En «Marruecos, la fuerza de la estabilidad» (Le Cherche Midi, junio de 2026), Sébastien Boussois analiza un poder que se construye menos a partir de la ruptura que de la continuidad. Desde la institución monárquica hasta la lucha contra el terrorismo, pasando por las aspiraciones de los jóvenes y la proyección africana, su ensayo traza el retrato de un país cuya herencia se convierte en una forma de afrontar el futuro.
Un antiguo predicador salafista llega al Ministerio de Justicia para asumir sus funciones como asesor. En una puerta descubre el nombre del juez que lo condenó en 2003. Los dos hombres acabarán trabajando juntos. Esta escena, relatada por Mohamed Abdelouahab Rafiqui, conocido como Abou Hafs, y retomada por Sébastien Boussois, posee la fuerza de un desenlace novelesco. Sin embargo, forma parte de un ensayo geopolítico.
Situada al final de la segunda parte del libro, esta escena concentra una de sus principales intuiciones: una sociedad puede transformar las trayectorias individuales, incluso las más radicales.

Todo el libro gira en torno a esta posibilidad. La palabra «estabilidad», que podría anunciar una defensa de un orden inmóvil, va adquiriendo progresivamente otro significado. Ya no designa aquello que permanece intacto, sino lo que permite atravesar las transformaciones.
Boussois formula su hipótesis desde el prólogo: «Marruecos demuestra que la estabilidad puede convertirse en una forma de poder, que la soberanía puede reforzarse mediante la adaptación y que la seguridad, cuando se concibe como una estrategia global, puede constituir un factor de influencia duradera y no simplemente un reflejo defensivo».
La estructura del libro acompaña este desplazamiento. Una primera parte analiza los fundamentos históricos, políticos, religiosos y económicos de la continuidad marroquí. La segunda los somete a la prueba del terrorismo. La tercera sigue su transformación en influencia internacional, antes de regresar a la cultura y la tradición. De la herencia a la prueba y, después, de la prueba a la proyección internacional: así avanza una obra que amplía progresivamente su mirada, en lugar de seguir una sucesión cronológica.
La duración frente a la inmovilidad
Boussois sitúa inicialmente su análisis en un contexto de desintegración. Las Primaveras Árabes, las crisis del Sahel y el debilitamiento del multilateralismo conforman el escenario desde el que interpreta la trayectoria marroquí. Este contraste vertebra toda su demostración: la estabilidad no es un atributo del que un Estado pueda presumir de forma abstracta, sino que adquiere su valor en un entorno que carece de ella.
El autor contrapone así a los sistemas sacudidos por las crisis una institución que, según su análisis, es capaz de sobrevivir a ellas mediante la reforma.
En el centro de esta lectura se encuentra la monarquía. «El rey no es intercambiable» y, del mismo modo, «la monarquía es permanente». El Trono aparece como el espacio en el que distintas pertenencias pueden reconocerse sin anularse: ciudades y zonas rurales, componentes árabes y amazigh, élites y clases populares. Lejos de presentarla como un poder aislado, Boussois describe la monarquía como un principio de organización en torno al cual los conflictos pueden manifestarse sin convertirse necesariamente en conflictos sobre la existencia del Estado.
Sin embargo, esta permanencia solo adquiere sentido si genera cambios. En las páginas dedicadas al rey Mohammed VI, la Instancia Equidad y Reconciliación, la reforma de la Mudawana y los grandes proyectos de desarrollo forman parte de una misma transformación. La herencia ya no basta para legitimar la acción: también hacen falta resultados. Boussois resume este proceso con una expresión que podría servir como subtítulo del libro: transformar «un Estado heredado en un Estado proyectado».
El pasado se convierte en un punto de partida, no en un destino.
La Constitución de 2011 representa este nuevo enfoque de las reglas institucionales. Constituye una respuesta política a una demanda social, un intento de convertir la presión procedente de la calle en una transformación del marco común. El Rey mantiene su papel de árbitro, mientras que el Gobierno y el Parlamento ven ampliadas sus prerrogativas. La reforma no interrumpe la historia: busca darle continuidad.
