Hay momentos en los que una selección nacional no atraviesa ni una tormenta ni una calma. Simplemente queda suspendida. Hoy, Marruecos se encuentra precisamente en ese punto intermedio: ni ruptura asumida ni continuidad reafirmada. Una espera.
Oficialmente, Walid Regragui no ha dejado su cargo. Ninguna carta ha llegado a la Federación Real Marroquí de Fútbol. Los rumores procedentes de Francia han sido desmentidos. Sin embargo, otros murmullos persisten: la fecha de caducidad del entrenador. Y, sobre todo, guarda silencio. En el fútbol de alto nivel, el silencio nunca es neutro; siempre significa algo.
El verdadero asunto no es institucional. Es más íntimo. Un seleccionador casi nunca se aparta por razones administrativas: se aleja cuando siente que el impulso interior ya no es el mismo.
Desde el Copa Mundial de la FIFA 2022, Regragui no dirige únicamente a un equipo, administra un legado. Cada alineación remite a Doha. Cada decisión se mide frente a la hazaña. Y una gesta histórica puede convertirse, para quien la protagonizó, en una prisión mental. La Copa Africana de Naciones 2025 no dejó necesariamente secuelas deportivas; dejó huellas psicológicas.
La pregunta, por tanto, no es: ¿la Federación aún confía en él? La única cuestión válida es otra: ¿quiere él seguir aceptando el desafío?
Conviene recordar que en 2022 sustituyó a Vahid Halilhodžić a tres meses del Mundial. Pero creer que un milagro puede reproducirse mecánicamente pertenece más al romanticismo que a la planificación deportiva. Marruecos ya no es una sorpresa: ahora es una selección esperada. Cambiar hoy significaría reiniciar un ciclo que, precisamente, exige estabilidad.
De ahí la ecuación delicada: ¿quién podría hacerse realmente cargo de este equipo?
Algunos nombres alimentan el imaginario. Técnicos de prestigio como Xavi Hernández o Xabi Alonso, respaldados por trayectorias destacadas en clubes, dibujan sobre el papel un proyecto atractivo. Pero una selección no es un vestuario cotidiano; es la gestión de un grupo en plazos cortos, bajo máxima presión y con escaso margen pedagógico. El riesgo sería considerable: confundir imagen con proyecto.
Otros perfiles con mayor experiencia en competiciones internacionales, como Gareth Southgate o Laurent Blanc, aportarían mayores garantías estructurales, aunque quizá a costa de un estilo demasiado prudente, desalineado con la naturaleza técnica de los internacionales marroquíes.
Queda entonces la opción interna (Tarik Sektioui, Mohamed Ouahbi): asegurar una transición sin ruptura doctrinal. Una continuidad de ideas, de métodos y de cultura federativa. Esta alternativa tendría una ventaja esencial: preservar el equilibrio de un grupo que, según diversos indicios, sigue vinculado a su entrenador. Y una selección nunca se reconstruye contra su vestuario.
Paradójicamente, el sustituto más creíble de Walid Regragui… sigue siendo el propio Regragui. Pero con una condición: transformarse. Renovar ciertos referentes históricos, priorizar el estado de forma por encima del estatus, aceptar una competencia real, ajustar la comunicación, integrar progresivamente a la nueva generación y, sobre todo, pasar definitivamente la página de Qatar.
Walid Regragui. AFP
Si lo consigue, la continuidad se convertirá en una fortaleza. En caso contrario, el cambio se impondrá de manera natural.
A pocos meses del Mundial, la selección marroquí quizá no necesite un nuevo seleccionador. Necesita un nuevo comienzo. Y a veces, para un entrenador, la prueba más exigente no es alcanzar el cargo… sino reinventarse en el que ya ocupa.




