El 28 de febrero de 2026, Oriente Medio basculó. Una coalición israelo-estadounidense golpeó al régimen iraní en Teherán, matando al guía supremo Ali Jamenei, así como a varios altos responsables militares y de seguridad. En las horas siguientes, Irán respondió con su habitual cobardía atacando a varios países árabes del Golfo, entre ellos Kuwait, Qatar, los Emiratos Árabes Unidos, Omán y Arabia Saudí.
Las capitales occidentales y árabes reaccionaron de inmediato, multiplicando reuniones de emergencia, condenas o posicionamientos explícitos. En Argel, en cambio, el silencio fue en un primer momento casi monacal.
Un primer comunicado del Ministerio argelino de Asuntos Exteriores se hizo público el sábado 28 de febrero. Un texto confuso y enrevesado en el que Argelia optó por no elegir. Como si el régimen buscara menos expresar una posición que ocupar el espacio con fórmulas vacías. El comunicado evoca una «escalada militar» sin designar a sus responsables, habla de «fracaso de las negociaciones» sin mencionar a quienes optaron por la vía de los ataques, y llama a la «moderación» sin identificar a quienes lanzaron misiles y bombarderos.
Ni Washington, ni Tel Aviv, ni Teherán son mencionados. Argel parece refugiarse en una retórica automática, incapaz de asumir una posición clara. Y, sobre todo, ninguna expresión de solidaridad hacia los países árabes agredidos por el régimen de los mulás. Ese es el punto más importante que debe retenerse del primer comunicado del Ministerio de Exteriores argelino.
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Hubo que esperar veinticuatro horas más para que se publicara un segundo comunicado, el domingo 1 de marzo de 2026. Esta vez, el jefe de la diplomacia argelina, Ahmed Attaf, recibió a los embajadores de «los países árabes que han sido objeto de agresiones militares».
El texto precisa que «el ministro expresó la plena solidaridad de Argelia con los países árabes hermanos afectados por estas agresiones militares, reafirmando el rechazo categórico de nuestro país a cualquier atentado contra la soberanía nacional de estos Estados hermanos, su integridad territorial y la seguridad de sus pueblos».
Más tarde se supo que el presidente Abdelmadjid Tebboune mantuvo conversaciones telefónicas con los jefes de Estado afectados.
Pero incluso entonces falta un detalle esencial: en ningún momento se menciona a Irán como autor de estos ataques. Las «agresiones» permanecen sin firma. Como si los misiles iraníes hubieran caído del cielo sin un origen identificable.
Pero entre el primer y el segundo comunicado, el cambio de postura fue radical. Esta vacilación extrema refleja una voluntad pueril de evitar a toda costa quedar situado en un campo definido. Argelia mantiene relaciones más que cordiales con la República Islámica de Irán. Condenar explícitamente los misiles iraníes significaría incomodar a un aliado. En esta ecuación, la ambigüedad aparece como la opción menos arriesgada.
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Esta diplomacia que el primer día se desmarca de los países árabes y que al día siguiente condena sin nombrar a su agresor es propia de un régimen que navega sin rumbo claro. La misma actitud se observó durante la caída del régimen de Bachar al-Assad en Siria. El 27 de noviembre de 2024, una heterogénea coalición de rebeldes sirios lanzó una ofensiva fulgurante. En apenas una docena de días, hasta el domingo 8 de diciembre, tomaron las principales ciudades del país, entre ellas Alepo y Hama, antes de expulsar a Bachar al-Assad de Damasco, poniendo fin a medio siglo de poder ejercido por él y por su padre.
El martes 3 de diciembre, cuando el régimen sirio ya se tambaleaba, el Ministerio argelino de Asuntos Exteriores publicó un comunicado de apoyo al poder de Damasco, calificando la ofensiva rebelde de «agresión terrorista». Ese mismo día, Ahmed Attaf conversó por teléfono con su homólogo sirio, Bassam Sabbagh, reafirmando «la solidaridad absoluta» de Argelia. Argel incluso prometió solicitar una reunión urgente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, así como una reunión ministerial de la Liga Árabe.
Cinco días después, el 8 de diciembre, tras la toma de Damasco y la huida de Bachar al-Assad, Argel dio un espectacular giro de 180 grados. Un nuevo comunicado afirmaba que Argelia «sigue con gran atención los recientes acontecimientos» y «reafirma su apoyo al pueblo sirio hermano». La solidaridad exhibida con el régimen derrocado se transformaba, de la noche a la mañana, en solidaridad con el pueblo. Ningún mea culpa, ninguna explicación sobre el cambio de postura, simplemente una rápida adaptación a la nueva realidad.
Este doble episodio, primero sirio y luego iraní, ilustra una diplomacia errática, sin una doctrina clara. Sostener una cosa hoy y afirmar lo contrario mañana es propio de regímenes enfermos. Y el poder argelino, que ve cómo sus aliados caen uno tras otro, ya no sabe hacia dónde mirar para garantizar su propia supervivencia.
