Durante años, la transición energética se ha planteado principalmente como una cuestión de capacidad instalada. Más solar, más eólica, más inversión. Este enfoque ha permitido avances significativos, especialmente en Marruecos, a menudo citado como un referente regional.
Sin embargo, el contexto ha cambiado. Hoy, producir energía verde ya no es suficiente. Los mercados, los inversores y los reguladores exigen pruebas concretas y medibles. Quieren entender, a escala nacional pero sobre todo territorial, cómo se consume la energía, cómo se transforma y cómo se integra en la toma de decisiones económicas.
Este cambio de paradigma no es teórico. Ya está presente en las relaciones comerciales, en las normas internacionales y en las decisiones de inversión. Es precisamente lo que pone de relieve el profesor El M’kaddem Kheddioui, docente e investigador de la Universidad Hassan II de Casablanca, a través de un concepto que ha formulado recientemente, la Inteligencia Energética, y que ya ha sido objeto de una publicación en el Journal International de Technologie, de l’Innovation, de la Physique, de l’Énergie et de l’Environnement. A su juicio, ya no se trata solo de hablar de energía, sino de gobernanza y de capacidad real de decisión en un mundo cada vez más condicionado por el carbono.
La energía como variable clave de la decisión
Para el investigador, uno de los principales malentendidos reside en que la energía sigue abordándose como una cuestión técnica o sectorial, cuando en realidad atraviesa toda la economía.
«La energía atraviesa el conjunto de las cadenas de valor. Condiciona la competitividad, la resiliencia, la soberanía y el atractivo de la inversión», subraya El M’kaddem Kheddioui, al recordar que esta dependencia afecta tanto a la industria como al transporte, la agricultura, lo digital, la desalación o incluso el hidrógeno.
En este contexto, tratar la energía únicamente desde una óptica técnica conduce a una lectura incompleta de los retos económicos. Para El m’kaddem Kheddioui, mientras la energía permanezca confinada a ese ámbito, la decisión económica no puede estar plenamente fundamentada. Bajo la presión del carbono y la reconfiguración de las cadenas de valor globales, la energía se convierte en un factor estructural de la competitividad, al mismo nivel que el capital, la tecnología o el acceso a la financiación.
De la transición al pilotaje
La Inteligencia Energética no cuestiona la transición energética emprendida por Marruecos. Lo que hace es poner de manifiesto sus límites cuando no va acompañada de un sistema de gestión riguroso basado en la medición.
Seguir aumentando la producción de energías renovables es indispensable, pero ya no basta para responder a las nuevas expectativas de los mercados. Según el investigador, los socios comerciales, los inversores y los reguladores reclaman ahora pruebas tangibles, indicadores auditables y sistemas creíbles de medición, seguimiento y verificación.
El centro de gravedad de la decisión estratégica se ha desplazado. Ya no se trata únicamente de transformar el mix energético, sino de gestionar de forma continua y documentada los flujos de energía y, por extensión, las emisiones de carbono, de manera que las decisiones técnicas estén claramente conectadas con las decisiones económicas. En este enfoque, la energía deja de ser un simple objetivo de política pública para convertirse en un auténtico instrumento de gobernanza, en el núcleo de los arbitrajes industriales y de inversión.
Marruecos ante un desfase estructural
Este enfoque cobra una relevancia particular cuando se aplica a economías abiertas, muy expuestas a los mercados exteriores y a las nuevas normas climáticas. El caso marroquí resulta, en este sentido, especialmente ilustrativo.
Aplicado a Marruecos, este marco de análisis pone de relieve un desfase que no tiene que ver con la ambición, sino con el método. El país cuenta con una visión clara y con proyectos estructurantes ampliamente reconocidos a escala internacional. En este punto, el investigador no cuestiona nada. «El principal desfase no reside en la ambición estratégica. En ese terreno, Marruecos ha demostrado una voluntad clara, estructurada y constante», subraya El M’kaddem Kheddioui.
