Aunque suele asociarse con la fragilidad laboral y la falta de claridad normativa, el trabajo temporal sigue siendo un engranaje esencial en numerosos sectores en Marruecos, desde los grandes proyectos de construcción hasta las actividades estacionales. Sin embargo, el sector afronta múltiples deficiencias que debilitan tanto a los trabajadores como a las empresas.
En Marruecos, el trabajo temporal se basa en un funcionamiento específico, a veces poco conocido por el público general. «Se trata de una modalidad de empleo distinta y estratégica, caracterizada por una relación triangular única», explica la experta.
Este esquema implica a un trabajador, una empresa de trabajo temporal (ETT), que actúa como empleador legal, y una empresa usuaria que se beneficia de sus competencias para una misión concreta y limitada en el tiempo. Esta organización lo diferencia fundamentalmente de un contrato de duración determinada (CDD) clásico. «A diferencia del CDD, donde la empresa usuaria es el empleador directo, en el trabajo temporal la ETT asume la totalidad de las obligaciones contractuales, mientras que la empresa usuaria es responsable de la organización cotidiana del trabajo.»
Lejos de ser un simple contrato temporal encubierto, este modelo constituye, según ella, «una solución ágil para responder a necesidades puntuales, garantizando al mismo tiempo la seguridad jurídica y social del trabajador».
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En varios sectores, el trabajo temporal se ha consolidado como un instrumento clave. Permite, en particular, gestionar las fluctuaciones de la actividad, ya sean estacionales o vinculadas a proyectos específicos. «Ofrece una capacidad de absorción rápida de las variaciones de la demanda sin aumentar la masa salarial permanente», subraya Claudia Gaudiau, citando especialmente la agricultura, el turismo o la agroindustria.
También constituye un instrumento de flexibilidad para las empresas que enfrentan una competencia internacional creciente, en particular las pymes, que pueden ajustar sus plantillas limitando al mismo tiempo sus riesgos financieros.
En los grandes proyectos de infraestructura o en la industria, permite movilizar rápidamente competencias específicas para misiones de duración limitada. Más allá de las necesidades económicas, Claudia Gaudiau insiste también en su dimensión social: «Frente al desafío del desempleo de los jóvenes titulados, el trabajo temporal representa una valiosa puerta de entrada al mercado laboral», al favorecer la adquisición de una primera experiencia y una inserción progresiva hacia el empleo estable.
A pesar de este papel estructurador, el marco legal que regula el trabajo temporal parece hoy ampliamente obsoleto. «Diseñado en un contexto económico ya superado, ya no responde a las exigencias de flexibilidad de las empresas ni a las aspiraciones de estabilidad y desarrollo de competencias de los trabajadores temporales», afirma.
La duración máxima de los contratos constituye uno de los principales puntos de bloqueo. Limitada a dos períodos de tres meses, no se ajusta ni a los ciclos industriales ni a la realidad de los proyectos económicos. «Esta limitación frena la continuidad operativa de las empresas y la estabilidad de las trayectorias profesionales de los trabajadores temporales», señala. La falta de claridad en el reparto de responsabilidades entre las empresas de trabajo temporal y las empresas usuarias también crea zonas de inseguridad jurídica, especialmente en materia de higiene y seguridad o de declaraciones sociales. Por último, el acceso limitado de los trabajadores temporales a la formación profesional constituye un obstáculo importante para su empleabilidad y su desarrollo de competencias.
Las consecuencias de esta rigidez se dejan sentir en ambos lados del mercado laboral. Para los trabajadores, la brevedad de las misiones genera «una precariedad estructural» que dificulta cualquier proyección a medio plazo y limita la acumulación de experiencia profesional. Para las empresas, supone un obstáculo para la gestión estratégica de los recursos humanos. «De ello se deriva una pérdida de continuidad operativa, una disminución de la productividad debido a la necesidad de formar constantemente a nuevos trabajadores temporales y una dificultad para capitalizar las competencias adquiridas», detalla Claudia Gaudiau. Recuerda que muchos países han adoptado marcos más flexibles, que permiten misiones de hasta 18 o 36 meses, con el fin de conciliar la flexibilidad económica con la seguridad de las trayectorias profesionales.
En este contexto, están surgiendo ciertas prácticas de elusión que revelan un sistema que se ha vuelto inadecuado. «La rigidez excesiva del marco legal actual es un motor de prácticas de evasión», afirma, citando en particular la prolongación informal de las relaciones laborales, el recurso abusivo a contratos temporales sucesivos o el uso desviado de los dispositivos de inserción. Estas prácticas debilitan a los trabajadores, alimentan la competencia desleal y perjudican la imagen del trabajo temporal, que debería percibirse como «una solución de empleo estructurada y segura».
No obstante, la experta advierte contra cualquier cuestionamiento radical del modelo. «La desaparición del trabajo temporal tendría consecuencias económicas catastróficas», estima. Los grandes proyectos de infraestructura y los programas industriales se enfrentarían a escasez de mano de obra, provocando retrasos y sobrecostes, mientras que las empresas perderían flexibilidad y competitividad. También alerta del riesgo de una expansión de la economía informal, con un debilitamiento de la protección social y una menor transparencia en el mercado laboral.
Ante estos retos, Claudia Gaudiau defiende una reforma ambiciosa y estructural. Propone, en particular, ampliar la duración máxima de las misiones a 24 meses para ajustarlas mejor a las realidades económicas, clarificar la corresponsabilidad entre los distintos actores para garantizar la protección de los trabajadores y abrir plenamente el acceso de los trabajadores temporales a la formación profesional. «Esta medida permitiría a los trabajadores temporales beneficiarse directamente de las formaciones impartidas por las empresas donde trabajan, favoreciendo así el desarrollo de sus competencias, su empleabilidad y su integración duradera», concluye. Para la experta, la modernización del trabajo temporal es una condición esencial para acompañar las transformaciones del mercado laboral marroquí y convertirlo en una verdadera herramienta de profesionalización, y no en una zona gris del empleo asalariado.
