La reacción de Argelia ante la ofensiva estadounidense-israelí contra Irán, lanzada en la mañana del sábado, era especialmente esperada. No en vano, se trata de su principal aliado en Oriente Próximo: el régimen iraní instaurado en 1979, que acaba de sufrir uno de los golpes más duros de su historia con ataques de gran envergadura y la muerte del ayatolá Ali Khamenei, quien había sucedido a Ruhollah Jomeiní en 1989 al frente del poder político-religioso del país.
En un comunicado difundido la noche del sábado por el Ministerio de Asuntos Exteriores, las autoridades argelinas recurrieron una vez más a un lenguaje diplomático ambiguo, destinado a ocultar su evidente desconcierto.
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En su reacción oficial, hecha pública después de las ocho de la tarde, Argel afirmó haber confiado en que las recientes conversaciones entre Estados Unidos e Irán, celebradas en Omán, desembocaran en una salida «pacífica». El texto lamenta «profundamente» que el fracaso de ese diálogo haya conducido a una «escalada militar de consecuencias imprevisibles».
Tras expresar su pesar, el régimen argelino asegura también estar seriamente preocupado por la evolución de la situación y advierte del riesgo de un aumento de la «inestabilidad y la inseguridad» en toda la región del Golfo.

Sin embargo, en ningún momento el comunicado del Ministerio de Exteriores expresa solidaridad alguna con los países árabes que fueron objeto de lanzamientos de misiles iraníes ese mismo sábado. Si bien puede entenderse que Argel no respalde a Emiratos Árabes Unidos, su rival declarado, el silencio respecto a Qatar, Arabia Saudí y Kuwait —países que el propio Abdelmadjid Tebboune ha calificado recientemente como «grandes amigos»— sugiere una aprobación implícita de la acción militar iraní contra ellos.
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El contraste resulta llamativo. En septiembre de 2025, cuando Israel atacó Doha para golpear a dirigentes de Hamás, Argel condenó con rapidez y firmeza la operación. Pero cuando es Irán quien ataca la capital catarí, el silencio es absoluto, lo que equivale, de facto, a un respaldo a Teherán. Algo similar ocurrió en junio de 2025, cuando Irán bombardeó la base estadounidense de Al Udeid, también en Qatar: entonces, el Ministerio argelino se limitó a pedir «moderación y sabiduría» a ambas partes, una fórmula interpretada por muchos como un apoyo encubierto al agresor.
Otro indicio de esta cercanía quedó patente la misma noche del sábado, cuando un primer comunicado del Ministerio de Exteriores, difundido a través del secretario de Estado encargado de la comunidad argelina en el extranjero, anunció la creación de una célula de crisis para «seguir la situación de los ciudadanos argelinos tras la peligrosa escalada militar en Oriente Próximo».
Según la nota, esta célula fue activada en la sede del ministerio y dotada de un número de atención especial «por instrucciones de las más altas autoridades del país».
En conjunto, estas reacciones oficiales, tardías y de mínimos, evidencian que el régimen argelino optó deliberadamente por no condenar los ataques iraníes contra los países del Golfo ni mostrarles solidaridad, a diferencia de lo ocurrido en otros países árabes. Una postura que confirma la solidez de los vínculos entre Argel y Teherán, vínculos que Marruecos lleva tiempo denunciando.
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Esta alianza quedó reflejada también en la prensa argelina. De forma casi unánime, los principales medios calificaron los bombardeos contra Irán como una «agresión estadounidense-israelí», e incluso «estadounidense-sionista», según recogió la radio pública argelina.
Pese a todo, esta postura no logra disimular el profundo desasosiego de un régimen que ve cómo pierde a uno de sus últimos aliados en el escenario internacional. La muerte del líder supremo iraní debió de generar una inquietud palpable entre los veteranos dirigentes que controlan el poder en Argelia. Cuando los aliados más cercanos de un régimen van cayendo uno tras otro como un castillo de naipes, su propia supervivencia empieza a estar en cuestión.