La secuencia de 2011 y la experiencia gubernamental del Partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD) sirven como prueba política. El ensayista observa en ellas la capacidad de integrar una fuerza contestataria, confrontarla con el ejercicio del Gobierno y aceptar posteriormente su retroceso electoral sin ruptura institucional. Su preferencia se inclina por el ajuste frente a la ruptura total: absorber en lugar de sufrir, reformar en lugar de romper.
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Este ritmo da claridad al argumento, pero también revela su carácter decididamente favorable a la excepcionalidad marroquí en el mundo árabe.
Una espiritualidad que hace sociedad
La continuidad política tiene, dentro de esta arquitectura, una base religiosa. La función de Emir de los Creyentes se presenta como una autoridad estructurante y no como un elemento meramente ceremonial. Esta función integra la legitimidad espiritual en la institución y limita, según el autor, el espacio que podrían ocupar predicadores que pretendieran contraponer su autoridad a la del Estado.
Boussois se detiene en el rito malikí, la teología ash’arí y la tradición sufí. Este tríptico le permite describir un islam que no se reduce ni a la administración del culto ni a un conjunto de prohibiciones. «Se trata de un islam vivido, integrado socialmente, que acompaña la vida cotidiana en lugar de juzgarla». Las cofradías, las zawiyas, la poesía y la música aparecen como espacios de una espiritualidad integrada en las prácticas.
La fe se presenta aquí tanto como una relación con los demás como con lo divino; conecta generaciones y territorios. El autor precisa su lógica: «No se trata de congelar la religión, sino de evitar que se fragmente en microdoctrinas enfrentadas». La tradición aparece así como una reserva de adaptación. No es aquello de lo que la modernidad debe desprenderse, sino uno de los lenguajes a través de los cuales esta puede ser asumida.
El Instituto Mohammed VI para la Formación de Imames, Morchidines y Morchidates da continuidad internacional a este enfoque. Boussois destaca la acogida de responsables religiosos procedentes de África y Europa, formados bajo un marco de referencia común. La influencia pasa por la enseñanza, los intercambios y las personas que trasladan esta experiencia a otros países. Desde estas páginas, la frontera entre política interna y acción exterior comienza a diluirse.
La promesa debe convertirse en una vida posible
El libro desciende después de las instituciones a la realidad material del territorio. Carreteras, puertos, vías ferroviarias, zonas industriales y redes energéticas constituyen algo más que un inventario de infraestructuras. Dan una forma visible al proyecto nacional. «La economía se convierte así en una infraestructura de seguridad. Genera empleo, pero sobre todo estabilidad política, adhesión territorial y una percepción colectiva del futuro». El desarrollo también importa por los vínculos que establece entre la población, su territorio y su futuro.
Tanger Med aparece en varias ocasiones como símbolo de esta transformación. Representa un Marruecos que ya no se limita a ocupar una posición geográfica, sino que organiza los flujos y capta su valor. En esta misma línea, las páginas dedicadas a Dajla y El Aaiún desplazan la mirada hacia el Sáhara marroquí. Boussois lo presenta no solo como una cuestión de soberanía, sino también como un espacio de proyección atlántica y africana.
Dajla Atlántica, todavía presentado como un proyecto en construcción, encarna esta voluntad de convertir una periferia en un punto de conexión.
Pero el futuro colectivo no se mide únicamente por la potencia de las infraestructuras. El ensayo reconoce el desempleo, las desigualdades territoriales y las dificultades de acceso a los servicios esenciales. Sobre todo, plantea una condición que impide considerar la estabilidad como un logro definitivo: «El sistema marroquí no se basa en la promesa de una igualdad inmediata, sino en la credibilidad de una trayectoria». Todo gira entonces en torno a una palabra: credibilidad.
Una trayectoria debe poder comprobarse en la vida de las personas; no puede permanecer como una perspectiva siempre lejana, un simple discurso.
Las páginas dedicadas a la generación Z dan a esta exigencia un rostro contemporáneo. Boussois interpreta las movilizaciones de 2025 como una demanda de integración en la promesa de desarrollo, más que como un deseo de ruptura.
