Había que atreverse. En un contexto marcado por la acumulación de reveses diplomáticos y una pérdida evidente de influencia en la escena continental, el poder argelino ensaya una nueva maniobra: recuperar legitimidad… a través del fútbol. Sí, a través del fútbol. Y no de cualquier manera.
La visita del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, a Argelia podría haber sido un acontecimiento institucional más, enmarcado en el desarrollo del fútbol africano. Pero rápidamente fue transformada en una operación de comunicación política, casi desesperada, en torno a Abdelmadjid Tebboune.
Basta con escuchar —o más bien saborear— las declaraciones de Mustapha Berraf, presidente argelino de la Asociación de Comités Olímpicos Nacionales de África (ACNOA): según él, el máximo dirigente del fútbol mundial está en Argelia… para «recibir instrucciones y recomendaciones» del presidente de la República. Nada menos. La FIFA, organismo supremo del fútbol mundial, en busca de directrices en Argel. Menos mal que el ridículo no mata.
Detrás de esta salida surrealista, la realidad es mucho más prosaica. El régimen argelino, enfrentado a un creciente aislamiento diplomático y a una economía bajo presión, busca desesperadamente escaparates positivos. El fútbol se convierte así en una herramienta cómoda, un recurso de imagen fácil de activar.
Tras una serie de fracasos, el régimen intenta aferrarse a lo que le queda: la emoción popular asociada al balón. La visita de Infantino se convierte así en un pretexto para existir, ocupar espacio mediático y proyectar la ilusión de un peso recuperado. Pero la maniobra resulta demasiado evidente.
En términos estrictamente factuales, la visita de Infantino a Argelia se enmarca en la inauguración de un centro técnico en Tlemcen, financiado por la FIFA. Un proyecto útil, sin duda, para la formación y la detección de jóvenes talentos.
El presidente de la FIFA estuvo acompañado, entre otros, por Arsène Wenger, lo que evidencia que la dimensión técnica era prioritaria en este desplazamiento. Recepción protocolaria, intercambio institucional, entrega de regalos simbólicos —entre ellos una réplica de la Copa del Mundo— y foto oficial… Nada fuera de lo habitual.
Sin embargo, era imprescindible convertirlo en un momento de «gloria». Afirmar que la FIFA acude a recibir «instrucciones» de un jefe de Estado responde más a la caricatura que al análisis. Un intento torpe de exagerar una relevancia que no resiste el contraste con los hechos.
En el fondo, esta secuencia pone de manifiesto un malestar más profundo: el de un poder en busca de reconocimiento, dispuesto a instrumentalizar el deporte para compensar un déficit de credibilidad.
Y mientras algunos se atribuyen un papel central en el fútbol mundial, otros avanzan, construyen y se imponen a través de los resultados. El contraste es evidente. Y, en ocasiones, francamente revelador.







