El escenario estaba bien ensayado. Vehículos robados en Marruecos, introducidos discretamente en Europa, maquillados administrativamente y luego reenviados a Argelia con «papeles en regla». Hasta que la Guardia Civil puso fin a este circuito clandestino en el puerto de Alicante, en el sureste de España.
La investigación, abierta el pasado 19 de noviembre, partió de un detalle que no lo era. Se trataba de un aumento inusual del número de coches con matrículas temporales durante los trámites de embarque con destino a Argelia.
Según la prensa local, la red operaba mediante un esquema de triangulación entre el Magreb y la Unión Europea. Los vehículos eran primero sustraídos en territorio marroquí y luego trasladados clandestinamente a Europa.
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Una vez en suelo europeo, los miembros de la organización procedían a falsificar la documentación administrativa. Facturas falsas y certificados de origen manipulados daban a los vehículos una apariencia legal, como si hubieran sido importados regularmente en la Unión Europea. Esta «europeización» documental permitía después su reexportación hacia Argelia sin despertar sospechas de los servicios aduaneros.
La operación llevada a cabo en el puerto de Alicante permitió la incautación de siete vehículos de distintas marcas, justo antes de su carga en buques con destino a Argelia. Los coches fueron puestos bajo depósito judicial y deberán ser restituidos a sus propietarios legítimos al término de los procedimientos en curso.
Seis individuos, de entre 32 y 45 años, fueron detenidos y procesados por falsificación de documentos oficiales.
Un esquema ya observado con los smartphones
Este tráfico de vehículos recuerda otro circuito clandestino destapado el pasado mes de marzo. En aquella ocasión no se trataba de coches, sino de teléfonos inteligentes robados en el Reino Unido y encontrados en mercados argelinos.
El caso fue revelado por una investigación del The Sunday Times. En Londres, donde se roba un teléfono cada ocho minutos, una gran parte de los dispositivos sustraídos no permanece en territorio británico. Según las estimaciones citadas, solo uno de cada cinco se queda en el país. Los demás toman rumbo al extranjero, principalmente hacia Argelia (con un 28% de reconexiones de teléfonos robados registradas desde su territorio).
El modus operandi estaba bien estructurado. Los robos se cometían mediante tirones perpetrados por conductores de motocicletas encapuchados o de forma más discreta por carteristas, a veces muy jóvenes. Los teléfonos eran luego revendidos por entre 40 y 200 libras esterlinas a intermediarios encargados de centralizar la mercancía.
La investigación permitió remontar hasta una banda argelina que almacenaba cientos de aparatos robados, cuidadosamente envueltos en papel de aluminio para evitar su localización. Varios miembros fueron condenados por hechos que representaban varios millones de libras esterlinas.
Destino final: Argel. Los teléfonos convergían hacia ciertos mercados populares de la capital, entre ellos el de Belfort, descrito como el punto final de una cadena logística perfectamente engrasada. Una demanda sostenida, elevados costos de importación y la ausencia de circuitos oficiales facilitaban la venta de estos dispositivos.
