El presidente Abdelmadjid Tebboune relanzó a comienzos de febrero una promesa económica espectacular al afirmar que el producto interno bruto de Argelia alcanzará los 400 mil millones de dólares en 2027. Fue durante su más reciente intervención televisiva. La proyección, presentada como un objetivo alcanzable a muy corto plazo, llama la atención tanto por su ambición como por su desconexión con las realidades estructurales de la economía nacional. Detrás de esta cifra se libra una batalla narrativa en la que la estadística económica parece servir más como herramienta de propaganda que como indicador fiel de la creación real de riqueza.
En teoría, y desde su llegada al poder, Abdelmadjid Tebboune ha hecho de la recuperación económica uno de los pilares de su discurso. El PIB argelino, estimado oficialmente en menos de 200 mil millones de dólares a comienzos de la década, se presenta progresivamente como habiendo experimentado un notable ascenso hasta situarse hoy en torno a los 265 mil millones. Sin embargo, este avance estadístico, destacado regularmente en la comunicación oficial, viene acompañado de una paradoja evidente: resulta imperceptible tanto en los sectores productivos como en la vida económica y social cotidiana de la población.
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En cualquier economía, un aumento rápido del PIB suele ir acompañado de una transformación visible del tejido productivo. Se traduce en una multiplicación de las inversiones industriales, una diversificación de las exportaciones, un incremento significativo de los ingresos y una mejora de los servicios públicos.
Sin embargo, los indicadores sociales y económicos de Argelia no reflejan tal transformación. El desempleo estructural sigue siendo elevado, la dependencia de los hidrocarburos continúa siendo abrumadora y las tensiones sobre el poder adquisitivo persisten. Este desfase alimenta la idea de que el crecimiento anunciado se basa más en ajustes estadísticos que en una mutación económica profunda.
La promesa de alcanzar los 400 mil millones de dólares en pocos meses acentúa este escepticismo. Una progresión de tal magnitud supondría un crecimiento económico anual de dos dígitos. Sin embargo, las estimaciones de la Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional sitúan el crecimiento argelino en torno al 3%. A ese ritmo, la expansión necesaria para alcanzar el objetivo presidencial parece, aritméticamente, fuera de alcance.
La economía del maquillaje estadístico
Frente a este importante obstáculo estructural, Abdelmadjid Tebboune apuesta por instrumentos estadísticos capaces de aumentar mecánicamente el PIB sin una transformación real de la producción nacional.
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El mecanismo principal se basa en el revisión de la base del PIB, una operación que consiste en modificar el año de referencia utilizado para medir la riqueza nacional e integrar nuevos sectores en el cálculo del valor agregado. Este procedimiento no es exclusivo de Argelia y suele responder a estándares estadísticos internacionales destinados a actualizar la medición de la actividad económica. Permite, por ejemplo, incluir sectores antes subestimados como el digital, las telecomunicaciones o determinadas actividades de servicios. Estos ajustes pueden generar aumentos espectaculares del PIB sin que la producción material aumente realmente.
Otro instrumento reside en la integración progresiva de la economía informal, que representa una parte considerable de la actividad económica argelina y opera en gran medida fuera del sistema fiscal y bancario. Su incorporación en el cálculo del PIB puede producir un efecto mecánico de incremento estadístico, pero no equivale necesariamente a una creación de riqueza nueva ni a un fortalecimiento de la capacidad exportadora del país.
La cuestión del tipo de cambio también es determinante. Dado que el PIB argelino se calcula en dinares y luego se convierte a dólares, cualquier revaluación administrativa de la moneda nacional puede inflar artificialmente el valor del PIB expresado en divisa internacional. Esta práctica puede mejorar temporalmente los indicadores macroeconómicos sin alterar los fundamentos económicos.
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Estas estrategias estadísticas ya han sido experimentadas en otros países africanos. Nigeria, tras realizar una actualización en 2014, vio cómo su PIB se disparaba bruscamente hasta convertirse en la primera economía del continente. Años más tarde, las correcciones estadísticas y las crisis económicas revelaron la fragilidad de ese crecimiento.