Esta lectura conduce a una de las advertencias más importantes de la obra: «Una sociedad en la que los jóvenes no ven un futuro se vuelve inestable, por sólida que sean sus instituciones». La escuela, el hospital y el empleo dejan de ser únicamente los beneficios esperados de la estabilidad y pasan a convertirse en las condiciones para reproducirla. La historia puede transmitir confianza. Sin embargo, cada generación debe encontrar nuevas razones para compartirla.
Casablanca, la prueba de las fracturas internas
Con la segunda parte, la demostración abandona el terreno de los fundamentos para adentrarse en el trauma. El relato de los atentados de Casablanca del 16 de mayo de 2003 introduce una violencia que golpea precisamente los símbolos de apertura y convivencia del país. Boussois insiste en el origen social de los autores y en el impacto provocado por su pertenencia a la sociedad marroquí. La amenaza ya no puede concebirse exclusivamente como un fenómeno exterior.
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«La cuestión de la seguridad se mezcla ahora con las cuestiones social, religiosa y urbana». Esta articulación marca el rumbo de toda esta parte.
El autor describe después la construcción de un aparato integrado, en el que inteligencia, investigación, análisis científico y procedimiento judicial deben prolongarse mutuamente en lugar de ignorarse. La Oficina Central de Investigaciones Judiciales (BCIJ) ocupa un lugar central en esta reorganización. La transformación de las amenazas, especialmente su difusión digital y su individualización, obliga a centrar la atención en las trayectorias y las relaciones.
Ya no basta con identificar una organización: hay que comprender cómo una persona entra en ella, a qué discursos está expuesta y en qué redes encuentra un sentido de pertenencia. La estabilidad se convierte aquí en un trabajo permanente de conocimiento.
La seguridad, desde esta perspectiva, no puede confundirse únicamente con las detenciones. La Rabita Mohammedia de los Ulemas interviene en el terreno de las ideas, analizando los mecanismos de persuasión y las manipulaciones de los textos religiosos. El programa Moussalaha articula, por su parte, las dimensiones religiosa, jurídica, psicológica y socioeconómica de la reinserción.
Boussois explica su necesidad con una frase directa: «El diagnóstico es sencillo: detener, encarcelar, dejar que la radicalización avance y después liberar crea un círculo peligroso». Impedir un acto y hacer posible una existencia diferente se convierten así en dos momentos de una misma política.
Lo que las instituciones no cuentan por sí solas
Es en los retratos y recuadros donde este enfoque adquiere su expresión más sensible. En las Estrellas de Sidi Moumen, la cultura abre una vía alternativa para un barrio asociado durante años a los atentados. Talleres, cine, música y mediación cultural crean un espacio en el que los adolescentes pueden recibir acompañamiento desde una perspectiva distinta a la del riesgo. El libro resume este enfoque en dos palabras: «prevenir reconstruyendo».
Reconstruir ya no significa únicamente levantar viviendas o equipamientos, sino también recuperar la confianza y la capacidad de proyectarse hacia el futuro.
La tercera parte amplía esta lógica al escenario internacional. Después de describir un país que aprende a protegerse, Boussois sigue la trayectoria de un Estado cuyas capacidades son buscadas por sus socios. El paso de los atentados de Casablanca a la cooperación con los europeos, especialmente durante la secuencia de 2015, marca este cambio de estatus. La experiencia interna se convierte en un recurso exterior.
La inteligencia, la formación y la cooperación otorgan a la continuidad política un valor que trasciende las fronteras nacionales.
Uno de los ejemplos citados es el de los servicios de inteligencia marroquíes que, tras los atentados del 13 de noviembre de 2015 en Francia, contribuyeron, según el relato de Boussois, a poner a los investigadores tras la pista de Abdelhamid Abaaoud en Saint-Denis. La figura de Abdellatif Hammouchi acompaña este reconocimiento de las capacidades marroquíes. El autor insiste sobre todo en un método: conocer a las familias, las amistades, los desplazamientos y las rupturas biográficas.
La información útil no es un dato aislado, sino la comprensión de un entramado humano.
Los numerosos acuerdos de cooperación de Marruecos son una consecuencia de ello: «Esta diversificación constituye una forma de soberanía relacional: Marruecos no está atrapado por un único protector, sino integrado en una red de dependencias cruzadas que le proporciona margen de maniobra». La fórmula trasciende el caso marroquí. Propone entender la autonomía no como aislamiento, sino como una combinación de relaciones suficientemente diversas para evitar el encierro.
