Entrevista. «Los embalses están llenos, pero no es motivo para bajar la guardia», explica Abdelaziz Belhouji, experto en riesgos climáticos

Imagen del embalse Oued El Makhazine.

El 24/03/2026 a las 10h35

EntrevistaSiete años consecutivos de déficit pluviométrico, embalses que llegaron a caer hasta el 27% de su capacidad y, después, un invierno 2025-2026 que devolvió las reservas al 72%. En apenas tres meses, la situación cambió por completo: 13,87 mil millones de metros cúbicos de aportes entre diciembre de 2025 y febrero de 2026, lo que supone un excedente del 130% con respecto a la media anual. Abdelaziz Belhouji, experto en riesgos climáticos y exdirector de la Meteorología Nacional, extrae las principales lecciones de este giro en esta entrevista concedida a Le360.

36% en marzo de 2025 y luego 72% en marzo de 2026. En un año, la tasa de llenado de los embalses se ha duplicado. Entre tanto, el país atravesó el invierno 2025-2026 más lluvioso de los últimos treinta años, con 462 milímetros de precipitaciones registrados entre septiembre y marzo, es decir, un 56% más que la media de ese periodo.

Abdelaziz Belhouji, experto en riesgos climáticos y exdirector de la Meteorología Nacional, explica en esta entrevista, realizada en el marco de la celebración de los días mundiales del agua (22 de marzo) y de la meteorología (23 de marzo), por qué la abundancia de hoy no exime de prepararse ante una posible escasez mañana.

Le360: Marruecos sale de siete años de sequía severa. ¿Dónde estamos hoy?

Abdelaziz Belhouji: El cambio es llamativo. Entre el 1 de septiembre de 2025 y el 11 de marzo de 2026, el país recibió alrededor de 462 milímetros de lluvia, según las últimas cifras comunicadas por el Ministerio de Agricultura. Eso representa un 56% más que la media de los últimos treinta años y un 134% más que en el mismo periodo del año anterior.

Para entender lo que esto supone, hay que recordar de dónde venimos. Hace apenas un año, los embalses solo estaban llenos al 36%, es decir, apenas 6.000 millones de metros cúbicos. Hoy se supera el 72% a escala nacional, el equivalente a 12.000 millones de metros cúbicos. Es un vuelco de la situación que nadie imaginaba tan rápido.

Volvamos sobre esos siete años de sequía. ¿Qué ha atravesado realmente Marruecos?

Una prueba de fondo, larga y desgastante. Según el Ministerio de Equipamiento y Agua, Marruecos encadenó siete años consecutivos de déficit pluviométrico entre 2018 y 2025. Y no fueron déficits leves, ya que las tasas anuales alcanzaron el 54%, 71%, 59%, 85%, 66%, 71% y 58% con respecto a la media anual de aportes hídricos. Siete años seguidos, sin un verdadero respiro. Los acuíferos se empobrecían, los cultivos sufrían y las reservas se reducían. Estábamos ante una situación de estrés hídrico estructural.

Y, sin embargo, en pocas semanas, todo cambió. ¿Cómo ocurrió concretamente?

Entre diciembre de 2025 y febrero de 2026, el país recibió aportes de 13,87 mil millones de metros cúbicos. Se trata de un excedente del 130% con respecto a la media anual nacional.

En términos prácticos, esto prolonga entre uno y dos años los horizontes de abastecimiento de agua potable según las regiones y libera dotaciones adicionales para el riego agrícola. Es un auténtico balón de oxígeno… pero no está exento de complicaciones.

Usted habla de «complicaciones». ¿A qué se refiere?

A que una afluencia de agua tan importante no significa automáticamente el fin de los problemas. Al contrario, genera nuevos: crecidas rápidas, infraestructuras saturadas y la necesidad de abrir compuertas con urgencia.

Las autoridades se enfrentan a arbitrajes muy complejos: ¿conviene conservar agua para garantizar el suministro futuro o liberarla para evitar que un embalse ceda? ¿Cómo organizar desembalses controlados sin inundar zonas habitadas aguas abajo? Y si la evacuación se vuelve inevitable, ¿cómo prepararla con rapidez y eficacia? El agua, que antes era un recurso que había que preservar a toda costa, pasa de repente a ser un riesgo que gestionar. Es un cambio de naturaleza del problema, no solo de grado.

Precisamente, ¿cómo han hecho frente los poderes públicos a este «cambio de escenario»?

