Lo que debía ser una prueba más en la preparación de España de cara al Mundial 2026 terminó convertido en un episodio incómodo y profundamente preocupante. En el estadio de Cornellà-El Prat, el empate sin goles entre España y Egipto quedó relegado a un segundo plano ante la gravedad de lo ocurrido en la grada.
Antes incluso del pitido inicial, el himno nacional de Egipto fue ruidosamente abucheado por parte del público. No fue un hecho aislado. Minutos después, durante la primera mitad, se escucharon cánticos reiterados de «Musulmán el que no salte», acompañados por numerosos aficionados coreando y saltando al unísono.
La escena se repitió más tarde, cuando varios jugadores egipcios se arrodillaron y besaron el suelo al término del descanso, gesto que volvió a ser recibido con silbidos. La megafonía del estadio tuvo que intervenir en al menos dos ocasiones para exigir el cese de los cánticos, mientras la Federación intentaba contener la situación sin éxito visible. El resultado fue un ambiente enrarecido que desdibujó completamente el sentido deportivo del encuentro. Ni goles ni celebración. Solo una imagen incómoda proyectada al exterior.
Las reacciones no se hicieron esperar. Varios periodistas deportivos españoles denunciaron con dureza lo ocurrido, en un ejercicio poco habitual de autocrítica mediática.
Rubén Martín, de la cadena COPE, fue directo al señalar que «nos miramos en el espejo y nos damos vergüenza», reflejando el impacto que los hechos provocaron incluso entre quienes narraban el partido.
En la Cadena SER, Dani Garrido elevó el tono al advertir de un problema estructural. A su juicio, España «tiene un problema grave en muchas cuestiones, entre ellas el racismo», y subrayó que lo vivido en Cornellà «pasará a la historia por este tipo de cánticos». Además, instó a la federación a intervenir con firmeza ante lo sucedido.
Juanma Castaño, también en COPE, fue aún más lejos al rechazar cualquier intento de minimizar lo ocurrido. Consideró que no se trató de un episodio aislado, sino de «odio reiterado a una religión, a una raza y a un grupo de personas», protagonizado por un número significativo de aficionados. Para él, lo sucedido constituye «un bochorno de cara al exterior».
Un Mundial en el horizonte bajo escrutinio
El incidente llega en un momento especialmente sensible. España será coanfitriona del Mundial 2030 junto a Marruecos y Portugal, una candidatura que se ha presentado como símbolo de cooperación entre continentes.
En ese contexto, la imagen proyectada por el España-Egipto adquiere una dimensión mayor. No se trata solo de un partido amistoso, sino de una señal que alimenta el debate sobre la capacidad de los países organizadores para garantizar un entorno respetuoso e inclusivo.
Leer también : Italia se queda fuera del Mundial, como en 2018 y 2022, y Bosnia se clasifica
Más aún cuando España aspira a acoger la final del torneo, una ambición que exige no solo infraestructuras de primer nivel, sino también una ejemplaridad en términos de valores. «Este país va a organizar un Mundial», advertía Dani Garrido, antes de insistir en la necesidad de afrontar de frente este tipo de comportamientos.
En lo estrictamente deportivo, España se prepara para un grupo exigente en el Mundial, donde se medirá a Cabo Verde, Arabia Saudí y Uruguay. Egipto, por su parte, afrontará un grupo con Bélgica, Nueva Zelanda e Irán.
