Responsabilidad
Una vez cerradas las urnas, la palabra adquiere otra dimensión.
Concepto fundamental de la vida democrática, ocupa un lugar central en la retórica política.
Se promete durante la campaña, se exige después de las tragedias y se invoca como sanción jurídica o exigencia moral. Pero cuando se apaga la escalada de promesas, comienza otro tiempo, aquel en el que la palabra dada se encuentra con la responsabilidad recibida.
¿Qué significa entonces, verdaderamente, ser responsable?
Al remontarnos a las raíces, la lengua árabe nos invita a concebir el compromiso de otra manera.
Masʾūliyya (مسؤولية), término moderno para designar la responsabilidad, nos remite naturalmente a la raíz S.ʾ.L. (س أ ل), que encierra el sentido de preguntar. Sin reducir su significado contemporáneo únicamente a su etimología, este parentesco sugiere la idea de una respuesta esperada.
Masʾūl (مسؤول), que suele traducirse como «responsable», significa literalmente «aquel a quien se pregunta».
El francés ofrece, además, un eco notable, puesto que «responsable» y «répondre» proceden de la misma familia latina, en torno a respondere, donde históricamente convergen las ideas de responder y constituirse en garante.
Esta asociación atraviesa profundamente la tradición islámica. Un hadiz recogido por Al Bujari y Muslim lo expresa mediante una metáfora: «Cada uno de vosotros es un pastor y cada uno de vosotros es responsable de su rebaño».
Aunque pueda contrariar nuestras sensibilidades modernas, el «rebaño» conserva aquí toda la fuerza de la imagen árabe. En torno a la raíz R.ʿ.Y. (ر ع ي) se despliegan las ideas de custodia, cuidado y protección. Rāʿī (راعٍ), el pastor, es quien vela por aquello que tiene a su cargo, lo protege y lo preserva. La raʿiyya (رعيّة), más allá del simbolismo pastoral, designa a quienes se encuentran bajo esa protección.
Cada persona está llamada, a su escala, a velar por aquello que se le ha confiado, desde la familia hasta la ciudad, desde el oficio hasta el poder: los padres respecto a su hogar, el artesano respecto a su obra, el funcionario en el ejercicio de su misión y el dirigente respecto a quienes gobierna.
Una frase tradicionalmente atribuida al segundo califa del islam, Omar ibn al-Jattab, ha llegado hasta nosotros bajo distintas formas. Se cuenta que, desde Medina, habría expresado su temor a tener que responder ante Dios por la muerte de un camello a orillas del Éufrates. Otra versión menciona una yegua que tropezaría en Irak por no haberse acondicionado correctamente un camino.
Porque en la tradición religiosa existe el Día del suʾāl, cuando la pregunta ya no pertenece al ámbito del conocimiento ni a la espera de una información. No se formula para aprender, sino para situar a cada persona ante la necesidad de responder ante Dios por sus actos y por sus omisiones.
Siguiendo la misma idea y la misma raíz, aparece en este mundo —o, más bien, debería aparecer— la musāʾala (مساءلة), es decir, la interpelación y la rendición de cuentas. Nos encontramos plenamente dentro del concepto inglés de accountability.
La responsabilidad coincide aquí plenamente con la exigencia democrática. Más aún porque, si el cargo obliga a quien lo recibe, tampoco exime a quien lo ha otorgado. El voto no pone fin de ninguna manera a la relación que establece. Confiar no significa abandonar. Dar el voto implica conservar el derecho a preguntar qué se ha hecho con él.
Ahora bien, si las urnas han hablado, muchos electores han guardado silencio.
Algo menos de cuatro de cada diez electores inscritos acudieron a votar. A esta abstención se suma, en una etapa anterior, la falta de inscripción. Los jóvenes de entre 18 y 24 años representan solamente el 4 % de los inscritos en las listas electorales.
Podría resultar tentador interpretar estas cifras exclusivamente como una señal de desconfianza política, que puede tener sus razones y encontrar en la abstención o el retraimiento una de sus formas de expresión.
Pero cuando el «todos son unos corruptos» termina por mantenernos alejados de manera duradera, resulta igualmente legítimo preguntarse en qué se convierte la protesta cuando deja de encontrar vías para la acción.
El compromiso cívico tampoco se limita a la papeleta introducida en la urna. También se manifiesta en la implicación asociativa, la vigilancia frente a los abusos, la participación en el debate público y todas esas formas, a menudo discretas, de asumir nuestra parte del espacio común en lugar de darle la espalda.
Por supuesto, se puede renunciar a elegir. Se puede abandonar el juego. Incluso se pueden tener muy buenas razones para hacerlo. Pero la libertad no consiste únicamente en poder decir sí o no.
También nos corresponde responder por el uso que hacemos de nuestra libertad.
En democracia, la pregunta circula sin eximir nunca por completo a quien la formula.
Tal vez ahí resida toda la masʾala (المسألة): la pregunta y, al mismo tiempo, el problema.
