Desde hace varios años, el régimen de Argel ha instalado su diplomacia en una dramaturgia de la firmeza. El «nif», orgullo nacional erigido en principio de acción, servía de columna vertebral a una política exterior gustosamente abrasiva. Llamadas a consultas de embajadores, cierres del espacio aéreo, congelaciones de cooperaciones, denuncias públicas: todo todo el abanico de medidas de presión diplomática se movilizaba para significar que Argel ya no cedía. Sin embargo, a medida que las crisis se encadenan, aparece otro relato. El de un repliegue progresivo, a veces silencioso, costoso. Muy costoso. Ayer frente a España, hoy frente a Francia y Níger, y ahora en sus intentos de acercamiento a Mali, el poder argelino parece pasar de la postura marcial a una diplomacia transaccional. Estas inflexiones, sumadas unas a otras, dibujan un giro más profundo que un simple ajuste táctico.
La secuencia francesa es la más reveladora. Cuando París decidió oficializar su apoyo a la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, la reacción de Argel fue inmediata y frontal. El reconocimiento francés, asumido e irreversible, fue percibido como una línea roja cruzada. El recuerdo del encuentro al margen del G7 en Bari, el jueves 14 de junio de 2024 (¡ya!), donde esa orientación habría sido anunciada a Abdelmadjid Tebboune, cristalizó el sentimiento de humillación estratégica. Rector de la Gran Mezquita de París y embajador oficioso de Argelia en Francia, Chems-Eddine Hafiz lo confirmaba en el ya célebre documental «Complément d’enquête» de France 2, emitido el 22 de enero. El punto de inflexión, el momento preciso de la ruptura, fue efectivamente la cuestión del Sáhara. «El presidente Tebboune me dijo que cuando llegó a Bari, Emmanuel Macron fue a verlo a su residencia, donde pasaron un rato conversando. Fue allí donde Macron le dijo lo que pensaba hacer con el rey de Marruecos», relata. Emmanuel Macron informa a Abdelmadjid Tebboune de la intención francesa de reconocer la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara. La respuesta de Tebboune es inmediata. «Si lo haces, se habrá terminado entre nosotros», refiere Chems-Eddine Hafiz. Hecha la declaración, el embajador de Argelia fue llamado a consultas a Argel.
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La escalada, sin salida, como método
La crisis que siguió fue de una intensidad poco común: retirada del embajador, congelación de la cooperación en materia de seguridad, retórica incendiaria, instrumentalización de la memoria y de la diáspora, negativa a aceptar las OQTF. Incluso la cooperación antiterrorista quedó apartada a un segundo plano. Argel reivindicaba una firmeza absoluta en las cuestiones que afectaban a sus relaciones con Francia, rechazando cualquier concesión.
Algo más de 18 meses después, de un día para otro y sin previo aviso, el tono cambia. Los responsables franceses vuelven a ser recibidos. Los expedientes conflictivos (seguridad, migrantes, repatriaciones) se abordan frontalmente. Se mencionan compromisos. El asunto del Sáhara, que había provocado la crisis diplomática más grave de la historia entre ambos países, desaparece como por arte de magia. El punto de discordia más estructurante, el que hizo bascular la relación, es cuidadosamente eludido.
¿Qué ha ganado Argelia en el proceso? Absolutamente nada. Ese silencio es en sí mismo una información: la correlación de fuerzas no produjo los efectos esperados. París no modificó su posición sobre el Sáhara y terminó imponiendo su agenda, especialmente en materia de seguridad, a Argel. Laurent Nuñez, ministro francés del Interior, regresó ampliamente victorioso de su desplazamiento a Argel los pasados 16 y 17 de febrero.
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Escueto, su punto de prensa al término del encuentro que mantuvo con Abdelmadjid Tebboune dice mucho sobre el retroceso operado por el régimen de Argel. «Agradezco al presidente Tebboune, que me recibió y que evidentemente pidió a sus servicios trabajar con los servicios franceses para mejorar significativamente nuestras cooperaciones, en materia policial, en materia judicial y también en materia de readmisión. Y todo esto se pondrá ahora en marcha en los plazos más breves», declaró el ministro desde el palacio de El Mouradia. Todo un símbolo.
Ya sea en el terreno del terrorismo, con el que Argel juega como carta de presión, o en el de la readmisión de sus nacionales considerados indeseables en Francia, Argelia ha cedido las armas. Las amenazas de antes más bien han revelado los márgenes de maniobra limitados de Argel. ¿El Sáhara? ¿Qué Sáhara?
El precedente español ilustra esta dinámica. Cuando España respaldó el plan de autonomía marroquí, Argel retiró a su embajador, congeló el tratado de amistad y anunció sanciones económicas. El tono era el de una venganza soberana. Pero, una vez más, la normalización regresó. Los intercambios comerciales se reanudaron y los canales diplomáticos fueron restablecidos. La ruptura anunciada terminó en normalización.
El esquema es desesperadamente el mismo: subida a los grandes caballos, vociferaciones, demostraciones de firmeza, anuncios de represalias y luego regreso, tras una retirada poco airosa, al diálogo tras múltiples concesiones. Cada ciclo deja, sin embargo, huellas: credibilidad erosionada, socios escarmentados, imagen de imprevisibilidad y un «liderazgo» incapaz de gobernar si no es a golpe de arrebatos, además de amargos arrepentimientos.
