El viernes 6 de marzo de 2026, poco antes de las 8:10, el barril de Brent del mar del Norte cotizaba a 85,05 dólares, con una ligera caída del 0,447%, aunque en un nivel que sigue siendo el más alto registrado desde julio de 2024. El West Texas Intermediate estadounidense retrocedía por su parte un 0,57%, hasta 80,55 dólares, tras haber alcanzado un máximo inédito en cerca de año y medio.
En una semana, las dos referencias mundiales han subido respectivamente un 16,1% y un 19,4%. El gas natural europeo tampoco escapa a la volatilidad. El TTF neerlandés, referencia del mercado europeo, volvía a situarse en 50,37 euros por megavatio hora tras haber superado brevemente los 62 euros.
«El petróleo vivió una sesión especialmente agitada», observaba recientemente John Plassard, responsable de inversiones en Cité Gestion, al mencionar una subida de más del 8% del WTI en una sola sesión. Según él, esta nerviosidad refleja sobre todo «la creciente preocupación de los inversores ante la escalada del conflicto con Irán y el riesgo de perturbaciones importantes en el suministro energético mundial».
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En el centro de estas inquietudes se encuentra el estrecho de Ormuz, el paso estratégico por el que transita cerca de una quinta parte de la oferta mundial de petróleo. Cualquier interrupción duradera del tráfico en esta estrecha franja marítima alteraría inmediatamente los flujos energéticos globales. La historia reciente demuestra, además, que la simple perspectiva de una perturbación basta para provocar subidas bruscas de precios.
En este contexto de tensión extrema, algunos observadores ven ya en la crisis iraní una oportunidad para los productores africanos de petróleo.
Un peso limitado en el mercado mundial
El argumento puede parecer convincente a primera vista. África cuenta con siete de los trece miembros de la OPEP y dispone de reservas probadas estimadas en unos 125.000 millones de barriles, es decir, cerca del 7,5% del total mundial. El continente produce colectivamente más de 8 millones de barriles al día.
Dentro de esta geografía energética, varios países desempeñan un papel central. Nigeria, Angola, Libia y Argelia dominan ampliamente la producción, mientras que Congo, Gabón y Guinea Ecuatorial completan este grupo de productores.
Los datos más recientes confirman esta jerarquía. En 2025, Nigeria produjo aproximadamente 1,52 millones de barriles diarios, Libia 1,3 millones, Angola 1,1 millones y Argelia 934.000 barriles al día.
Los productores más modestos se sitúan bastante por detrás, con alrededor de 500.000 barriles diarios en Egipto, 270.000 en Congo, 230.000 en Gabón y apenas 60.000 en Guinea Ecuatorial.
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En total, estos ocho países representan una producción de alrededor de 6 millones de barriles diarios, según las estimaciones del Energy Institute, de la Agencia estadounidense de Información sobre la Energía (EIA) y de los informes mensuales de la OPEP.
Un margen de maniobra reducido
En esta configuración, la hipótesis de un mayor papel de África se apoya en dos argumentos principales.
El primero se refiere a la calidad del crudo africano. Los petróleos nigeriano y angoleño, como Bonny Light o Girassol, son crudos ligeros y con bajo contenido de azufre, similares a ciertos grados iraníes utilizados por las refinerías europeas y asiáticas.
El segundo argumento es histórico. Durante las sanciones internacionales contra Irán a principios de la década de 2010, varios importadores se dirigieron hacia África para compensar la desaparición del crudo iraní. La Unión Europea aumentó así sus importaciones de petróleo nigeriano y angoleño durante el embargo de 2012.
A primera vista, la situación actual parece reproducir ese esquema. Los ataques militares contra Irán y las tensiones en el estrecho de Ormuz hacen temer una reducción de la oferta mundial. En este contexto, algunos analistas evocan ya la posibilidad de una redistribución de los flujos energéticos hacia regiones consideradas más seguras, entre ellas África.
Pero esta lectura optimista resiste mal el examen de las cifras. Irán produce por sí solo entre 3,2 y 3,4 millones de barriles diarios. A escala de un mercado mundial que supera los 100 millones de barriles diarios, la contribución africana sigue siendo modesta. Incluso sumando a los principales productores del continente, África representa solo una fracción de la oferta global.
