«Este no es un libro sobre el diario Le Monde, sino el relato de mi experiencia en este periódico», advierte Tahar Ben Jelloun en la apertura de su relato autobiográfico «Pigiste au Monde» (Gallimard, enero de 2026). A través de sus recuerdos, tras firmar entre 1973 y 2011 casi cuarenta años de colaboración intermitente con el prestigioso diario, Ben Jelloun nos arrastra, con deleite, entre la admiración y el desencanto, a los entresijos del periódico; pero, sobre todo, a su memoria de joven magrebí que llega a Francia en busca de un futuro.
El autor, con tono lúdico, admite sin reparos que su memoria puede «a veces inducirle a error y embellecer la realidad, o ensombrecerla», pero es precisamente esa subjetividad la que da fuerza al relato y dota a Le Monde de un carácter novelesco. El resultado no es ni un ensayo ni una historia exhaustiva del diario, sino una inmersión sensible en la memoria de una pluma que vivió, desde dentro y desde fuera, el itinerario de un colaborador comprometido.
La sede de Le Monde, en aquella época, imponía: un laberinto de pasillos ahumados, frecuentado por las leyendas vivas del gran diario vespertino. En 1973, la redacción estaba dirigida por Jacques Fauvet, una figura emblemática a quien Ben Jelloun conoció con aprensión. Sus primeros pasos en esta institución se describen con una mezcla de nerviosismo y fascinación. La solemnidad amortiguada de la sala de redacción, el desfile de los tipógrafos en la planta superior, el murmullo estudioso de los periodistas inclinados sobre sus teclados... todo intimida al recién llegado. Es un universo en sí mismo, con su propia jerga, sus jerarquías invisibles y su prestigio abrumador. Ben Jelloun recrea la atmósfera particular del periódico vista por un recién llegado que cruza sus puertas.

Recuerda las miradas de asombro ante aquel extranjero que venía a ofrecer su pluma, y la acogida, a un tiempo cortés y distante, que se le dispensaba. Él, que soñaba con escribir en este prestigioso diario, comprendió pronto que tendría que demostrar su valía pacientemente, artículo tras artículo. «Pigiste au Monde» es, ante todo, el relato de una iniciación. El recién llegado retrata con todo lujo de detalles este descubrimiento: la vieja cafetería de mesas de formica donde yacen ejemplares arrugados del periódico, el repicar del teléfono rojo de la sección de Internacional, o el rostro grave de aquel redactor jefe con el que se cruzaba en el ascensor al romper el alba. Si bien afirma «reconstruir en este relato una época», es sobre todo la de un Le Monde todavía artesanal y auténtico, acomodado en sus hábitos, que se ve suavemente perturbado por una pluma venida de fuera.
Los «almuerzos del lunes»: un ritual en el corazón de la redacción
Pronto, el joven colaborador se integra en la vida cotidiana del diario. Entre las tradiciones destacan los famosos «almuerzos del lunes», una cita semanal donde convive una galería de personajes pintorescos de la redacción. Cada lunes a mediodía se repite el mismo ritual distendido: en torno a una mesa del café vecino o en el comedor del periódico, reporteros, críticos y secretarios de redacción se reúnen para compartir mucho más que una comida. Tahar Ben Jelloun retrata estos momentos de convivencia con un humor tierno, perfilando el perfil de sus colegas y cómplices de entonces.
Parece que asistimos a una escena de novela: el voluble cronista político rehace la actualidad con grandes gestos, el viejo corrector, con su humor socarrón, cuenta anécdotas sabrosas, mientras el jefe de la sección de Internacional —un tanto profesoral— discute con vehemencia la elección de las palabras con el benjamín del equipo. Así, hace desfilar a toda una galería de personajes, cada uno con sus manías y su aire elocuente, ofreciendo una visión humana del gran diario que a menudo era percibido como austero.
