Una casa en Roubaix. Dos hombres llaman a la puerta gritando que son policías. Su misión es matar. El hombre al que buscan está de viaje. Su esposa abre y les dice que no se encuentra allí. Su hijo protesta y empieza a sospechar que algo ocurre. El comando se retira. Unas horas después, sus integrantes regresan para grabar un vídeo con su arma frente a la vivienda, como prueba del trabajo que deben presentar. El objetivo se llama Hichem Aboud, periodista argelino exiliado y antiguo oficial de los servicios de inteligencia, convertido en un declarado adversario del poder. Esta operación fallida, reconstruida por Christophe Dubois y Marie-Christine Tabet, abre su investigación. La relación franco-argelina comienza ante la puerta de una casa, con una familia presa del miedo.
Adolescentes vinculados al narcotráfico, aplicaciones de mensajería cifrada, un coche de alquiler y capturas de pantalla forman parte del dispositivo de un asesinato planeado. La secuencia impacta por el cruce de universos clandestinos. Unos meses antes, el periodista había sido secuestrado en Barcelona y posteriormente localizado por la Guardia Civil durante una operación contra traficantes. Los autores resumen así la conexión entre ambos circuitos: «Las rutas de la droga y las del espionaje a veces utilizan los mismos caminos».
En «Argel-París. Asuntos tóxicos» (Stock, octubre de 2026), las relaciones entre Francia y Argelia se abordan a partir de sus consecuencias concretas, antes de remontarse hasta las administraciones, los centros de poder y los relatos nacionales. El libro arranca con una desilusión: «Que la lucidez podía imponerse a la ceguera. Que el conocimiento íntimo que ambos pueblos tenían el uno del otro acabaría prevaleciendo sobre los cálculos de unos y la mala fe de otros. Nos equivocábamos».
Seis partes estructuran este recorrido, desde la represión transnacional hasta la diáspora, pasando por las dependencias en materia de seguridad, el funcionamiento del poder y los callejones sin salida de la memoria histórica. La tesis se perfila a medida que se suceden los casos: la crisis perdura también porque resulta útil. Alimenta legitimidades, carreras y posiciones adquiridas. Sin embargo, los autores se niegan a encerrar a ambos pueblos en esa dinámica: «Esta realidad viva, cotidiana y cálida es la imagen exactamente opuesta de la relación oficial entre los dos Estados: fría, tensa e instrumentalizada».

La represión cruza el Mediterráneo
El primer eje del libro aborda la expansión geográfica del control político argelino. Los opositores son vigilados, sus familias sufren presiones tanto en Argelia como en Francia y las amenazas digitales forman parte de la vida cotidiana. Quienes son perseguidos se ven obligados a recurrir a todo tipo de estratagemas para esquivar el control. Los casos de Aboud, Amir DZ, Abdou Semmar y Toufik Bennacer reflejan una misma inquietud: ¿basta con encontrar refugio en Europa para recuperar una vida normal? Los autores examinan operaciones impulsadas por figuras influyentes de Argelia, cuyas ramificaciones llegan a Francia, Bélgica y España. Su relato sigue las pistas: desplazamientos, comunicaciones, vigilancias y testimonios.
La presión también adopta formas menos espectaculares. Una opositora relata una cita en la embajada que consiguió a través de una persona cercana: «Me dijeron que debía de ser muy duro vivir separada de mi familia y que, si pedía disculpas, podría volver a ver a mi madre». Se niega a ceder mientras sus amigos sigan encarcelados por sus opiniones. El episodio muestra cómo, para Argel, los vínculos familiares pueden convertirse en instrumentos de negociación. El exiliado conserva una familia, relaciones personales y documentos que debe renovar. La libertad recuperada sigue expuesta a esas dependencias cotidianas que el poder conoce y puede explotar.
Con Amir Boukhors, conocido como Amir DZ, aparece otra amenaza. Su secuestro en abril de 2024 y la posterior investigación, que apunta a la implicación de intermediarios consulares, llevan el relato al terreno de la soberanía francesa. ¿Quién protege a las personas refugiadas en su territorio? ¿Hasta dónde pueden tolerarse las prácticas de un socio? Un magistrado entrevistado resume con crudeza el cambio de época: «Los servicios argelinos realmente creyeron que Francia era su patio de recreo». La investigación, no obstante, mantiene abierta la pregunta decisiva: ¿hasta dónde llega la cadena de mando?
