Falsos secuestros de niños en Marruecos: análisis de un rumor que se ha vuelto viral

Un individuo atado a una silla. (Foto de ilustración). DR

El 22/03/2026 a las 11h25

Desde hace dos semanas, publicaciones alarmistas sobre supuestos secuestros de niños en Marruecos circulan masivamente en las redes sociales. Videos engañosos, falsos documentos administrativos y testimonios inventados han alimentado una inquietud real, hasta el punto de empujar a las autoridades a abrir investigaciones en varias ciudades. Detrás de esta ola de desinformación se dibuja un fenómeno más amplio: la manera en que ciertos rumores toman forma, se difunden y se imponen en el espacio público digital. Análisis.

Todo suele empezar con un mensaje anodino. Un audio compartido en WhatsApp, un vídeo difundido en Facebook, una publicación alarmista en Instagram. En cuestión de horas, la información circula, se transforma y se amplifica. En Marruecos, durante estas dos últimas semanas, varios contenidos que evocan secuestros de niños han invadido así las redes sociales, alimentando una angustia difusa.

Ante la magnitud del fenómeno, los servicios de la policía judicial han abierto investigaciones en varias ciudades del Reino para identificar a los autores de estas publicaciones. Varios casos han revelado desde entonces la amplitud de la desinformación.

En Berrechid, un vídeo ampliamente difundido, bautizado como «vídeo Essamaoui», resultó ser una escenificación destinada a generar tráfico en Instagram, a costa de falsas alegaciones. En Agadir, un imán fue detenido tras afirmar, en un vídeo viral, que su hijo había escapado de un intento de secuestro en una mezquita. Los hechos resultaron finalmente infundados.

Otros casos siguieron: una falsa nota atribuida al Ministerio del Interior, vídeos antiguos sacados de contexto o testimonios inventados. En Kénitra, un mensaje de voz que hablaba de un intento de secuestro fue desmentido: el niño en el origen de la historia lo había inventado para convencer a su madre de acompañarlo a la escuela.

Si estas informaciones son infundadas, no surgen sin embargo de la nada. Se anclan en hechos reales, en particular la desaparición de tres niñas en distintas ciudades del país, entre ellas Chefchaouen, Midelt y Béni Mellal. Dramas aislados, sin vínculo establecido hasta ahora por las investigaciones, pero que han servido de base para la construcción de un relato más amplio.

«Una sucesión de hechos aislados, a veces sin relación entre sí, puede dar la impresión de un fenómeno organizado», explica Xavier Desmaison, director general del gabinete NSI y experto en comunicación digital. «Es un mecanismo clásico: se agregan microacontecimientos y se intenta darles sentido».

Esta necesidad de coherencia abre la puerta a interpretaciones conspirativas. «Ante acontecimientos dispersos, tendemos a imaginar que están orquestados por actores organizados», prosigue. «Pero en realidad, a menudo hay que privilegiar una explicación más simple: el error, la confusión o, a veces, la simple estupidez»

¿Por qué estos rumores alcanzan tal magnitud? La respuesta reside en parte en su contenido. «Un rumor se desarrolla cuando un tema está a la vez fuertemente cargado de emoción y rodeado de incertidumbre», recuerda Xavier Desmaison, apoyándose en los trabajos de los psicólogos Allport y Postman. En este caso concreto, todos los ingredientes están reunidos. «La cuestión de los niños es especialmente sensible. La protección de la infancia genera una fuerte carga emocional, lo que favorece la adhesión a este tipo de relatos».

Esta dimensión emocional se ve reforzada por el contexto global. La exposición repetida a imágenes de niños en sufrimiento en los medios internacionales, así como ciertas obras de ficción, contribuye a alimentar un imaginario colectivo ansiógeno. Como resultado, una información, aunque no esté verificada, se vuelve creíble en cuanto toca este registro sensible. «Se piensa espontáneamente que hay que avisar a los seres cercanos», observa el experto. «Muchas personas difunden estos contenidos de buena fe, con la intención de ayudar».

Más allá de los hechos, estos rumores dicen algo de la sociedad. El sociólogo Edgar Morin ya lo había demostrado en los años 50 con su estudio sobre «El rumor de Orleans». Para él, un rumor no es solo una información falsa: también es la expresión de angustias colectivas. «Hay que preguntarse qué revelan estos rumores», subraya Xavier Desmaison. «¿Traducen una ansiedad social? ¿Un sentimiento de inseguridad? ¿Una forma de desconfianza?»