La tentación del endeudamiento
La proyección de un PIB de 400 mil millones se inscribe en un relato político más amplio que busca posicionar a Argelia como una potencia emergente. Sin embargo, el estatus de país emergente se basa en criterios mucho más complejos que el simple tamaño de la economía. Supone una verdadera diversificación productiva, una industrialización avanzada, una mejora tecnológica sostenida y una capacidad de innovación consolidada.
En esta etapa, la economía argelina sigue dependiendo en gran medida —alrededor del 95%— de las exportaciones de hidrocarburos. Esta dependencia limita la creación de valor añadido interno y expone al país a las fluctuaciones de los mercados energéticos internacionales.
En este contexto, varios observadores consideran que una eventual sobrevaloración del PIB podría responder a un objetivo financiero más estratégico: mejorar la capacidad de endeudamiento del país en los mercados internacionales. En la práctica, un PIB más elevado refuerza los indicadores de solvencia y facilita el acceso a financiamiento externo ante instituciones financieras internacionales.
Esta hipótesis introduce una importante paradoja política. Durante varios años, Abdelmadjid Tebboune presentó el rechazo al endeudamiento externo como un pilar de la soberanía nacional y un motivo de orgullo.
Su anuncio, durante la misma intervención televisiva, sobre el recurso a la deuda externa constituye un giro estratégico que contradice el discurso oficial sostenido hasta ahora.
El presidente argelino Abdelmadjid Tebboune confirmó en efecto un préstamo de 3.000 millones de dólares ante la Banco Africano de Desarrollo (BAD).
Oficialmente, estos fondos estarían destinados a «proyectos estratégicos de alto impacto», aunque sin precisiones sobre la naturaleza concreta de dichos proyectos ni una cuantificación clara de los beneficios económicos esperados.
La promesa de los 400 mil millones aparece así como el símbolo de un modelo económico enfrentado a sus límites estructurales. Refleja la tensión entre la voluntad política de exhibir una potencia económica en ascenso y las restricciones propias de una economía rentista. En esta ecuación, la estadística se convierte en un instrumento de relato nacional, pero el riesgo persiste: que la realidad económica termine recordando la diferencia fundamental entre riqueza medida y riqueza realmente producida.
Mientras tanto, el régimen continúa gastando sin contención. Basta observar los agregados presupuestarios para agrietar el relato oficial. Al acumular las leyes de finanzas adoptadas desde la llegada al poder de Abdelmadjid Tebboune, el gasto público alcanzaría cerca de 670 mil millones de dólares entre 2020 y 2026, según el periodista argelino exiliado en Francia Abdou Semmar. Un nivel sin precedentes en la historia de la Argelia independiente.
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Sin embargo, el desglose de estos gastos revela un modelo económico ampliamente improductivo: más de 60 mil millones de dólares anuales absorbidos por la masa salarial y las transferencias sociales; más de 20 mil millones destinados cada año a los presupuestos de defensa y seguridad; y una proporción relativamente marginal orientada a la inversión productiva.
La movilización financiera es enorme, pero los resultados son modestos: algunas plantas desalinizadoras, una línea ferroviaria regional inconclusa, una explotación minera aún embrionaria. Poco más. Y, además, muchos de los escasos proyectos anunciados se remontan a la era de Abdelaziz Bouteflika. Por el contrario, la economía argelina continúa exportando apenas unos cincuenta mil millones de dólares anuales, de los cuales la abrumadora mayoría sigue procediendo de los hidrocarburos, mientras que las exportaciones no energéticas apenas logran superar los 5 mil millones, compuestas en gran parte por productos petroleros transformados.
La brecha financiera —donde la acumulación de gasto público no genera ni transformación industrial, ni diversificación económica, ni creación significativa de valor— continúa profundizándose. Las declaraciones espectaculares también. Mientras tanto, el balance bruto revela una realidad mucho más severa: un poder presupuestario mal gestionado, sin la construcción sostenible de una economía capaz de respaldar, aunque sea mínimamente, sus propias promesas.
