Fès no se visita. Se experimenta. Se respira. Se pierde. Y eso es precisamente lo que ha querido capturar la revista Elle, que dedica un reportaje a la ciudad imperial marroquí elevándola a la categoría de destino imprescindible para quienes buscan algo más que un viaje: una inmersión total en la historia y la tradición.
«Cuanto más te pierdes, más descubres». Con esta idea arranca un recorrido que no sigue mapas ni rutas convencionales, sino que se adentra en el corazón de una de las medinas más complejas y fascinantes del mundo . En Fès, la lógica desaparece y deja paso a un entramado de más de 9.000 callejones donde cada esquina es una sorpresa y cada puerta esconde un universo.
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Atravesar Bab Bou Jeloud no es solo cruzar una puerta, es entrar en otra dimensión. Los aromas —canela, comino, pan recién horneado, cuero— envuelven al visitante desde el primer instante. Los sonidos, desde el martilleo de los artesanos hasta el bullicio de los zocos, componen una banda sonora constante.
La medina, descrita por el escritor Paul Bowles como un «laberinto encantado», es un organismo vivo donde el tiempo parece haberse detenido. Entre mulas cargadas, niños que corren y comerciantes que negocian, la ciudad revela su ritmo propio, ajeno a cualquier lógica moderna.
Tradición que sigue viva
Lejos de ser un decorado, Fès es un espacio donde los oficios tradicionales siguen marcando la vida cotidiana. En la plaza Seffarine, los artesanos trabajan el cobre como hace siglos. En las curtidurías de Chouwara, los tintes naturales dibujan un paisaje casi hipnótico. Y en cada rincón, desde las madrasas hasta los talleres, se percibe una continuidad cultural rara vez intacta.
La ciudad también guarda hitos históricos de primer orden, como la Universidad de Al Qarawiyyin, fundada en el siglo IX por Fatima al-Fihri, considerada uno de los centros de conocimiento más antiguos del mundo.
Pero Fès no es solo intensidad. También es refugio. En medio del bullicio, surgen espacios donde el tiempo se ralentiza, riads escondidos, jardines interiores, terrazas desde las que observar cómo la ciudad respira al atardecer.
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Cuando el sol cae, los tejados rojos se tiñen de dorado y el eco de la llamada a la oración envuelve la medina. Es entonces cuando Fès revela su otra cara, silenciosa, íntima, casi espiritual.
El reportaje de Elle confirma lo que Marruecos lleva años consolidando, su capacidad para fascinar a nivel internacional. Fès, en particular, se impone como uno de esos lugares que no se explican, sino que se viven.