Después del Hirak, un poder que sabe impedir
Para entender la persecución de las voces críticas, Dubois y Tabet desplazan la mirada hacia Argel. Su interpretación del Hirak vertebra el conjunto de la obra. El levantamiento de 2019 acabó con el mandato de Bouteflika, sacudió a quienes controlaban el poder y puso de manifiesto la amplitud de las aspiraciones democráticas. Según los autores, el cierre político posterior responde al temor persistente de los gobernantes. A través del testimonio de Xavier Driencourt, antiguo embajador francés en Argel, lo resumen en una frase: «Los dirigentes decidieron no volver a tener miedo nunca más».
Uno de los documentos más reveladores es el balance de fin de misión del embajador François Gouyette. Su trayectoria, su conocimiento del árabe y su vínculo con Argelia hacen especialmente contundente la conclusión que transmite a París: «Más allá de la intensidad del reflejo antifrancés, es la propia naturaleza del sistema instalado en Argel la que impide relanzar las relaciones bilaterales». La dificultad va, por tanto, más allá de las susceptibilidades presidenciales. Afecta a la capacidad de tomar decisiones y, después, hacerlas cumplir.
El libro describe un sistema repartido entre la presidencia, el Ejército y los servicios de inteligencia, atravesado por rivalidades y purgas. Retomando una expresión de Adlène Meddi, Gouyette habla de un «poder sin poder»: un «ecosistema de responsables políticos y de seguridad con un margen de maniobra limitado, capaces de activar determinadas palancas —especialmente represivas—, pero incapaces de dar al país una orientación estratégica a largo plazo». La fórmula ilumina la paradoja central: una gran capacidad para bloquear puede coexistir con una escasa capacidad para transformar.
Esta estructura tiene consecuencias muy concretas. Un periodista pierde su empleo mientras permanece detenido. A un empresario le incautan sus bienes. Un activista acumula citaciones hasta quedar exhausto. El capítulo dedicado al artículo 87 bis muestra cómo, según los autores, la ampliación de la definición de terrorismo sirve para neutralizar distintas formas de oposición. «La lista no apunta a una ideología, sino a cualquier oposición organizada, sea cual sea su orientación, su lengua o su fe. Y también a quienes se acercan a ella».
La trayectoria del periodista Mohamed Mouloudj concentra esta lógica. Los intercambios destinados a preparar una entrevista se convierten en pruebas en su contra. Él recuerda una regla básica del oficio: «Siempre me enseñaron que había que consultar a todas las partes antes de escribir». Un abogado describe el resultado de este mecanismo: «Los nuevos artículos del Código Penal permiten encarcelar antes de juzgar. Los acusados pasan meses en prisión preventiva, aunque finalmente se retiran la mayoría de los cargos. Se trata de apartar a quienes molestan y de quitarles a los ciudadanos las ganas de participar en política». El propio procedimiento se convierte en una condena.
A estas descripciones institucionales se suman las trayectorias de activistas que acabaron convirtiéndose en disidentes casi sin proponérselo. Zakaria Hannache, técnico antes de dedicarse a documentar los casos de personas perseguidas judicialmente, descubrió el activismo durante el Hirak. Amira Bouraoui, médica, aprendió a organizar su huida a medida que se sucedían las condenas. La investigación relata las discretas redes de solidaridad que hicieron posible su salida y su posterior llegada a Francia, muy alejada de la gran operación clandestina denunciada en Argel: «Nadie la espera a pie de avión. Ningún funcionario de la DGSE, ningún oficial del Quai d’Orsay. Solo una mujer sola, con una maleta en la mano, en una ciudad que no conoce». Este regreso a las experiencias individuales permite medir el alcance del discurso sobre la subversión. Detrás de la enemiga retratada por la propaganda hay una médica que necesita encontrar trabajo y reconstruir su vida.
Vidas atrapadas en la negociación
Las páginas dedicadas a Christophe Gleizes y Boualem Sansal aportan a la investigación su dimensión humana. También muestran cómo una persona encarcelada acaba convertida en una baza que cada parte asegura defender. En torno al periodista deportivo, sus padres, amigos, abogados, asociaciones y representantes del Estado buscan las palabras adecuadas. Hablar con discreción, protestar públicamente o recurrir a un intermediario: cada opción entraña riesgos y cada espera desgasta a los familiares.
