A miles de kilómetros del Estrecho de Gibraltar, el de Ormuz vuelve a tensar el equilibrio energético mundial. Sin embargo, más allá del ruido geopolítico, lo que está en juego no es solo el suministro global de petróleo, sino la forma en la que estos choques se filtran, de manera más o menos visible, en relaciones energéticas regionales como la que mantienen Marruecos y España.
En este contexto, la relación entre ambos países adquiere una dimensión renovada, marcada por una integración cada vez más profunda de sus sistemas energéticos. Por primera vez, Marruecos y España intercambian electricidad y gas en ambos sentidos. La afirmación, formulada recientemente por la ministra marroquí de Transición Energética, Leila Benali, no es menor. Refleja un cambio estructural en una relación históricamente marcada por un flujo dominante desde el norte hacia el sur.
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Sin embargo, este nuevo equilibrio emerge en un contexto especialmente delicado. La escalada de tensiones en torno al estrecho de Ormuz ha devuelto la energía al centro de la geopolítica mundial, obligando a replantear no solo las dependencias globales, sino también los equilibrios regionales. En ese cruce entre crisis internacional y dinámicas bilaterales se sitúa hoy la relación energética entre Marruecos y España, convertida en un termómetro de la capacidad de ambos países para absorber los choques externos.
Durante décadas, España ha sido un proveedor energético clave para Marruecos. Las interconexiones eléctricas, operativas desde finales de los años noventa y ampliadas hasta los 1.400 MW, permitieron cubrir hasta el 15% de la demanda eléctrica marroquí en determinados periodos, con volúmenes cercanos a los 5 TWh anuales.
A esta dependencia eléctrica se ha sumado la dimensión fósil. Tras el cierre de la única refinería marroquí en 2015, España se consolidó como uno de los principales suministradores de productos refinados, con exportaciones cercanas a los 1.000 millones de euros anuales. Más recientemente, el flujo inverso del gasoducto Magreb-Europa ha añadido una nueva capa a esta relación, permitiendo el envío de gas desde la península hacia Marruecos.

Los datos más recientes confirman la intensidad de estos intercambios. En 2025, España exportó más de 10.300 GWh de gas hacia Marruecos, con flujos mensuales estables en torno a los 800 a 1.000 GWh. En paralelo, las importaciones marroquíes de electricidad alcanzaron los 3.750 GWh a finales de ese mismo año, reflejando una dependencia aún significativa en determinados momentos del sistema.
Ormuz, un choque de precios más que de suministro
En este contexto de integración creciente, la crisis en el Golfo introduce una variable clave. Contra lo que podría sugerir la magnitud del estrecho de Ormuz en el comercio energético mundial, el impacto sobre Marruecos no se manifiesta tanto en términos de abastecimiento como de precios.
«Aunque los combustibles petrolíferos representan la mitad de los 25 Mtep consumidos en Marruecos, solo un tercio del gasóleo y una doceava parte de la gasolina procedieron del Golfo en 2024», explica Amine Bennouna, experto en cuestiones energéticas.
El país dispone además de cierto margen de maniobra a corto plazo. «El choque en términos de seguridad de suministro no es tan importante como podría imaginarse, sobre todo teniendo en cuenta que disponíamos de 53 días de consumo en stock al inicio de las hostilidades», señala.
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La verdadera exposición se sitúa en otro plano. «Estamos en primera línea del choque en términos de precios, tanto más cuanto que incluso los distribuidores nacionales especulan aplicando subidas anticipadas en los precios en surtidor», advierte.
La conexión entre la crisis en Oriente Medio y los sistemas energéticos del Mediterráneo occidental se articula, ante todo, a través de los mercados internacionales. España, pese a su mayor capacidad de refinado, no escapa a esta lógica.
«España sigue expuesta a los caprichos de los precios del crudo», resume Bennouna, subrayando la dimensión global de la volatilidad.
Este elemento es central para entender la relación bilateral. Más que un canal directo de contagio, el vínculo energético entre Marruecos y España funciona como un sistema interconectado que amplifica o amortigua, según los casos, las tensiones externas.
La integración de Marruecos en el sistema eléctrico europeo ha reforzado la resiliencia de su red, pero también ha implicado una mayor exposición a la lógica de mercado. «Los mercados europeos de la electricidad están completamente vinculados a los mercados internacionales, la fuente de la volatilidad no es europea, sino mundial», subraya el experto.
La pertenencia a este sistema conlleva asumir sus reglas. «Cuando se acepta el principio de un mercado basado en la oferta y la demanda y se participa en la bolsa eléctrica europea, se acepta también su volatilidad. No se puede tomar solo lo bueno y rechazar lo malo», afirma.
Esta realidad se ha hecho más visible en los últimos años. La cobertura de la demanda mediante producción local ha descendido del 102,4% al 92,5% entre 2019 y 2025, obligando a recurrir a importaciones. «Hemos estado muy satisfechos de poder cubrir el déficit mediante importaciones de electricidad desde España, que alcanzaron los 3.750 GWh a finales de 2025», recuerda Amine Bennouna.
Una interdependencia aún desequilibrada
Pese al discurso sobre el carácter bidireccional de los intercambios, la realidad sigue marcada por un claro predominio de los flujos desde España hacia Marruecos. En 2025, cerca del 90% de los intercambios eléctricos se realizaron en ese sentido.
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Ello no impide la existencia de flujos inversos en situaciones puntuales. «Sería pretencioso hablar de un papel estabilizador de Marruecos», reconoce Bennouna, aunque matiza que «Andalucía ha apreciado los 200 GWh que nos solicitó en 2025, así como el apoyo puntual aportado durante el apagón ibérico de abril de ese mismo año».
Uno de los elementos más relevantes de la evolución reciente es el cambio de lógica. Los intercambios energéticos entre ambos países ya no responden a un esquema de ayuda, sino a una dinámica plenamente comercial. «Los intercambios de electricidad y gas obedecen a una lógica de comercio y no de asistencia», insiste Bennouna. En este sentido, lejos de constituir una fragilidad, estos flujos refuerzan la seguridad energética del Reino. «Participan en la diversificación de las fuentes de aprovisionamiento energético de Marruecos y no pueden considerarse en ningún caso como una fuente de vulnerabilidad», subraya.

A corto plazo, el impacto de la crisis dependerá esencialmente de su duración. Si el conflicto se prolonga, la presión sobre los precios podría intensificarse, afectando progresivamente a la factura energética. «El efecto probablemente seguirá siendo limitado si la duración del conflicto se mantiene contenida», señala Bennouna, antes de advertir sobre la inercia de los mercados. «La reorganización de los flujos energéticos a escala mundial no se produce de un día para otro», concluye.
