Escasez, inflación y petróleo: la guerra en Oriente Medio sacude a las economías africanas

El 12/03/2026 a las 20h42

Las primeras consecuencias de la guerra en Oriente Medio ya empiezan a sentirse en África, un continente geográficamente alejado del conflicto pero profundamente expuesto a sus efectos económicos. En una economía mundial cada vez más interconectada, las tensiones geopolíticas trascienden las fronteras y golpean con especial fuerza a países africanos que ya afrontan importantes fragilidades estructurales. Si el conflicto se prolonga, el impacto podría intensificarse considerablemente.

Han pasado dos semanas desde el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán. Más allá de los importantes daños registrados —principalmente en territorio iraní—, la escalada militar ha desencadenado ya una serie de efectos en cadena que se dejan sentir en la economía global.

El temor a que la guerra se prolongue sigue creciendo, pese a que el presidente estadounidense declaró el lunes 9 de marzo que las operaciones contra Irán podrían estar cerca de concluir, sin ofrecer un calendario concreto.

Lo que resulta evidente es que este conflicto vuelve a poner de relieve la vulnerabilidad de la economía mundial frente a las tensiones geopolíticas. Aunque África se encuentra lejos del epicentro militar, tanto los países productores como los importadores de hidrocarburos empiezan a sufrir las primeras repercusiones.

El impacto afecta ya a buena parte del continente, aunque algunos países se ven más expuestos que otros por su proximidad geográfica a las rutas comerciales afectadas. Es el caso de Egipto, especialmente perjudicado por las perturbaciones en el tráfico marítimo del Canal de Suez y por su elevada dependencia económica de Oriente Medio.

Más allá de Egipto, varios países del África oriental figuran entre los más expuestos a las ondas de choque del conflicto, cuyo principal canal de transmisión es el mercado energético.

Egipto, especialmente vulnerable

Las economías africanas venían beneficiándose en los últimos años de una coyuntura relativamente favorable, caracterizada por un dólar más débil y por condiciones de financiación internacional más accesibles. Sin embargo, el estallido del conflicto ha alterado este equilibrio, generando nuevas incertidumbres en países que además arrastran elevados niveles de deuda.

En Egipto, el presidente Abdel Fattah al-Sisi llegó a advertir, apenas una semana después del inicio de las hostilidades, que la economía del país se encontraba en un estado de «casi emergencia».

La preocupación no es infundada. Egipto mantiene una fuerte dependencia económica de los países del Golfo, tanto por las remesas de su diáspora —muy numerosa en la región— como por la llegada de turistas, las inversiones directas y los depósitos de divisas procedentes de estos países.

Uno de los primeros efectos del conflicto ha sido la suspensión temporal de varios tránsitos de grandes navieras por el Canal de Suez. Este parón representa un importante golpe para la economía egipcia, ya que los ingresos del canal constituyen la cuarta fuente de divisas del país, solo por detrás de las exportaciones, las remesas de emigrantes y el turismo.

El desvío del tráfico marítimo también genera importantes sobrecostes logísticos. Los buques que transportan mercancías desde Asia se ven obligados a rodear África para llegar a Egipto, lo que incrementa el coste del transporte, las primas de riesgo, los seguros y el precio del combustible marítimo. Como consecuencia, el precio de los productos importados está aumentando.

Además, las tensiones regionales amenazan otro sector estratégico para el país: el turismo.

Sin embargo, la mayor preocupación se concentra en el frente inflacionario. En un contexto de fuertes presiones sobre los mercados energéticos, el Gobierno egipcio decidió el 10 de marzo aplicar una subida de hasta el 30% en los precios de los combustibles.

El gas natural para vehículos subió un 30%, hasta las 13 libras egipcias por metro cúbico. El precio del butano aumentó un 22%, hasta las 275 libras por bombona de 15,5 kilos. La gasolina y el diésel registraron subidas del 17%.

Dado el peso del combustible en la estructura de costes de la economía, estas subidas se trasladan rápidamente al transporte, a la producción y al precio final de bienes y servicios.

No obstante, estas medidas también responden al objetivo del Gobierno egipcio de avanzar en la reforma del sector energético y reducir las subvenciones a los combustibles, en línea con los compromisos adquiridos con el Fondo Monetario Internacional.

A este contexto se suma la depreciación de la libra egipcia frente al dólar. Desde el inicio del conflicto, la moneda ha perdido más del 10% de su valor, encareciendo las importaciones y alimentando aún más las presiones inflacionistas.

Ante el riesgo de una escalada de precios, el presidente Abdel Fattah al-Sisi advirtió a los comerciantes que practiquen «precios abusivos» de que «podrían ser juzgados por tribunales militares». Sin embargo, estas amenazas no han impedido el aumento de los precios.

El impacto del choque petrolero

El impacto de la crisis energética se extiende a buena parte del continente africano. Muchos países dependen del suministro de crudo procedente del Golfo, una región clave para el abastecimiento energético mundial.

La situación se agravó tras el bloqueo del estrecho de Ormuz por parte de Irán, una vía estratégica por la que transita más del 20% del petróleo mundial. Esta interrupción ha reducido la oferta global de petróleo y gas.

La consecuencia inmediata ha sido una fuerte subida de los precios del crudo. El barril de Brent, que cotizaba por debajo de los 70 dólares antes del conflicto, superó los 100 dólares y llegó a alcanzar los 117,93 dólares el 9 de marzo antes de retroceder hasta los 91 dólares tras el anuncio de Donald Trump de que las operaciones contra Irán «podrían estar cerca de su fin».