Mejor de lo que cabía temer, francamente. Más de 154.000 personas fueron evacuadas de manera ordenada, sin que se registraran incidentes graves. Esta cifra merece ser subrayada. Organizar una evacuación de tal magnitud en situación de crisis, en plazos muy cortos y con la coordinación de numerosas instituciones, no es nada sencillo. De hecho, una parte de la prensa internacional así lo ha reconocido.

«Esta desigualdad territorial plantea cuestiones concretas y urgentes: cómo arbitrar entre las necesidades de agua potable de las grandes aglomeraciones, las de los perímetros irrigados y la seguridad de las zonas expuestas a inundaciones»

—  Abdelaziz Belhouji

CNN, Reuters, Associated Press, The New York Times y The Guardian han destacado una gestión considerada proactiva, basada en la alerta temprana, la coordinación y evacuaciones a gran escala. No digo que todo fuera perfecto —hubo importantes daños materiales—, pero en cuanto a la protección de las personas, Marruecos respondió. Es un logro que no debe minimizarse.

¿Este giro afecta a todas las regiones de la misma manera?

No, y es un punto que no debe ocultarse tras las cifras nacionales. Algunas regiones, especialmente en el norte, presentan niveles de llenado muy elevados. Otras siguen siendo frágiles, expuestas o insuficientemente abastecidas.

Esta desigualdad territorial plantea preguntas concretas y urgentes: ¿cómo arbitrar entre las necesidades de agua potable de las grandes ciudades, las de los perímetros de regadío y la seguridad de las zonas expuestas a crecidas? El debate no se reduce al nivel de reservas nacionales. La verdadera cuestión es «dónde está el agua», «cuándo llega» y «con qué riesgo». La respuesta varía de una región a otra, incluso de una cuenca hidrográfica a otra.

¿Qué papel desempeñan los embalses y cuáles son sus límites?

Los embalses siguen siendo el eje central de la estrategia hídrica del país. Amortiguan los choques, garantizan el abastecimiento de agua potable, sostienen el riego y contribuyen a la estabilidad económica de regiones enteras. Sin embargo, en periodos de episodios intensos, estas mismas infraestructuras se convierten en puntos de tensión.

Un llenado rápido exige una vigilancia técnica constante y la capacidad de tomar decisiones con rapidez en cuanto a la modelización de los aportes, la activación de desembalses, la coordinación con las autoridades locales y la información a las poblaciones ribereñas. Ya no basta con almacenar: hay que gestionar en tiempo real, en estrecha coordinación con todas las instituciones implicadas, y esa coordinación no se improvisa.

¿Esta secuencia obliga a replantear la política del agua en su conjunto?

Sin duda. Durante años, la prioridad absoluta fue «resistir» pese al déficit, ahorrando, racionalizando y asegurando lo ya existente. Hoy eso ya no basta. Hay que ser capaces de gestionar al mismo tiempo la escasez y el exceso, a veces con muy poco intervalo entre ambos. Eso exige pasar de una gestión sobre la marcha a una verdadera gestión del riesgo, basada en la anticipación y en la capacidad de reacción rápida.

Las prioridades públicas deben evolucionar para garantizar el abastecimiento de agua potable y el riego, gestionar episodios de excedente potencialmente peligrosos y reducir las desigualdades territoriales en el acceso al recurso. Es otra manera de gobernar.

Pero ¿este exceso de agua no resuelve, al menos en parte, la cuestión de la sequía?

Hay que evitar esa ilusión. Este exceso puntual no modifica la trayectoria de fondo. El último informe del IPCC es inequívoco al respecto. Las precipitaciones en Marruecos siguen una tendencia descendente vinculada al cambio climático. Lo que estamos viviendo en estos momentos es una oscilación dentro de una tendencia de largo plazo que sigue siendo desfavorable.

En otras palabras, hay que hacer frente a dos restricciones simultáneas: una mayor variabilidad a corto plazo —con sequías severas seguidas de episodios intensos— y una disminución estructural de las precipitaciones a largo plazo. Una no anula a la otra. Es precisamente esta doble presión la que debe estructurar la estrategia hídrica del país.

¿Sobre qué pilares debe apoyarse esta estrategia?

Son cuatro, y son complementarios. El primero es el ahorro de agua y la reutilización de aguas residuales, ya que no se puede seguir desperdiciando un recurso tan valioso. El segundo es el desarrollo y la gestión eficiente de los embalses, mejorando su pilotaje en tiempo real, no solo su capacidad de almacenamiento.

