vegetal», añade el experto.
Sin embargo, en algunas regiones los episodios de lluvia también han causado daños. Las zonas del Gharb y del Loukkos, dos importantes cuencas agrícolas, se han visto afectadas por inundaciones localizadas. Ambas concentran una parte importante de la producción de frutos rojos y cítricos destinados a la exportación, por lo que las crecidas van a afectar a determinadas explotaciones.
«Hay cultivos que se pueden salvar y otros que no», explica el experto. Los cítricos figuran entre las producciones más sensibles. «Si hay daños en los cítricos, hay que replantar y esperar cinco años», subraya Kamal Aberkani. Las fresas también presentan importantes limitaciones agronómicas. Por ello, el especialista defiende reforzar los programas de selección varietal.
«Con el cambio climático, Marruecos debe pensar en una estrategia de selección genética que permita disponer de variedades capaces de adaptarse», sostiene Kamal Aberkani.
También considera necesario poner en marcha dispositivos de apoyo a los agricultores. «Algunas medidas pueden ayudar a corto plazo, como el aporte de fertilizantes o la asistencia técnica. Otras respuestas pertenecen al largo plazo. Por ejemplo, para los productores que han perdido un cultivo de remolacha, se pueden fomentar cultivos de primavera si se dispone de riego por goteo. En cambio, para los cítricos o las fresas, las soluciones son más limitadas a corto plazo», recomienda.

Cabe recordar que, durante los episodios de déficit hídrico, los volúmenes de agua destinados a la agricultura se redujeron drásticamente. «Inicialmente, unos 3.500 millones de m³ de agua estaban destinados a la agricultura», señaló el ministro de Equipamiento y Agua, Nizar Baraka, durante un ftour-debate organizado por la Alianza de Ingenieros Istiqlalíes. Pero en los últimos años los niveles reales han sido muy inferiores: «En estos últimos años no superábamos los 1.100 millones de m³».
Ante esta presión hídrica, las autoridades se vieron obligadas a establecer prioridades en el reparto del agua. El objetivo era garantizar el abastecimiento de la población. Esta orientación tuvo consecuencias sobre determinadas producciones agrícolas. Varias explotaciones tuvieron que revisar sus cultivos. No menos de 40.000 hectáreas de huertos citrícolas fueron arrancadas en cinco años, especialmente en la región de Taroudant. «Y en la región del Souss, la superficie cultivada se redujo un 40% por la limitada capacidad hidráulica», añadió el ministro.
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Con todo, Baraka advierte de que las tensiones hídricas persisten. «La situación ha mejorado, pero las limitaciones siguen ahí», avisó, al tiempo que recordó que las proyecciones climáticas siguen siendo preocupantes, ya que «anticipan una caída de entre el 20% y el 30% de los aportes de agua de aquí a 2050».
«La política agrícola ya no puede organizarse sobre la base de una disponibilidad de agua que dejará de existir. La asignación por cuenca, la elección de cultivos y los perímetros de regadío deben revisarse en coherencia con las nuevas dotaciones hídricas», considera Nizar Baraka.