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Marruecos puede así participar en organizaciones internacionales, formar parte de sus programas y hacer valer en ellas su experiencia. La autonomía buscada no consiste en retirarse, sino en multiplicar los espacios en los que una voz nacional puede convertirse en una contribución concreta.
Los desarrollos sobre los Acuerdos de Abraham y la presidencia del Comité Al-Quds prolongan esta concepción. Boussois defiende la posibilidad de cooperar con Israel manteniendo al mismo tiempo un compromiso institucional y humanitario con los palestinos. El autor apuesta por preservar los canales de diálogo y por la acción concreta en Jerusalén. Es la lógica de una «diplomacia de equilibrio».
Del país estable a una civilización viva
África aporta profundidad a esta diplomacia. Bancos, fertilizantes, formación, conexiones e infraestructuras dibujan, en la visión de Boussois, una red de presencias duraderas. El regreso a la Unión Africana forma parte de esta dinámica: no limitarse a mantener relaciones con el continente, sino participar en sus instituciones y en sus intercambios. El poder se mide menos por la distancia desde la que se ejerce el mando que por la densidad de los vínculos que se mantienen.
La diáspora completa esta geografía de los vínculos. Boussois no la reduce a las transferencias financieras, sino que también la considera un canal de circulación de conocimientos, relaciones y representaciones. El país se prolonga así en quienes viven en otros lugares sin dejar de pertenecer a él.
El ámbito digital prolonga esta ambición más allá de las infraestructuras físicas. Después de los puertos y las redes financieras, Boussois contempla los datos, la nube y la inteligencia artificial como nuevos espacios de soberanía. Escribe: «Marruecos ya no quiere ser únicamente un lugar de ejecución. Aspira a convertirse en un espacio de diseño, integración y difusión tecnológica». La ambición se formula como un paso de la tarea recibida al proyecto concebido, de la integración en un sistema a la capacidad de tomar la iniciativa.
Sin embargo, la obra no termina ni con los bancos ni con las infraestructuras. Regresa a las medinas, las cofradías, los lugares de memoria judía, las bibliotecas y las prácticas transmitidas. Este regreso da a su construcción una forma circular: después de recorrer los instrumentos del poder, vuelve a aquello que convierte a un país en algo más que un aparato. «La modernidad no ha borrado la memoria. La ha integrado». En estas páginas, el patrimonio no es un decorado.
Sigue siendo un conjunto de espacios en los que una sociedad se reconoce.
La conclusión rechaza, además, la idea de una receta universal: «No es un modelo exportable listo para usar, sino una demostración». Una secuencia resume su intención: «Mantener un Estado, mantener una sociedad, mantener una trayectoria, mantener un proyecto nacional». El verbo «mantener» podría encerrar el libro en la mera conservación. Sin embargo, todo su recorrido invita a interpretarlo de otra manera: mantenerse lo suficientemente firme para poder cambiar, transmitir con suficiente libertad para no condenar al futuro a repetir el pasado.
Ahí reside el alcance de este ensayo: en la idea de que la duración puede ser, no lo contrario del movimiento, sino su condición.
Sobre el autor
Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Cergy-Pontoise desde 2007, Sébastien Boussois dedicó sus primeros trabajos a la relación de la sociedad israelí con su historia. Investigador y consultor en geopolítica, actualmente dirige el Instituto Geopolítico Europeo, con sede en Bruselas. Su trayectoria combina la enseñanza de las relaciones internacionales, la investigación sobre Oriente Medio y las relaciones euroárabes, así como trabajos sobre terrorismo y radicalización.
Entre sus obras figuran «Daech, la suite» (2019) y «La Guerre sainte de Poutine» (2023), coescrita con Noé Morin. Su interés por Marruecos se remonta a una relación prolongada con el país, donde vivió, y a varias obras: «À la conquête du Sahara marocain» (2017) y «Portraits marocains: vingt ans de règne de Mohammed VI» (2019), que recoge los testimonios de marroquíes sobre las transformaciones de su sociedad.
«Maroc, la force de la stabilité», Sébastien Boussois, 192 páginas. Le Cherche Midi, 2026. Precio de venta: 260 DH.