El relato de la estrategia inicial de silencio adoptada por París resulta especialmente cruel. La discreción debía facilitar una solución rápida, pero la condena obligó a cambiar de método. Después llegó la búsqueda de una salida humanitaria que permitiera sortear el enfrentamiento entre los dos Estados. Un diplomático lo resume así: «Hay que devolver a Christophe no a Francia, sino a su madre. Si lo convertimos en una cuestión de política franco-argelina, está perdido».
El libro sostiene que el destino del periodista acabó vinculado al del agente consular detenido en Francia en el caso de Amir DZ. Esta interpretación de las negociaciones plantea una pregunta inquietante: ¿cómo conseguir una liberación sin convertir la independencia judicial en moneda de cambio? Éric Plouvier, abogado de Amir DZ, advierte de que un acuerdo de este tipo sentaría un precedente, «legitimando “intercambios” intercontinentales que no son competencia de los jueces». La compasión por una víctima no elimina los derechos de otra.
En torno a Sansal, el conflicto atraviesa el mundo literario. Su comité de apoyo apuesta por la presión pública, mientras que Gallimard se inclina más por la vía diplomática. Las afinidades partidistas, las enemistades y las sospechas de instrumentalización dividen una movilización que persigue el mismo objetivo. Durante una velada de apoyo, François Busnel intenta delimitar el terreno: «Esta velada es por Boualem, no contra Argelia». La dificultad consiste en defender a un escritor sin apropiarse de su figura para una causa que lo trasciende.
Francia, dividida sobre su propia estrategia
El otro protagonista del libro es Francia, una potencia que vacila entre la confrontación y el entendimiento. Ministros, diplomáticos, magistrados y responsables de inteligencia no jerarquizan las prioridades de la misma manera. La inmigración domina algunos discursos públicos, mientras que la seguridad y la protección de las personas ocupan a quienes negocian. Los autores escriben: «La inmigración se ha convertido en un instrumento de presión entre ambos países, porque es una cuestión políticamente sensible y existencial para cada uno». Los visados y los salvoconductos consulares se convierten en indicadores visibles de un enfrentamiento mucho más amplio.
El caso de Chafik Chengriha, hijo del jefe del Estado Mayor argelino, ilustra esta fractura. Según el libro, Bruno Retailleau quería convertir su expulsión en un ejemplo contra los privilegios de los dirigentes. El Elíseo y el Quai d’Orsay frenaron la operación por considerarla demasiado peligrosa para los ciudadanos franceses retenidos en Argelia.
La confrontación también se reproduce en el ámbito de los servicios de inteligencia. Un antiguo responsable defiende la prioridad estratégica: «La estabilidad de Argelia es la seguridad de Francia». Otros interlocutores señalan las irregularidades de la cooperación operativa. Laurent Nuñez, por su parte, justifica la necesidad de restablecer el contacto con una constatación inquietante: «Cuando llegué a la plaza Beauvau, la situación estaba muy deteriorada; llevábamos meses ciegos, sordos y mudos». Los autores dan cabida a estas limitaciones y después contrastan las promesas con los resultados.
La justicia introduce otra ruptura. La detención del agente consular en el caso de Amir DZ choca con las prácticas discretas habituales de los servicios. Un antiguo responsable francés expresa su preocupación: «En este tipo de asuntos, la actuación judicial se considera un fracaso total». Y añade: «Si cambiamos las reglas, entonces hay que aceptar el conflicto». Frente a esta lógica, un magistrado responde: «No somos diplomáticos. Había indicios graves y concordantes en un caso de secuestro. ¿Qué nos habrían dicho si no hubiéramos actuado?». El recuerdo del caso de Ali Mécili, asesinado en París en 1987, cuyo presunto asesino fue expulsado rápidamente, confiere a este intercambio una profundidad histórica. Los autores confrontan dos maneras de proteger los intereses franceses: preservar los acuerdos entre aparatos estatales o hacer respetar unos límites que la razón de Estado había contribuido durante mucho tiempo a difuminar.
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Marruecos ocupa en esta historia el lugar de un tercer protagonista. El acercamiento entre París y Rabat, así como el cambio de posición francés sobre el Sáhara en 2024, se presentan como un importante factor de ruptura con Argel. La relación personal entre Emmanuel Macron y Abdelmadjid Tebboune resiste mal esta rivalidad regional. El presidente francés expresa su dimensión interna en unas declaraciones reproducidas por los autores: «La cuestión francesa en Argelia es un asunto de política interior, y la cuestión argelina en Francia también es un asunto de política interior. ¡Nunca son relaciones exteriores!».
