Publicado el 23 de marzo, el artículo de AGBI ilustra los riesgos de un tratamiento superficial de cuestiones económicas complejas. Basándose en un déficit presupuestario de 34.500 millones de dirhams a finales de febrero de 2026, frente a 24.800 millones un año antes, el medio establece una conclusión precipitada al vincular este aumento con un supuesto incremento del gasto relacionado con el Mundial 2030.
En primer lugar, interpretar un déficit a finales de febrero resulta claramente prematuro. Este periodo no refleja la realidad anual de las finanzas públicas, especialmente debido a los importantes ingresos fiscales que se registran a finales de marzo, en particular los derivados del impuesto de sociedades. Miles de millones de dirhams están aún en proceso de recaudación, lo que hace que cualquier conclusión en este momento sea, como mínimo, apresurada.
Conviene recordar que todas las previsiones apuntan a una reducción del déficit presupuestario en Marruecos. Según Bank Al-Maghrib, este debería seguir una trayectoria descendente, pasando del 3,6% del PIB en 2025 al 3,5% en 2026, y al 3,4% en 2027.
Además, los datos oficiales permiten identificar con claridad los verdaderos factores que explican la evolución del déficit hasta finales de febrero.

La caída de los ingresos responde principalmente a un efecto de base: una operación excepcional de regularización fiscal voluntaria realizada en enero de 2025, que generó 3.800 millones de dirhams. Sin este elemento puntual, los ingresos habrían aumentado. Así, la recaudación del impuesto sobre la renta registra una caída de 3.200 millones de dirhams, es decir, un 19,4% interanual. Sin embargo, eliminando el efecto de la amnistía fiscal, habría crecido un 4,7%, impulsada en particular por el aumento de la retención sobre las ganancias de capital, que aportó 1.100 millones de dirhams. Esta evolución habría limitado considerablemente el déficit observado a finales de febrero.
Por su parte, el aumento del gasto, que asciende a 7.200 millones de dirhams, se explica principalmente por el incremento de los gastos de personal, que suben en 5.700 millones de dirhams, en línea con las medidas adoptadas en el marco del diálogo social. A ello se añade un aumento de los intereses de la deuda interna de 483 millones de dirhams.
Estos factores responden a dinámicas estructurales y sociales, sin relación directa con las inversiones ligadas al Mundial.
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Por tanto, el vínculo que establecen Cembrero y otros entre el déficit y la organización del Mundial 2030 responde más a la especulación que a un análisis económico riguroso.
Como señala el economista Mehdi El Fakir a Le360, «este tipo de razonamiento refleja un profundo desconocimiento de los mecanismos de las finanzas públicas, basado en una lectura simplista y desfasada de los equilibrios presupuestarios».
Marruecos ha aprendido, además, de experiencias internacionales como las de Grecia, Brasil o Sudáfrica, donde la organización de grandes eventos deportivos supuso una carga importante para las finanzas públicas. La estrategia marroquí sigue una lógica diferente, basada en inversiones estructurales y duraderas, diseñadas para impulsar la economía más allá del evento deportivo.
Las infraestructuras en desarrollo, ya sea en transporte ferroviario, movilidad urbana o planificación territorial, responden a necesidades a largo plazo y no a una lógica coyuntural. Como ejemplo, El Fakir cita la nueva estación ferroviaria de Hay Riad, hoy ampliamente utilizada por los ciudadanos, lo que demuestra el impacto directo y sostenido de estas inversiones.
Además, el modelo de financiación de estos proyectos ha sido completamente ignorado por AGBI. Como ha recordado en varias ocasiones el ministro delegado de Presupuesto, Fouzi Lekjaa, las inversiones vinculadas al Mundial 2030 se financian mediante esquemas específicos, al margen del presupuesto general del Estado. Las infraestructuras de transporte se desarrollan mediante asociaciones público-privadas, con una participación pública limitada y controlada. Las inversiones se distribuyen a lo largo de varios años y se apoyan en mecanismos que garantizan su viabilidad financiera.
En cuanto a los estadios, su coste tampoco recae en el presupuesto general del Estado. Las autoridades han insistido incluso en que «ni un solo dirham» de dicho presupuesto se destina a su construcción.
Este modelo, que implica a actores institucionales nacionales, permite una amortización a largo plazo y garantiza la sostenibilidad presupuestaria, algo que ciertos análisis externos parecen ignorar.
La diferencia entre estas interpretaciones externas y las evaluaciones de las instituciones internacionales resulta evidente.
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Sin ir más lejos, el Fondo Monetario Internacional elogió el pasado lunes 23 de marzo la flexibilidad y resiliencia de las finanzas públicas marroquíes, destacando la capacidad del país para combinar inversión y estabilidad macroeconómica.
«Los déficits presupuestarios previstos para 2026 y el medio plazo son compatibles con una reducción progresiva del nivel de deuda en relación con el PIB, que debería situarse en el 60,5% en 2031», señaló el FMI en un comunicado.
En definitiva, el artículo de AGBI va más allá de un simple error de análisis. Pone de manifiesto un ecosistema en el que aproximaciones mediáticas y discursos hostiles se retroalimentan, en detrimento de una lectura rigurosa de la realidad económica.
Frente a ello, los hechos son claros. Marruecos avanza con una estrategia definida, estructurada y transparente, lejos de interpretaciones simplistas y conclusiones precipitadas.
