¿Y si, detrás del ruido mediático que rodea la final de la Copa de África de Naciones 2025, se estuviera jugando algo más que un simple litigio deportivo? La pregunta merece ser planteada. En un momento en el que la Federación Senegalesa de Fútbol multiplica las salidas ofensivas, encadena ruedas de prensa y endurece el tono, Senegal atraviesa una zona de fuertes turbulencias, entre fragilidades económicas, tensiones sociales e incertidumbres políticas. El momento no es casual.
Una rivalidad en la cumbre del Estado
Mientras el caso de la CAN ocupa el espacio mediático, el poder senegalés aparece debilitado. Su funcionamiento se basa hoy en un equilibrio delicado entre el presidente de la República, Bassirou Diomaye Faye, y su primer ministro, Ousmane Sonko. Una dualidad que, si bien permitió la alternancia, muestra ahora signos de desgaste.
Por un lado, una autoridad institucional que encarna al Estado. Por otro, una figura política central, con una base militante sólida y un peso determinante en el Parlamento. Esta superposición de legitimidades alimenta tensiones cada vez más visibles, nutridas por divergencias de línea y rivalidades de influencia.
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En este contexto, la hipótesis de una ruptura en la cúpula del Ejecutivo ya no es teórica. Abriría una fase de alto riesgo, con la posible fragilización de la mayoría parlamentaria y un aumento de la inestabilidad institucional.
Una economía bajo presión y una credibilidad debilitada
Paralelamente a estas tensiones políticas, la rivalidad entre ambos dirigentes se inscribe en un contexto económico especialmente frágil, marcado por desequilibrios presupuestarios, una crisis de confianza y la suspensión del programa del FMI.
El descubrimiento de importantes anomalías en las finanzas públicas, en particular una subestimación del déficit y una revisión de la deuda pública cercana al 100% del PIB, incluso al 120% según algunas estimaciones, ha deteriorado profundamente la percepción del riesgo país. Resultado, una mayor volatilidad de los mercados y una prudencia reforzada de los inversores.
En este clima, las tensiones en la cúpula del Estado enturbian aún más la claridad de la acción pública. En una economía dependiente de la financiación exterior, cualquier inestabilidad política se traduce automáticamente en un aumento de los costes de endeudamiento y una menor atractividad.
A ello se suman vulnerabilidades estructurales, en particular una fuerte dependencia de las importaciones alimentarias y energéticas. Las fluctuaciones de los precios internacionales, especialmente del petróleo, exponen al país a una inflación importada, con riesgos sociales reales.
Este panorama contrasta con las perspectivas inicialmente prometedoras ligadas a la entrada en la era del petróleo y del gas, que debía impulsar un crecimiento superior al 6-8%. Pero estas proyecciones siguen condicionadas por un factor central: la estabilidad política y la credibilidad presupuestaria.
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En resumen, la crisis actual va más allá del ámbito político. Amenaza directamente la trayectoria económica de Senegal, donde la confianza de los mercados y de los socios internacionales depende tanto de la gobernanza económica como del equilibrio en la cúpula del Estado.
En este contexto, la dimensión social intensifica aún más las tensiones. Senegal se enfrenta a una población mayoritariamente joven, con dificultades de acceso al empleo y una presión creciente sobre el poder adquisitivo.
El deterioro del clima económico, combinado con las incertidumbres políticas, crea un terreno sensible en el que cada secuencia mediática pesa. La gestión de la opinión se convierte entonces en un reto estratégico.
La parte sumergida del iceberg
Es en este entorno donde se inscribe la intensificación del discurso en torno a la CAN 2025. A medida que persiste la incertidumbre sobre la atribución definitiva del trofeo, Abdoulaye Saydou Sow, secretario general de la Federación Senegalesa de Fútbol, ocupa metódicamente el espacio mediático. Este último construye un relato de confrontación, desplazando el litigio fuera del estricto marco jurídico para anclarlo en una lectura política y emocional, en la que Marruecos aparece implícitamente como beneficiario de un arbitraje controvertido, aunque la CAF siga siendo oficialmente el objetivo.
El centrocampista marroquí nº17 Abde Ezzalzouli, el defensa senegalés nº24 Antoine Mendy y el centrocampista marroquí nº11 Ismael Saibari disputan un balón durante el partido de la final de la Copa Africana de Naciones (CAN) entre Senegal y Marruecos, en el Estadio Príncipe Moulay Abdellah de Rabat, el 18 de enero de 2026. (Foto de Paul ELLIS / AFP). AFP
Una línea de comunicación así, asumida y ofensiva, produce efectos tangibles. La insistencia en una victoria «confiscada» estructura una movilización de la opinión que mantiene una tensión duradera entre ambos países. Una parte del público senegalés sigue reivindicando el título, pese a la decisión de la CAF, pendiente de un eventual vuelco ante el Tribunal Arbitral del Deporte.
El activismo mediático de Abdoulaye Sow se inscribe también en una trayectoria personal debilitada por procedimientos judiciales en curso. La existencia de un caso abierto ante la justicia senegalesa, acompañado en 2024 de una prohibición de salida del territorio, afecta a su credibilidad institucional. La sobreexposición en torno al dossier de la CAN 2025 aparece así menos como un compromiso desinteresado que como un intento de rehabilitación, en el que la defensa de la selección nacional sirve como palanca de reposicionamiento.
La radicalidad del discurso se expresó especialmente a través de ataques directos contra el primer ministro Ousmane Sonko, a quien dirigió duras críticas en 2024: «Un primer ministro que se ha transformado en juez, en fiscal, en policía y en gendarme, no se puede aceptar». «No es Senegal el que está en ruina, es la República de Senegal la que está dañada», añadía, atribuyendo al Ejecutivo «cuentas personales» convertidas en línea directriz. La confusión de planos y la desviación de los debates se convierten aquí en método.
Una instrumentalización del fútbol senegalés
El mismo esquema se observa, con una intensidad más contenida pero igualmente calculada, en Abdoulaye Fall, presidente de la FSF y aliado dentro de la Alianza para la República del expresidente Macky Sall. Su llegada a la cabeza de la federación sigue rodeada de contestación, con varios actores del fútbol senegalés que evocan sospechas de corrupción y condiciones de votación opacas tras un proceso largo y disputado. De hecho, se presentó un recurso ante el Tribunal Arbitral del Deporte para anular esta elección por defecto de procedimiento.
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Estas impugnaciones debilitan su legitimidad y explican su alineamiento con una línea dura en el caso de la CAN. La instrumentalización de la crisis aparece como una forma de desviar el debate, sustituyendo la controversia sobre su gestión por una retórica de defensa nacional. Al alimentar la rivalidad con Marruecos, Abdoulaye Fall busca menos defender un principio que reconfigurar un equilibrio interno desfavorable.
La imbricación de estas dos trayectorias revela una clara instrumentalización del fútbol senegalés como espacio de compensación de vulnerabilidades políticas y judiciales. El desafío va mucho más allá del destino de un título continental: una eventual confirmación del rechazo por parte del TAS expondría a estos dirigentes a un retorno brusco de los asuntos pendientes y a una presión creciente sobre sus respectivas posiciones.
El dossier de la CAN 2025 ya no puede reducirse a un simple litigio ante las instancias deportivas. Se inscribe en una secuencia más amplia, donde se entrecruzan cuestiones jurídicas, tensiones políticas y condicionantes económicos. Y en este contexto, el fútbol actúa como caja de resonancia. Queda por ver si ilumina la realidad o si contribuye a ocultarla.