En el contexto actual, marcado por tensiones geopolíticas y una circulación masiva de imágenes violentas, estos temores encuentran un terreno propicio. «Estos fenómenos son indicadores del estado de ánimo de una sociedad», analiza.

Motivaciones múltiples

Detrás de estos contenidos, las motivaciones varían. Algunos rumores se fabrican de manera intencionada. «Puede haber intereses políticos, económicos o simplemente la voluntad de generar viralidad», explica el experto. La «vídeo Essamaoui» es un ejemplo: sus autores buscaban ante todo aumentar su audiencia. Otros casos responden a lógicas distintas: creencias sinceras, necesidad de atención o simple juego

«Cuando se produce y difunde una falsedad, siempre hay que preguntarse por las razones», insiste. «A veces son individuos convencidos de lo que dicen. A veces hay intereses reales detrás». En ciertos contextos, especialmente preelectorales, estas dinámicas también pueden ser instrumentalizadas. «Hay que preguntarse si temas como la inseguridad no se amplifican para influir en la opinión», añade.

Si estos rumores se propagan tan rápidamente, también es por las plataformas que los difunden. Las redes sociales favorecen la circulación de contenidos emocionales, a menudo en detrimento de su veracidad. «Tendemos a compartir contenidos que nos impactan o nos inquietan», explica. «Y al hacerlo, contribuimos a amplificar esas emociones».

Gran parte de esta difusión se produce en el «dark social»: grupos de WhatsApp, mensajes privados, páginas personales de Facebook. Espacios difícilmente accesibles para autoridades y periodistas. «Estos canales escapan en gran medida al control», subraya. «Los rumores pueden difundirse masivamente sin ser visibles en el espacio público».

Uno de los efectos más preocupantes es la confusión que generan. A fuerza de contenidos contradictorios, resulta difícil distinguir entre lo verdadero y lo falso. «Ya no sabemos en quién confiar», resume Xavier Desmaison. «Esto complica la formación de una opinión informada». Esta incertidumbre tiene implicaciones profundas, especialmente en contextos políticos.

Los límites del fact-checking

Ante estos rumores, las autoridades intentan reaccionar. Varias prefecturas de policía han desmentido públicamente ciertas informaciones, especialmente en Marrakech y Casablanca. Pero estas intervenciones suelen llegar tarde. «El tiempo de verificar los hechos, los rumores ya se han difundido», explica. «Durante ese intervalo, la incertidumbre favorece su propagación»

Además, no existe un método infalible para identificar una noticia falsa. «Estos contenidos suelen circular a través de personas cercanas, lo que refuerza su credibilidad», señala. En este contexto, la vigilancia individual se vuelve esencial. Primer reflejo: cuestionar la fuente. «¿Es un medio identificado? ¿Un periodista creíble? ¿O un contenido de origen desconocido?» Segundo paso: comprobar si la información ha sido recogida por otras fuentes fiables (medios, autoridades, asociaciones). «Una búsqueda rápida suele permitir hacerse una primera idea».

Hay que aprender a reconocer las señales de alerta: contenidos altamente emocionales, ausencia de fuentes, dificultad para verificar la información. «Es mejor informarse antes de compartir», insiste Desmaison. «Es lo que se llama el “pre-bunking”: desarrollar reflejos de vigilancia de antemano»

La tarea se complica con la evolución tecnológica. Muchos contenidos engañosos ya se basan en imágenes o vídeos antiguos sacados de contexto. Pero la inteligencia artificial abre nuevas perspectivas. «Se vuelve posible producir contenidos muy realistas, difíciles de distinguir de la realidad», advierte. «En el futuro, esta distinción será aún más compleja».

Ante estos desafíos, se impone una respuesta colectiva. «Hay que reforzar las capacidades de verificación, desarrollar contenidos pedagógicos y estar presentes en las redes sociales», estima el experto. El reto pasa también por producir formatos adaptados: vídeos cortos, visuales simples, mensajes accesibles. «Más que decir simplemente que una información es falsa, hay que explicar e incitar a la prudencia».

Por Camilia Serraj
El 22/03/2026 a las 11h25