Ben Jelloun traza sus retratos con afecto. Estas figuras son, para él, verdaderos mentores, cada uno a su manera. El autor hace palpable la complicidad que nace en esos instantes suspendidos. Allí se bromea, se debate, se arregla el mundo —y sobre todo, se arregla Le Monde—. Para el colaborador venido de fuera, estos lunes al mediodía representan la oportunidad de compartir una intimidad.
Resulta conmovedor ver cómo Ben Jelloun vincula estos almuerzos con su propia historia literaria. Sus colegas de Le Monde, con sus personalidades novelescas, pueblan su imaginario del mismo modo que sus personajes de ficción. Así, bajo su pluma, los almuerzos adquieren un sabor particular y se convierten en el teatro de una «comedia humana» periodística.
Fervor y grandes logros: los buenos recuerdos
Entre estos recuerdos, abundan los momentos de felicidad profesional y orgullo que comparte con el lector. Desde sus tímidos «primeros pasos como colaborador» hasta las fructíferas colaboraciones de los años siguientes, evoca esos instantes de gracia en los que, como periodista, se sintió plenamente en su lugar. Lo vemos así realizar sus primeros reportajes en el mundo árabe para Le Monde, un ámbito que conoce íntimamente y donde su doble cultura hace maravillas. Como enviado especial o corresponsal ocasional, Ben Jelloun recorre el Magreb y Oriente Medio, pluma en mano. Rememora la adrenalina del terreno y la pasión que le animaba al explicar a los lectores franceses las realidades de la otra orilla del Mediterráneo.
Uno de sus mejores recuerdos es, sin duda, su gran reportaje en Egipto a mediados de los años 70, un artículo que marcaría un hito. El autor relata cómo, tras partir hacia El Cairo para el diario, se encontró siendo testigo de acontecimientos trascendentales (pensemos en las secuelas de la guerra del Yom Kipur de 1973 o la ofensiva diplomática de Sadat). Su artículo, exhaustivo y comprometido, tuvo una gran repercusión. Ver sus análisis debatidos más allá de las fronteras fue para él una alegría y la prueba de que su voz tenía peso. A través de este éxito resurge toda una época: aquella en la que la prensa escrita tenía el poder de encender los debates de café en el lejano Magreb. El colaborador de Le Monde saborea el haber contribuido, modestamente, a ese intercambio entre culturas y pueblos.
Ben Jelloun no es solo reportero: escribe para Le Monde des Livres, hace crónicas de novedades editoriales y da la cara por otros autores. Recuerda el entusiasmo que le embargó al redactar su primer artículo para el suplemento literario: por fin podía unir sus dos amores, el periodismo y la literatura. Evoca, por ejemplo, la vez que pudo defender a un joven novelista marroquí desconocido en las columnas del diario, o cuando entrevistó a un gran poeta árabe para Le Monde Diplomatique; momentos preciosos en los que sentía que transmitía voces apenas escuchadas al público francés.
Entre estos encuentros memorables, el autor recuerda con seguridad el de grandes intelectuales que Le Monde le brindó la oportunidad de conocer. Podemos imaginar su emoción al encontrarse con Claude Lévi-Strauss durante un coloquio que cubrió para las páginas de Cultura. Aunque se muestra púdico al citar nombres, se adivina entre líneas el orgullo de haber estado allí, en primera fila de la Historia y de las ideas.
Lo que Ben Jelloun también destaca son las amistades forjadas en este camino. Ser colaborador externo no impidió crear vínculos fuertes. Evoca a sus colegas convertidos en compañeros de ruta: periodistas, sí, pero también aliados. Recuerda esas noches tardías terminando un artículo en el frenesí del cierre de edición, seguidas de una cerveza compartida en la barra de un bar para celebrar el trabajo bien hecho. Ben Jelloun atesora todos esos momentos: componen los «secretos felices» de la vida de redacción, los entresijos alegres tras la seriedad de las páginas impresas.
