La «vía» presidencial: cuando el poder descarrila hasta en una simple línea de la calzada

Le cortège présidentiel algérien, vendredi 20 mars 2026 à l'occasion de Aïd Al-Fitr.

cortejo presidencial con motivo del Eid, de Abdelmadjid Tebboune

El 22/03/2026 a las 11h07

Bajo la pompa de un cortejo presidencial organizado a duras penas con motivo del Eid, Abdelmadjid Tebboune pretendía exhibir poder y solemnidad. Pero entre el desorden en la comitiva y unas marcas viales grotescamente irregulares, la puesta en escena derivó en un fiasco, revelando, más allá del decorado lamentable, las líneas profundamente torcidas de un sistema que ni siquiera logra trazar recto.

Bastó un solo vídeo. Unos minutos, ampliamente difundidos por los medios, mostrando el desplazamiento del presidente Abdelmadjid Tebboune hacia la Gran Mezquita de Argel, el viernes 20 de marzo, día del Eid al-Fitr. Un cortejo largo, denso, cuidadosamente escoltado, supuestamente destinado a encarnar la «grandeza» del cargo, la solemnidad del momento y, de paso, una cierta idea del poder del Estado.

A primera vista, no falta nada. Coches oficiales, escolta motorizada, imponente dispositivo de seguridad… Pero, al mirarlo más de cerca, y las redes sociales no dejaron pasar la ocasión, el barniz se resquebraja. Y lo que debía ser una demostración de prestigio se transforma rápidamente en una escena casi burlesca, donde la apariencia apenas logra ocultar la improvisación. Porque lo que salta a la vista no es tanto la longitud del cortejo como su desorden. Una acumulación confusa de vehículos, motos y coches entremezclados, sin armonía ni legibilidad. El conjunto transmite una impresión de saturación más que de control, de precipitación más que de protocolo. En este laberinto rodante, la gestión de una emergencia sería un verdadero quebradero de cabeza.

Pero el verdadero clavo del espectáculo, o más bien su detalle más demoledor, está en el suelo. Literalmente. La carretera que conduce a la mezquita, pese a ser reciente y espaciosa, ofrece un espectáculo desolador: una señalización horizontal digna de un ejercicio fallido. Líneas ondulantes, trazados vacilantes, superposiciones azarosas, variaciones de color inexplicables… Nada está recto, nada es coherente. Como si la calzada hubiera sido pintada a ciegas, en la urgencia de una obra que había que terminar, sobre todo, deprisa y corriendo. Y, por lo demás, se aprecia el derrape realizado por el coche presidencial a la entrada de la mezquita. Es digno de «Fast and Furious».

La obra tiene todo el aspecto de un trabajo manual, a falta de un enfoque mínimamente estudiado, marcado por la ausencia de guías previas que garantizaran un trazado rectilíneo. Una ejecución apresurada para acondicionar la vía en el último momento. El resultado está ahí, visible, innegable, casi caricaturesco. El defecto no es solo técnico. Es sintomático.

En un funcionamiento normal, un trazado de este tipo, como cualquier proyecto digno de ese nombre, debería estar sometido a controles rigurosos. Normas técnicas, calidad estética, seguridad: otros tantos criterios que aquí parecen haber sido, en el mejor de los casos, descuidados y, en el peor, ignorados. ¿Cómo explicar que irregularidades tan flagrantes hayan pasado todos los filtros? El mal es más profundo, y es bien conocido: en Argelia, el «Sistema» no trabaja. Finge hacerlo.

Lo más inquietante es que no se trata de ningún descubrimiento. Imágenes similares ya circulaban el año pasado, mostrando exactamente los mismos defectos en esa misma carretera. Un año después, nada ha cambiado. Las líneas siguen igual de torcidas, como si hubieran quedado consagradas en su absurdo. Una constancia, en suma, pero no la que los argelinos tienen derecho a esperar.

La comparación con otros países que Tebboune y compañía se empeñan en querer imitar, donde los cortejos oficiales se distinguen por su sobriedad y su precisión, es demoledora. Allí donde en otros lugares prevalece el rigor discreto, aquí domina una puesta en escena ruidosa que, paradójicamente, revela sus propias fallas. A fuerza de querer impresionar, se termina exhibiendo precisamente lo que no funciona.

Y quizá ahí resida el verdadero alcance de esta secuencia. Porque si una carretera llamada a servir de escaparate oficial, recorrida por el propio jefe del Estado, presenta tal nivel de aproximación, ¿qué decir del resto? ¿Qué se puede esperar de las infraestructuras menos visibles, menos simbólicas? Esta historia de líneas mal trazadas va mucho más allá de la simple cuestión de la señalización vial. Se convierte en metáfora de un sistema que avanza sin una línea directriz clara, que superpone decisiones como se superpone la pintura, que se agita sin rectificar jamás. El diagnóstico es brutal: un poder que ni siquiera logra trazar líneas rectas en sus carreteras difícilmente puede marcar el rumbo de todo un país. Y esas vías maltrechas, esas marcas vacilantes, esos cortejos desordenados no son, en definitiva, más que el reflejo fiel de una gobernanza hecha de remiendos y aproximaciones. Eso es la «nueva Argelia».

Por Tarik Qattab
El 22/03/2026 a las 11h07