Negocios en la niebla del sistema
El subtítulo del libro adquiere también un sentido económico. Dividendos bloqueados, fortunas establecidas en Francia, solicitudes de confiscación y proyectos industriales paralizados: los intereses privados atraviesan las crisis, a veces las esquivan y otras contribuyen a agravarlas. La visita a Argel de Rodolphe Saadé, presidente del grupo CMA CGM, uno de los líderes mundiales del transporte y la logística, en plena tensión diplomática, ilustra la persistencia de los canales de negociación económica. Las empresas buscan soluciones allí donde las relaciones oficiales se atascan. Sin embargo, su actividad sigue dependiendo de las decisiones políticas y administrativas.
El economista Jean-Louis Levet, encargado de la cooperación industrial franco-argelina, relata una respuesta asombrosa de Abdelmalek Sellal cuando le preguntó por las trabas administrativas: «Producimos opacidad. El “sistema” la necesita». La frase ofrece una clave interpretativa. La falta de transparencia protege los procesos de decisión, mantiene la dependencia de los intermediarios y vuelve vulnerables las iniciativas. Levet describe así el bloqueo: «En cuanto los proyectos alcanzan una dimensión crítica y hay industriales de ambos países que hablan entre sí —con honestidad, sinceridad y competencia—, pero al margen del sistema, todo se detiene».
A esta opacidad se suma la dependencia de los hidrocarburos. El libro describe una economía supeditada a los ingresos de exportación, que permiten financiar las subvenciones, pero no garantizan la diversificación. Un asesor económico resume el desequilibrio: «El único indicador que cuenta es el precio del barril. ¡Ese es el índice de la felicidad!».
La lucha contra la corrupción aparece con toda su ambigüedad. El libro documenta prácticas en las que también participan empresas francesas y examina, al mismo tiempo, el uso de los procesos judiciales para desmantelar el entorno de Bouteflika. Las fortunas sospechosas requieren investigaciones, mientras que las solicitudes de restitución exigen expedientes precisos y garantías procesales. Las negativas francesas, especialmente en los casos de Bouchouareb y Kadi, no equivalen, por tanto, a una absolución moral de los implicados. También reflejan las exigencias que la cooperación judicial no puede sacrificar por la urgencia diplomática.
Esta crítica al sistema no borra por completo a los actores económicos que intentan sortear sus obstáculos. Levet insiste en ello: «Siempre he conocido y tratado con interlocutores de gran calidad humana y profesional. Es un aspecto fundamental que los franceses deben conocer». El contraste da profundidad al capítulo: las posibilidades de cooperación existen, pero su materialización depende de un orden político capaz de frenarlas.
Las falsas calaveras de los «mártires», entre la reparación y la puesta en escena
La memoria histórica ocupa otro lugar importante en la obra. Dubois y Tabet examinan una promesa: reconocer el pasado permitiría sanear el presente. Analizan sus logros, sus desviaciones y sus límites. El caso de los restos humanos restituidos a Argelia en 2020 revela los riesgos de someter la memoria al calendario político. Los autores siguen el proceso de identificación, las reservas científicas y, después, la urgencia diplomática. Bruno David, antiguo presidente del Museo Nacional de Historia Natural de Francia, declara: «Fue una decisión puramente política y no tuvimos elección. Habíamos advertido al Elíseo de que no todos los cráneos pertenecían a resistentes argelinos. Las autoridades argelinas tampoco podían ignorar que no todos los restos eran tan heroicos. Disponían de la descripción exacta de cada pieza».
Este episodio cuestiona la actuación de Argel: cuando la ceremonia marca el ritmo de la investigación, la identificación queda relegada ante la imagen que se quiere proyectar. París desea cumplir una promesa y Argel quiere homenajear a sus mártires. El documento científico, indispensable, se convierte en un obstáculo para el relato oficial. Los autores ven en ello un desplazamiento de Tebboune hacia una comunicación sobre la memoria subordinada a las necesidades del momento.
Otras páginas, sin embargo, muestran lo que estos gestos oficiales significan para las familias. Las trayectorias de Cédric Villani, descendiente de pieds-noirs, y de Mehdi Boumendjel, nieto de Ali Boumendjel, revelan historias familiares que se entrecruzan. Los reconocimientos tardíos afectan a viudas, hijos y personas que han esperado durante décadas. La familia Boumendjel escribió al presidente francés: «Este reconocimiento por sí solo no bastaría a la vista de los daños psicológicos y materiales y del perjuicio moral que provocó a nuestra madre, a los cuatro huérfanos en que nos convertimos y a las generaciones posteriores, todas ellas gravemente afectadas por esta tragedia».