El tercero es la interconexión de cuencas hidrográficas, para poder transferir agua desde las zonas excedentarias hacia las deficitarias. Y el cuarto es la desalación del agua de mar, que permite reducir la dependencia de la pluviometría para el abastecimiento de agua potable y ciertos usos agrícolas en zonas costeras. Estos cuatro ejes deben avanzar de forma conjunta.

Habla de interconexión de cuencas. ¿Por qué es tan importante?

Porque el agua no está distribuida de forma uniforme en el territorio y el cambio climático va a acentuar estos desequilibrios. La interconexión permite captar los excedentes allí donde se producen para reforzar las zonas que carecen de recursos.

En Marruecos, esta lógica es tanto una cuestión de ordenación del territorio como de seguridad nacional. Transforma el agua en una red: ya no se depende de una sola cuenca, sino de la capacidad colectiva de redistribución. Es comparable, en su filosofía, a lo que ocurre con la energía u otras infraestructuras estratégicas.

¿Qué marca realmente la diferencia en la gestión de estas crisis?

El gobierno, ante todo. Las infraestructuras son indispensables, pero por sí solas no bastan. Lo determinante es la calidad de las reglas de gestión, la capacidad de anticipación, la coordinación entre actores y la forma de informar a la población. Es necesario reforzar los servicios encargados de la toma de decisiones y de la gestión de fenómenos meteorológicos extremos, dotarlos de medios humanos y técnicos adecuados, de sistemas de alerta eficaces y de herramientas de modelización fiables.

También es imprescindible mejorar la regulación urbanística para evitar la construcción en zonas inundables e invertir en la sensibilización de la población, especialmente de las nuevas generaciones. En el fondo, la resiliencia es, ante todo, una cuestión de gobernanza.

¿Cabe esperar que estos episodios extremos se repitan?

Es la pregunta que todo el mundo se plantea: ¿se trata de una anomalía excepcional o de un anticipo de lo que está por venir? No se puede responder con certeza. Pero, sea cual sea la respuesta, la política del agua debe diseñarse para funcionar en un entorno incierto e inestable.

Esto implica reglas adaptativas, no rígidas; sistemas de alerta eficaces; una coordinación reforzada entre meteorólogos, ingenieros hidráulicos, autoridades territoriales y servicios de emergencia; y una comunicación de crisis clara y estructurada, que no deje a la población en la incertidumbre. La capacidad de un país frente al agua no se mide solo por el volumen de sus reservas, sino por su habilidad para reducir pérdidas humanas y materiales cuando se producen fenómenos extremos.

¿Existe el riesgo de que el país relaje su vigilancia ahora que los embalses se están llenando?

Es un riesgo real, y conviene decirlo claramente. Cuando las reservas aumentan, la presión política y social disminuye, y las inversiones en prevención pueden posponerse. Sería un error grave.

El giro actual no durará indefinidamente. Y aunque lo hiciera, no resuelve las crecidas, no corrige las desigualdades territoriales ni compensa la tendencia descendente de las precipitaciones. El reto de los próximos años es precisamente transformar este episodio en aprendizaje: capitalizar lo aprendido, corregir lo que no ha funcionado y consolidar la seguridad hídrica como una prioridad nacional duradera.

¿Qué mensaje extrae de todo lo que ha atravesado Marruecos?

Que la crisis del agua no se resuelve únicamente cuando vuelve la lluvia. Requiere un Estado capaz de gestionar los extremos en ambos sentidos: almacenar sin exponerse, liberar sin sufrir, transferir sin desequilibrar y proteger sin improvisar. Marruecos ha demostrado que puede hacerlo, pero aún queda mucho por hacer.

La seguridad hídrica debe situarse al mismo nivel que la sanidad, la energía o la seguridad civil. No es un asunto técnico más, sino un pilar de la soberanía nacional. Este desafío exige una movilización simultánea en infraestructuras, servicios técnicos y cultura del riesgo en la población.

También implica dejar de depender de un solo instrumento (embalses, transferencias o restricciones) y apostar por soluciones complementarias y reversibles. El objetivo es reducir la vulnerabilidad del sistema: si una cuenca es deficitaria, si un episodio lluvioso se vuelve peligroso o si una región sigue siendo frágil, el conjunto debe seguir funcionando. Así, la política del agua evoluciona de una gestión del recurso hacia una gestión sistémica.

Por Hajar Kharroubi
El 24/03/2026 a las 10h35