El problema surge en la capacidad de gestionar el sistema energético de forma transversal. Los datos existen, las auditorías se realizan o están en proceso de generalización y las iniciativas sectoriales se multiplican. Sin embargo, en ausencia de un marco integrado de consolidación e interoperabilidad, estos datos permanecen fragmentados y tienen dificultades para generar una señal estratégica realmente operativa.
En un país todavía muy dependiente de las importaciones energéticas y expuesto a los combustibles fósiles, esta fragmentación complica el control de los costes y debilita la trayectoria de descarbonización, justo cuando las exigencias internacionales se intensifican.
CBAM y una nueva lógica de competitividad
Es en este contexto donde evolucionan las reglas del comercio internacional. El mecanismo de ajuste en frontera por carbono ilustra con claridad este cambio. El acceso al mercado europeo ya no depende únicamente del precio o de la calidad del producto, sino de la capacidad de demostrar de forma rigurosa su contenido en carbono.
En este nuevo escenario, el rendimiento ya no se proclama, se demuestra. La competitividad pasa a estar estrechamente ligada a la capacidad de aportar una prueba energética y de carbono creíble. Para el investigador, la Inteligencia Energética permite precisamente transformar esta exigencia regulatoria en una palanca estratégica.
Una empresa o un territorio capaz de medir con precisión sus flujos energéticos puede anticiparse a la normativa, optimizar sus procesos y reducir su exposición al riesgo, en lugar de verse sometido a un cálculo impuesto desde el exterior. La restricción del carbono se integra así en la propia lógica industrial y económica.
La inteligencia artificial como apoyo, no como árbitro
En este marco, la inteligencia artificial desempeña un papel relevante, pero claramente acotado. No está pensada para sustituir la toma de decisiones humanas, especialmente cuando los datos o el contexto pueden tener un carácter sensible.
La IA actúa como un amplificador analítico, capaz de procesar grandes volúmenes de datos, detectar incoherencias y simular escenarios bajo restricciones explícitas. Su valor depende, no obstante, por completo de la calidad de los datos en los que se apoya.
Sin datos fiables, medidos y auditables, la IA corre el riesgo de amplificar sesgos o automatizar errores. Integrada en un marco riguroso de medición y verificación, se convierte en cambio en una potente herramienta de apoyo a la decisión.
El proyecto que condiciona todo lo demás
Para El m’kaddem Kheddioui, la prioridad está claramente definida. El proyecto fundacional consiste en estructurar una base armonizada de datos energéticos y de carbono.
Antes de multiplicar los proyectos, es necesario organizar la prueba. Armonizar los indicadores, garantizar su trazabilidad y hacer que los datos sean comparables y verificables constituye un reto técnico, institucional y cultural. Sin este soporte, las inversiones avanzan, pero la gobernanza sigue siendo frágil.
La Inteligencia Energética, tal como se define en este nuevo marco de gestión, se basa en principios que integran los efectos de las interacciones sectoriales y sistémicas. Se articula a través de dos modos complementarios, uno autónomo, centrado en la gestión del ámbito energético, y otro contributivo, destinado a alimentar la inteligencia económica mediante indicadores físicos, medibles y verificables, vinculados a la huella energética de productos y servicios.
«La transición energética marca una dirección. Pero sin una gestión basada en la medición, la trazabilidad y la prueba, sigue siendo frágil. La Inteligencia Energética permite precisamente conectar la ambición con las decisiones y convertir la energía en un verdadero instrumento de gobernanza económica», concluye el investigador.
Para Marruecos, el reto va más allá de la simple producción de energía verde. Se trata de gestionar, arbitrar y demostrar, para transformar una ambición energética en una ventaja económica duradera, a la vez competitiva y cooperativa, sin poner en riesgo su patrimonio informativo diferencial. Esta dimensión cooperativa resulta aún más necesaria en un momento en que las transiciones actuales son de alcance global y, si no se gestionan adecuadamente, pueden generar riesgos significativos para la humanidad, su bienestar y sus condiciones de vida.