Refinería de Port Harcourt en Nigeria.
Además, el margen de maniobra africano sigue siendo limitado. Varios países ya producen por debajo de sus capacidades teóricas. Nigeria podría alcanzar entre 1,8 y 2 millones de barriles diarios, pero el robo de crudo, el sabotaje de oleoductos y la falta crónica de inversión en infraestructuras frenan ese crecimiento.
Libia posee reservas considerables y una capacidad estimada de 1,5 millones de barriles diarios, pero la inestabilidad política impide cualquier aumento sostenido de la producción. Angola, antiguo segundo productor africano, ve disminuir gradualmente su producción a medida que envejecen sus campos offshore.
En estas condiciones, incluso si los productores africanos aumentaran sus volúmenes, solo podrían compensar una fracción de una eventual interrupción iraní. La realidad es simple: con el 7,5% de las reservas mundiales y una producción limitada, África no dispone de los medios para modificar profundamente el equilibrio energético global.
En otras palabras, el continente puede beneficiarse marginalmente de una subida de los precios, pero no tiene la capacidad estructural de remodelar los flujos petroleros internacionales.
Argelia, prisionera de un modelo energético agotado
Entre los productores africanos, Argelia ilustra especialmente los límites de esta ilusión petrolera. El país produce alrededor de un millón de barriles diarios, un volumen relativamente modesto a escala mundial. Su producción debería situarse en 977.000 barriles diarios a partir de abril, en el marco de los ajustes de cuotas de la OPEP.
Para Argel, la subida de los precios constituye tradicionalmente una bocanada de oxígeno. Los hidrocarburos representan el 95% de los ingresos por exportaciones del país. En 2022, el encarecimiento provocado por la guerra en Ucrania permitió que las exportaciones de hidrocarburos alcanzaran casi 60.000 millones de dólares, frente a los 20.000 millones de 2020 durante la pandemia.
Sin embargo, estos ciclos de prosperidad efímera revelan sobre todo la fragilidad de un modelo económico basado casi exclusivamente en la renta energética.
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La realidad es contundente: cada subida del barril ofrece al poder argelino un respiro financiero, pero no cambia nada en las debilidades estructurales de la economía.
Un aumento de precios que beneficia poco a África
Más allá de los propios productores, el impacto de la crisis iraní en África dista mucho de ser uniforme. La mayoría de los países del continente son en realidad importadores netos de productos petrolíferos refinados.
Incluso en los Estados productores, la capacidad de refinado sigue siendo limitada, lo que obliga a importar parte del combustible consumido localmente.
Cuando suben los precios del crudo, aumentan inmediatamente los costes del combustible y del transporte. Para los hogares y las empresas, la subida del Brent se traduce rápidamente en más inflación.
El espejismo geopolítico de un cambio energético
La idea de una África llamada a reemplazar a Irán en el equilibrio energético mundial pertenece más al terreno del discurso que al de la realidad.
Las capacidades excedentarias más importantes siguen concentradas en Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, cuyos márgenes de producción superan ampliamente los de todo el continente africano.
En este contexto, África aparece más como un proveedor secundario que como un actor capaz de transformar el mercado.
La guerra en Irán recuerda finalmente una evidencia a menudo olvidada: en un mercado globalizado, ninguna región está realmente aislada de los shocks geopolíticos.
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La subida actual del petróleo y del gas no representa solo una oportunidad para algunos productores. También supone un riesgo para las economías más frágiles, incluidas las africanas.
Si las tensiones en Oriente Próximo se prolongan, el Brent podría seguir subiendo, con algunos analistas situando el barril entre 90 y 100 dólares.
África no transformará la crisis iraní en una revolución energética. En el mejor de los casos, obtendrá ingresos adicionales temporales. En el peor, sufrirá —como el resto del mundo— las consecuencias de un shock petrolero que vuelve a recordar la persistente dependencia de la economía mundial de los hidrocarburos.