Contratiempos y golpes bajos: la otra cara de la moneda
Pero la historia de Tahar Ben Jelloun en Le Monde no está hecha solo de éxitos y almuerzos cálidos. Fiel a la verdad de su experiencia, no omite las decepciones, las frustraciones y los aspectos más sombríos de aquellos años.«Este relato también está hecho de golpes duros», advierte en esencia.
El primero de ellos, y sin duda el más persistente, es inherente a su propia condición de colaborador: la precariedad y el reconocimiento incompleto. Ben Jelloun contribuirá regularmente al diario sin llegar a formar parte de su plantilla permanente. Relata con amargura una de esas entrevistas con la dirección en la que esperaba ser contratado. Recibido por el director Jacques Fauvet tras un reportaje especialmente exitoso, se permitió soñar: «Pensaba que me iba a proponer un pequeño sueldo fijo que hiciera mis finales de mes algo más llevaderos», confiesa el autor, dejando entrever su esperanza ingenua. Pero la respuesta de la dirección llega, implacable aunque educada: se le felicita calurosamente... mientras se le mantiene en el rango de simple colaborador externo. «Me dijo que me pagaría bien esos artículos», relata Ben Jelloun con la voz teñida de decepción.
En varias ocasiones, se percibe que Tahar Ben Jelloun sufrió por no ser plenamente reconocido en Le Monde. Siempre a caballo entre el dentro y el fuera, persigue un puesto estable que nunca llegará. Esta inseguridad material (los artículos mal pagados, la falta de estatus) y simbólica termina por mellar su entusiasmo.
El autor tampoco oculta las fricciones y desacuerdos editoriales que marcaron su trayectoria. Evoca con franqueza esos momentos en los que su independencia de criterio chocó con la línea del periódico. Por ejemplo, al tratar temas sensibles sobre Marruecos o el islam, percibe a veces una cautela temerosa por parte de algunos redactores jefe. Menciona artículos retocados sin consultarle o titulares modificados que traicionan su pensamiento; pequeñas humillaciones que se van acumulando.
Los «dudas» y tensiones abundan en su relato. Ben Jelloun cuenta cómo, tras un audaz reportaje sobre la situación en Argelia, recibió no solo felicitaciones, sino también reproches. Desde el Magreb le llega una reacción violenta: «Recibí una carta de 8 páginas [...] donde no había más que insultos», escribe sobre el correo furioso de un lector argelino ofendido. «Los Hermanos Musulmanes no descansan», añade con ironía amarga, ante una vindicta que parece orquestada por fanáticos radicales La virulencia de estos ataques personales le afecta profundamente. Es el precio de la franqueza, reflexiona: informar y tomar partido también conlleva su dosis de críticas injustas. El colaborador aguanta el golpe, pero no sin dolor.
En cuanto a la remuneración, escribe: «Recibí el pago por lo de La Meca: ¡qué impacto! ¡Qué amargura! [...] Después de eso, ya no tengo tantas ganas de escribir», admite en un inusual momento de desánimo. Se percibe, a lo largo del libro, una forma de hartazgo que se instala con el tiempo. El joven entusiasta de los inicios conoció las desilusiones: promesas incumplidas, conflictos internos y, finalmente, el peso de los años sin progresar.
El lector calibra así las dificultades estructurales del oficio periodístico. Pero Ben Jelloun, en lugar de detenerse en el lamento, reflexiona con serenidad. Asume este camino sembrado de obstáculos como parte de su historia, con sus luces y sus sombras.
Al cerrar el libro, el lector tiene la sensación de haber compartido un fragmento de vida privilegiado. «Pigiste au Monde» se lee como quien escucha a un amigo cuentacuentos relatar una parte de su existencia. Al hacerlo, Tahar Ben Jelloun se confiesa como nunca antes, ofreciéndonos no solo el relato de una experiencia personal, sino también un homenaje a un oficio apasionante. Un texto que vibra con la verdad, modesto y precioso.
«Pigiste au Monde», Tahar Ben Jelloun, 128 páginas. Editorial Gallimard, colección «Blanche», 2026. Disponible en preventa en librerías».
