Por primera vez en la historia del torneo, todos los encuentros se detienen cerca del minuto 22 de cada tiempo para un receso de tres minutos, independientemente de los niveles de calor o humedad. Esta decisión divide, de facto, los partidos en cuatro fragmentos diferenciados y rompe con la histórica tradición de los dos tiempos de 45 minutos.
En el plano médico, la FIFA argumenta que la medida previene los riesgos por deshidratación y golpes de calor en un torneo coorganizado por Estados Unidos, Canadá y México. Tras las sofocantes temperaturas registradas en el Mundial de Clubes de 2025, el organismo internacional sostiene que la salud de los futbolistas debe ser la prioridad absoluta.
Sin embargo, esta justificación no convence a todo el mundo. El capitán de los Países Bajos, Virgil van Dijk, ha sido una de las voces más críticas. Tras el empate entre su selección y Japón en Dallas, disputado en un estadio climatizado, el defensa del Liverpool no ocultó su escepticismo.
«Me parecen unas pausas de hidratación un tanto particulares. He visto casi todos los partidos y, cada vez que se para, se van a publicidad. No es algo que me agrade», declaró, añadiendo que la medida «tampoco es ideal para el espectador neutral». Para el central, la pertinencia de estas interrupciones debería evaluarse caso por caso, dependiendo de las condiciones reales del clima.
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El seleccionador de Estados Unidos, Mauricio Pochettino, comparte parte de estas reservas. El técnico argentino explicó que entiende los parones bajo condiciones climáticas extremas, pero que pierden todo su sentido cuando las temperaturas son razonables.
Jürgen Klopp, exentrenador del Liverpool, fue incluso más tajante al denunciar lo que considera un «espectáculo publicitario», afirmando que el fútbol está siendo «secuestrado» de forma progresiva por los intereses comerciales. Según él, los descansos se vendieron como una herramienta de protección para el futbolista, pero a quienes benefician realmente es a los anunciantes y a las cadenas de televisión.
El corazón de la polémica es, precisamente, el negocio publicitario. Estas interrupciones ofrecen a las televisiones unas ventanas comerciales inéditas en un deporte que históricamente se ha basado en la continuidad del juego. Mientras algunas cadenas estadounidenses emiten bloques completos de anuncios durante esos tres minutos, otras, como Telemundo, han optado por mantener la emisión en directo desde el estadio para salvaguardar la experiencia del espectador.
Los sectores más críticos denuncian una «americanización» del fútbol, con partidos que se asemejan cada vez más a las disciplinas norteamericanas, estructuradas en torno a tiempos muertos y cortes comerciales. De hecho, muchos aficionados ya comparan estos parones con los cuartos de la NBA o la NFL.
En la otra cara de la moneda, algunos estrategas ven una oportunidad en estas pausas. Técnicos como Didier Deschamps o Rudi Garcia han destacado su utilidad táctica, ya que les permiten reorganizar al equipo, corregir desajustes o dar instrucciones directas sin necesidad de esperar al descanso.
El debate ya trasciende los márgenes del Mundial 2026 y plantea una pregunta estructural sobre el futuro de este deporte: ¿hasta qué punto se pueden aceptar las innovaciones destinadas a proteger a los jugadores o a rentabilizar el producto televisivo sin adulterar la esencia misma del juego?
Puede que la respuesta no llegue en esta Copa del Mundo, pero una cosa es innegable: las pausas de hidratación son ya mucho más que un asunto de salud. Representan la tensión permanente entre la tradición deportiva, las exigencias económicas y la evolución del fútbol contemporáneo.