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Sahel: el gran regreso de la política del talonario
En el Sahel, la evolución es igualmente significativa. Llegado el domingo 15 de febrero, el presidente de Níger, el general Abdourahamane Tiani, abrió la ronda de encuentros bilaterales, once meses después del incidente del dron maliense, abatido por Argelia cerca de la frontera entre ambos países y que había provocado la ruptura de relaciones diplomáticas entre Argel y los países de la Alianza de Estados del Sahel (Mali, Burkina Faso, Níger).
Con Níger, Argel había emprendido un enfrentamiento político con presión mutua tras el cambio de régimen en Niamey en julio de 2023. La postura era doctrinal, casi magistral. Injerencias en la transición política en Níger, amenazas sobre la seguridad fronteriza del país y connivencias con grupos terroristas, expulsiones inhumanas de migrantes hacia Níger… las agresiones argelinas eran numerosas y variadas.
Hoy, el método ha cambiado. El 12 de febrero, ambos países habían oficializado la reanudación de sus relaciones diplomáticas con el regreso de sus embajadores a Argel y Niamey. Tres días después, una delegación argelina era recibida en Burkina Faso para reforzar la cooperación en los sectores minero y energético. Recibido el lunes 16 de febrero por Abdelmadjid Tebboune, Abdourahamane Tiani pronunció un discurso en el que enumeró, uno por uno, los nuevos compromisos de Argel con Niamey. El precio de la paz.
En el corazón de esta reactivación figura una financiación argelina de al menos 50 millones de euros destinada a proyectos socioeconómicos específicos: construcción de un centro de diálisis en el centro del país, renovación y ampliación del liceo profesional de amistad argelino-nigerina en Zinder, creación de un instituto de formación islámica y de una policlínica en Agadez, así como la puesta en marcha de un centro nacional de recursos pedagógicos y técnicos en Niamey.
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A estas iniciativas sociales se suman la participación activa en el desarrollo del bloque petrolero de Kafara junto a las autoridades nigerinas y la continuación de la carretera transahariana destinada a conectar el sur argelino con África Occidental. En el plano político y de seguridad, Argel promete también un refuerzo de la cooperación fronteriza y un retorno a una diplomacia que apuesta ahora por la inversión más que por la correlación de fuerzas. También está la reactivación de la idea del gasoducto transahariano, que jamás pasó del anuncio.
Argel se compromete a financiar todo el tramo que conecta Níger con Nigeria.
Sean sostenibles o no, las autoridades nigerinas detallan públicamente, de manera exhaustiva, los compromisos esperados y las contrapartidas.
La relación simbólica se invierte: ya no es Argel quien fija el marco, sino Niamey quien enumera las condiciones. Este giro marca el abandono de una diplomacia de influencia. Argelia, que se veía a sí misma como pivote del Sahel, descubre que ahora debe convencer con fondos y no con discurso o liderazgo.
Lo que cuenta son los proyectos concretos y financiados de inmediato. El gasoducto transahariano, esgrimido regularmente como horizonte estratégico, parece más un efecto de anuncio que un proyecto inminente. Pero esa es otra historia.
Con Mali, la crisis es más profunda. Tiene su origen en la gestión de los grupos armados del norte maliense y en la aplicación de los acuerdos de Argel. Bamako reprochó a Argel una actitud considerada ambigua, al estimar que la mediación argelina favorecía a ciertos actores a costa de la soberanía maliense. La paradoja es pesada. Un Estado que rechaza cualquier concesión sobre sus propios equilibrios internos aparece más flexible cuando se trata de un vecino.
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Las tensiones adquirieron una dimensión estratégica. Mali se ha alejado de la órbita argelina, diversificando sus alianzas en materia de seguridad y política. Si Argel quiere hoy recomponer la relación, el costo no será solo financiero. Implicará una redefinición de su doctrina regional y una clarificación de su posición respecto a los grupos armados.
Mientras tanto, los grandes expedientes escapan a Argel. En el Sáhara, el centro de gravedad diplomático se ha desplazado irreversiblemente en favor de Marruecos, mientras Argelia debe agachar la cabeza y rendirse a la evidencia, participando en las negociaciones en curso bajo la égida de Estados Unidos, a las que se oponía formal y públicamente. En el Sahel, la influencia argelina se reduce como piel de zapa a medida que otros actores ocupan el terreno económico y de seguridad. En Europa, la percepción de un socio imprevisible y poco fiable, que juega con su gas como quien juega con fuego, dinamita toda credibilidad de Argel.
Estas reculadas sucesivas no solo reflejan un ajuste forzado, sino también el derrumbe de una postura y una impostura. El poder argelino experimentó una diplomacia de intimidación y ahora mide su estrepitoso fracaso. Las retiradas de embajadores y las rupturas espectaculares producen un efecto mediático inmediato, pero pocos beneficios duraderos. Y eso es decir poco.
Lo que revelan estas inflexiones es el fin de una ilusión de centralidad. Argelia ya no puede contar únicamente con su renta energética, su brevísima historia revolucionaria o su postura soberanista para pesar. En un entorno multipolar, la influencia se construye con constancia, previsibilidad y capacidad para transformar los anuncios en realizaciones. Queda por saber si el pragmatismo actual constituye una mutación duradera o un simple paréntesis antes de un nuevo ciclo de crispación. Si el realismo económico se impone, Argel podría reconstruir parte de su influencia regional. Si, por el contrario, vuelve a prevalecer la lógica de la escalada, cada crisis futura corre el riesgo de erosionar definitivamente la credibilidad de un poder ya enfrentado a un severo estrechamiento de sus márgenes de maniobra. En cualquier caso, el «nif» está roto. Y quizá ahí, más allá de las concesiones y los cheques, resida el verdadero punto de inflexión.