El libro también recorre la memoria de los repatriados y los harkis, sus archivos, sus sufrimientos y los usos políticos de sus historias. Da voz a la nostalgia sin asumir la idealización colonial. Esta pluralidad impide reducir toda demanda de reconocimiento a una maniobra. El cardenal Jean-Paul Vesco, defensor del diálogo, lo expresa a su manera: «Por supuesto que puede haber instrumentalización por ambas partes. Dejo que los responsables hagan lo que consideren oportuno».
Dos guerras, dos derechos al recuerdo
Al abordar la década negra de Argelia, la investigación lleva más lejos su interrogación. ¿Por qué exigir a Francia que reconozca sus actos de violencia mientras se limita la palabra sobre los cometidos después de la independencia? Los autores enfrentan dos mandatos sobre la memoria: «Los recuerdos que deben perpetuarse “en nombre de la unidad nacional” y aquellos que deben reprimirse en nombre de la reconciliación». Su conclusión es tajante: «El relato nacional es una cuestión de Estado. Impone una memoria selectiva».
El caso de Kamel Daoud y su novela «Houris» ofrece una expresión literaria de esta asimetría. El escritor, condenado en rebeldía en Argelia, reabre las heridas de la guerra civil que la política de reconciliación pretende cerrar. Los procesos judiciales argelinos se presentan como la manifestación de un poder que pretende delimitar, incluso fuera de sus fronteras, lo que se puede decir. El escritor afirma: «Existe la voluntad de dictar desde Argelia lo que puede escribirse en Francia».
Una diáspora disputada, imposible de reducir a sus portavoces
La última parte regresa a Francia y a quienes las autoridades argelinas reivindican como próximos al régimen. La investigación pasa de las redes consulares a las figuras mediáticas, de la Gran Mezquita de París a las organizaciones de la diáspora. Examina las iniciativas de Mehdi Ghezzar y Karim Zéribi, las rivalidades por la representación y los vínculos entre actividad económica, notoriedad y compromiso político. Los implicados responden, reivindican su autonomía o cuestionan las intenciones que se les atribuyen.
El retrato de Chems-Eddine Hafiz concentra esta diplomacia subterránea. Como rector de la Gran Mezquita de París, puede hablar con responsables franceses y con el poder argelino, recibir interlocutores, transmitir mensajes y mantener un vínculo ambiguo en el canal entre Argel y París. Los autores describen también las dependencias que limitan su posición. «El rector no es un religioso, sino un administrador, un gestor, un embajador de los musulmanes en general y de los intereses de la República Argelina en particular», escriben.
En el otro extremo de esta representación organizada, las campañas digitales contra los opositores revelan un discurso amenazante, que en ocasiones acaba ante los tribunales. El libro muestra los riesgos de la intimidación colectiva, pero también la diversidad de perfiles y procedimientos. Sobre todo, Dubois y Tabet subrayan los límites de esta pretensión de control: «El éxito de la estrategia del presidente argelino dista mucho de estar demostrado, porque esta comunidad sigue siendo muy independiente y, precisamente, poco comunitaria: está vinculada a sus orígenes y raíces, pero desconfía de su régimen». Según los autores, el presidente argelino manipula la idea de que puede influir en la diáspora.
La fuerza de «Argel-París. Asuntos tóxicos» reside en estos cambios de escala. Un expediente administrativo conduce a una decisión presidencial; un caso criminal revela una crisis de Estado; una ceremonia abre la puerta a décadas de duelo. Los autores entrevistaron a cerca de un centenar de personas y precisan que las autoridades argelinas no respondieron a sus solicitudes oficiales de entrevista. La acumulación de documentos y testimonios confiere solidez a la investigación.
Al final del recorrido queda, sin embargo, una escena reveladora. En Argelia, un taxista reconoce a los padres de Christophe Gleizes, se detiene y compra pan para su hijo encarcelado. «Es para Christophe». El gesto se resume en tres palabras. Pertenece a esa relación humana que los autores consideran «demasiado importante, demasiado profunda y demasiado humana como para abandonarla a las poses de unos y a las ambiciones políticas de otros». Entre ambas orillas, Argel negocia sus intereses, pero en París la dimensión humana también sigue abriéndose paso.
«Argel-París. Asuntos tóxicos», de Christophe Dubois y Marie-Christine Tabet. 360 páginas. Editorial Stock, 2026. Precio de venta al público: 280 dírhams.
