Lo tenía todo del diplomático de consagración: una larga carrera, destinos en el mundo árabe y la ONU como escenario final. Christopher Ross creyó, sin duda, que con el expediente del Sáhara tenía entre manos el asunto que daría a su nombre la talla de los grandes mediadores de la historia. Ocurrió exactamente lo contrario. Desde entonces, el antiguo emisario no ha dejado de volver al mismo escenario, como si el Sáhara se hubiera convertido menos en una causa que en una obsesión de carrera. El expediente que debía elevarlo terminó por encerrarlo. Y Marruecos, al que pretendía devolver a la mesa de negociación, acabó convirtiéndose en el propio nombre de su fracaso.