Sin embargo, los precios retomaron rápidamente la tendencia alcista y volvieron a superar el umbral de los 100 dólares. En apenas unas semanas, el barril se ha encarecido más de 30 dólares respecto al nivel previo al inicio del conflicto, una subida suficiente para provocar un aumento generalizado de los combustibles en todo el mundo.

El problema para África es que muchos países del continente cuentan con una capacidad de refinado limitada y dependen de la importación de productos petrolíferos refinados, lo que eleva considerablemente el coste energético.

Subidas de precios en cadena

Ante el encarecimiento del petróleo, varios países africanos han empezado a ajustar al alza los precios de los carburantes.

La rapidez de estas subidas también se explica por la falta de reservas estratégicas. Muchos países africanos no disponen de los 90 días de stock recomendados internacionalmente, y algunos carecen incluso de infraestructuras de almacenamiento suficientes para absorber perturbaciones del mercado.

Incluso los países que sí cuentan con reservas estratégicas se han visto obligados a revisar los precios en las estaciones de servicio. De hecho, el aumento del precio de los combustibles también se observa en economías desarrolladas como Francia, que dispone de reservas equivalentes a tres meses de consumo.

Nigeria, por ejemplo, anunció fuertes incrementos en los precios del combustible y del gas. La refinería de Dangote ajustó el precio de la gasolina en tres ocasiones en una sola semana. El litro pasó de 774 nairas a 874, luego a 995 y finalmente a cerca de 1.100 nairas, lo que representa una subida acumulada del 42,19%.

África, víctima de conflictos lejanos

El presidente sudafricano Cyril Ramaphosa resumió la situación afirmando que los sudafricanos se están convirtiendo en «víctimas de conflictos que ocurren lejos de nuestras fronteras».

Sudáfrica prevé una subida de los combustibles en abril, después de que los precios alcanzaran en enero de 2026 su nivel más bajo en cuatro años.

Este encarecimiento energético provoca una reacción en cadena en toda la economía. Aumentan los costes de transporte, producción y logística, lo que termina trasladándose al precio final de los productos, especialmente los alimentos.

Además, varias monedas africanas se han depreciado frente al dólar, considerado un valor refugio en tiempos de incertidumbre. El rand sudafricano ha caído un 5,53%, el naira nigeriano un 2,30%, mientras que la libra egipcia ha perdido más del 10%.

El resultado es un encarecimiento adicional de las importaciones y una mayor presión inflacionaria sobre los consumidores.

El transporte aéreo entra en turbulencias

El sector aéreo africano, estructuralmente frágil, también está sufriendo las consecuencias de la crisis. Varias aerolíneas se han visto obligadas a suspender sus vuelos hacia Oriente Medio debido al cierre de espacios aéreos y aeropuertos en la región.

Entre las compañías afectadas figuran EgyptAir, Ethiopian Airlines, Royal Air Maroc y Kenya Airways.

Ethiopian Airlines, la mayor aerolínea del continente, anunció pérdidas de ingresos de 137 millones de dólares durante la primera semana del conflicto tras cancelar más de 100 vuelos hacia Oriente Medio.

Según su director comercial, Lemma Yadhecha, la compañía suspendió vuelos hacia diez destinos de la región, lo que provocó una caída significativa del tráfico de pasajeros y de carga desde su hub de Addis Abeba. «La compañía ha cancelado más de 100 vuelos por semana. Algunas rutas tenían hasta tres frecuencias diarias y hemos perdido alrededor de 137 millones de dólares en una sola semana», declaró.

Royal Air Maroc también anunció la suspensión temporal de sus vuelos a Dubái y Doha hasta el 15 de marzo, lo que afecta a Casablanca como plataforma de conexión para numerosos viajeros africanos con destino a Oriente Medio.

Además, la crisis también complica los desplazamientos dentro del propio continente, ya que ciudades como Dubái o Doha se han convertido en hubs de tránsito para muchos viajeros africanos que necesitan conectar entre distintas regiones de África.

Un riesgo inflacionario creciente

Para los economistas, el alcance del impacto dependerá en gran medida de la duración del conflicto. Si la crisis se prolonga, el aumento del precio de la energía podría desencadenar una nueva ola inflacionaria.

Según la aseguradora de crédito Coface, un escenario en el que el petróleo se mantuviera de forma sostenida por encima de los 100 dólares el barril podría provocar una fuerte presión inflacionaria a escala global.

Ante esta situación, los bancos centrales africanos podrían verse obligados a endurecer su política monetaria y subir los tipos de interés para contener la inflación, con el riesgo de frenar el crédito y ralentizar el crecimiento económico.

Paradójicamente, ni siquiera los países africanos productores de petróleo y gas están seguros de beneficiarse de esta subida de precios. Nigeria, por ejemplo, tiene parte de su producción comprometida en contratos de suministro a largo plazo con precios fijados previamente.

Si el conflicto se prolonga, otro riesgo para varias economías africanas será la caída de las remesas enviadas por trabajadores emigrados en los países del Golfo, un ingreso esencial para países como Egipto o varias economías del África oriental.

En definitiva, el continente africano vuelve a enfrentarse a las consecuencias de una crisis geopolítica que se desarrolla lejos de sus fronteras, pero cuyos efectos económicos pueden sentirse con especial intensidad en sus economías.

Por Moussa Diop
El 12/03/2026 a las 20h42