Canadá registró un fuerte frenazo de su crecimiento demográfico durante el periodo comprendido entre julio de 2025 y julio de 2026, según los últimos datos de Statistics Canada. La población aumentó en unas 189.425 personas, un 0,5%, hasta situarse en alrededor de 41,8 millones de habitantes.
El dato adquiere especial relevancia por su dimensión histórica. El incremento registrado constituye el menor crecimiento anual de la población canadiense desde el periodo 1944-1945, mientras que la tasa de crecimiento relativa se situó en su nivel más bajo desde 1915-1916.
El cambio no responde únicamente a una evolución natural de la población. Canadá atraviesa una fase de reajuste de su política migratoria, después de varios años en los que el crecimiento demográfico estuvo fuertemente impulsado por la llegada de inmigrantes y, especialmente, de residentes no permanentes.
Uno de los principales indicadores de este cambio es precisamente la reducción de los residentes no permanentes. Su número disminuyó en 154.614 personas en un año, hasta situarse en unos 2,78 millones a 1 de julio de 2026, frente al máximo de casi 2,98 millones registrado en octubre de 2024.
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La caída afecta especialmente a los titulares de permisos de estudios, así como a las personas que disponen de permisos de trabajo y estudios. Se trata de un segmento que había adquirido un peso creciente en la expansión demográfica canadiense durante los últimos años.
La evolución resulta significativa porque el modelo canadiense había utilizado durante años la inmigración como uno de los principales motores para compensar el envejecimiento de la población y sostener el crecimiento económico. El actual descenso de los flujos migratorios modifica, por tanto, una de las principales fuentes de expansión demográfica del país.
A ello se suma la reducción del número de nuevos inmigrantes permanentes. Entre julio de 2025 y julio de 2026, Canadá recibió 368.224 nuevos inmigrantes, una cifra que se sitúa por debajo de los 400.000 anuales por primera vez desde 2021-2022.
El dato apunta a un doble movimiento: por un lado, disminuye la llegada de nuevos residentes permanentes y, por otro, se reduce el número de personas con estatus temporal. El resultado es una desaceleración demográfica que contrasta con el fuerte crecimiento registrado en años recientes.
Este giro tiene implicaciones que van más allá de las estadísticas. Una menor presión demográfica puede aliviar determinados problemas asociados al rápido crecimiento de la población, como la demanda de vivienda, los servicios públicos y las infraestructuras. Sin embargo, también puede generar nuevos desafíos para un país que necesita población activa para hacer frente al envejecimiento y cubrir las necesidades de determinados sectores económicos.
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El caso canadiense refleja así una tensión cada vez más visible entre dos objetivos: controlar el ritmo de crecimiento migratorio para hacerlo más sostenible y, al mismo tiempo, mantener una entrada suficiente de trabajadores y nuevos residentes para sostener la economía y compensar el envejecimiento de la población.
El dato de 2026 marca, en este sentido, un punto de inflexión. Con una población que crece apenas un 0,5% y una reducción simultánea de los residentes no permanentes y de los nuevos inmigrantes, Canadá entra en una nueva etapa demográfica en la que la cuestión ya no será únicamente cuántas personas llegan al país, sino qué volumen de inmigración puede absorber y sostener de forma equilibrada.
