Christopher Ross, el hombre al que el Sáhara derrotó

Christopher Ross

El 21/03/2026 a las 11h55

RetratoLo tenía todo del diplomático de consagración: una larga carrera, destinos en el mundo árabe y la ONU como escenario final. Christopher Ross creyó, sin duda, que con el expediente del Sáhara tenía entre manos el asunto que daría a su nombre la talla de los grandes mediadores de la historia. Ocurrió exactamente lo contrario. Desde entonces, el antiguo emisario no ha dejado de volver al mismo escenario, como si el Sáhara se hubiera convertido menos en una causa que en una obsesión de carrera. El expediente que debía elevarlo terminó por encerrarlo. Y Marruecos, al que pretendía devolver a la mesa de negociación, acabó convirtiéndose en el propio nombre de su fracaso.

Hay hombres a los que las causas engrandecen. A otros los empequeñecen hasta la medida de una historia que no supieron escribir. El Sáhara Occidental fue para Christopher Ross su hora de luz; terminó convirtiéndose en su tumba inmóvil. Había soñado con hallar allí su consagración. Encontró, en cambio, su derrota.

Desde su «dimisión» en 2017 a raíz del asunto del Sáhara, dejó de existir políticamente. Apartado por Washington, el exdiplomático se volvió agrio. Cada una de sus intervenciones en la prensa estadounidense y argelina transmite la impresión de un hombre que rumia una herida. Ya no es del todo una mediación retrospectiva. Se parece más bien a un resentimiento que ha adoptado la forma de un lenguaje diplomático.

Ross es un producto puro del viejo Foreign Service estadounidense: un hombre de pasillos, de fórmulas medidas, de expedientes llevados de capital en capital hasta que el rostro acaba confundiéndose con la función. El Departamento de Estado lo llevó de Argel, donde estuvo entre 1988 y 1991, a Damasco, entre 1991 y 1998; después pasó en 1998 a la oficina de contraterrorismo y, en los años siguientes, siguió desplegado en los escenarios de Oriente Medio. En enero de 2009, la ONU le ofreció por fin lo que debía ser su apoteosis: la misión de Enviado Personal para el Sáhara Occidental. Llevaba a sus espaldas más de veinte años de diplomacia estadounidense. Entró en ese expediente como quien sube un último peldaño, convencido de que la experiencia bastaría para imponer autoridad y de que la autoridad acabaría produciendo Historia.

Ahí aparece el primer rasgo de su perfil: comprendió pronto que este conflicto no perdona nada a los intermediarios que dan la impresión de querer influir en el arbitraje. En su caso, esa familiaridad con Argelia y con el Polisario alimentó muy pronto una sospecha estructural: la de un mediador parcial que defendía con uñas y dientes la causa separatista. Desde los primeros años de su misión, varias rondas de negociaciones organizadas por él no condujeron a ningún resultado; el propio Ross constató en 2012 que su misión había encallado. En lugar de una neutralidad respetable, el enviado especial exhibió una alineación casi perfecta con las tesis argelinas. Incluso fue sorprendido en flagrante duplicidad, manteniendo contactos discretos con miembros del Polisario y con determinadas ONG saharauis, hasta el punto de convertirse en una auténtica valija diplomática para el envío de correspondencia confidencial del Polisario hacia Washington. El colmo para un emisario de la ONU.

2012: Rabat retira la silla bajo los pies del emisario

En mayo de ese año, el Reino anunció oficialmente que retiraba su confianza a Christopher Ross, al que acusó de haber dado a su misión una orientación «sesgada» y «desequilibrada», abriendo así una crisis poco común, casi humillante, para un mediador cuya legitimidad depende de la aceptación mínima de las partes. El Congreso estadounidense constató después que aquella decisión amenazaba directamente la viabilidad de su mandato. En lenguaje diplomático, eso ya equivale a una desgracia. En la realidad política, era algo peor: un enviado al que una de las partes centrales ya no quiere ver actuar deja de ser un enviado para convertirse en una molestia internacional. El episodio fue tanto más cruel cuanto que hizo falta la intervención personal de Ban Ki-moon ante el rey Mohammed VI para volver a colocar al emisario en su puesto, sin brillo y bajo estrecha vigilancia.

Marruecos lo impugnó públicamente y después lo obligó a volver bajo tutela, como a un funcionario llamado de nuevo al deber más que a un mediador reinvestido de autoridad. Una escena así no se borra. Trabaja a un hombre en silencio. Altera la manera en que luego interpreta cada obstáculo, cada negativa, cada inflexión del expediente. Todo ocurre como si, a partir de entonces, Ross ya no hubiera visto en Rabat a un actor más entre otros, sino el lugar exacto de su humillación. El Reino se convertía, en la dramaturgia íntima de su carrera, en quien había roto la ilusión de su magisterio.

Pero Ross reincide. Un año más tarde, en 2013, respaldó una propuesta del Polisario para ampliar el seguimiento onusiano sobre los derechos humanos, como si la MINURSO pudiera pretender eludir esa cuestión en los campamentos de los separatistas, donde reinan el terror y el despotismo, y en Argelia, que dista mucho de ser un modelo de democracia y libertad. Su objetivo: debilitar a Marruecos mediante esas sospechas infundadas y hacerlo ceder en el Sáhara. Desplazar el centro de gravedad del expediente no hacia una salida política pragmática, sino hacia una acusación larvada contra la integridad marroquí.

El problema no es solo que fuera cuestionado. Es que lo fue siempre en el mismo terreno: el de una neutralidad considerada deficiente. Su perfil público acabó confundiéndose poco a poco con esa acusación. Sus posiciones y sus apoyos alimentaron de forma duradera la idea de un tropismo constante.

Ocho años de actividad y ocho años de esterilidad

Multiplicó las rondas, las giras y las misiones de ida y vuelta. Los textos oficiales y los resúmenes parlamentarios estadounidenses mantienen una constancia monótona: ninguna salida tangible. Reuters, en marzo de 2017, resumía la situación con una sequedad perfecta: «después de ocho años de esfuerzos, Christopher Ross no logró devolver a las partes a la mesa de negociación». El Congreso estadounidense, por su lado, ya subrayaba que varias rondas organizadas por Ross no habían producido «ningún avance». La Unión Africana señalaba también una serie de encuentros informales «sin progresos». A este nivel de carrera, la ausencia de resultados ya no se lee como un accidente; se convierte en un balance.

Su dimisión, anunciada en 2017, tuvo así el aire de esas salidas que no engañan a nadie. Reuters informó de que había presentado su renuncia tras ser incapaz de lograr la reanudación de las negociaciones. Formalmente, el comunicado de la ONU de 2017 le agradece su compromiso. Es el ceremonial habitual: una fórmula de gratitud depositada sobre un terreno de impotencia. Ross se marchó, por tanto, por la puerta de atrás, sin dejar un legado diplomático, sin un marco duradero, sin un avance del que su nombre quedara como bisagra. Su magisterio sahariano terminó como terminan las mediaciones fallidas: con el silencio cortés de las instituciones y el ruido persistente de los resentimientos.

Todavía en 2016, Ban Ki-moon pidió a Ross que retomara su «shuttle diplomacy» (diplomacia de la naveta) para tratar de recrear las condiciones de un diálogo. La fórmula suena bien; no cambia nada. Se vuelve a enviar al emisario a la carretera cuando ya no queda ningún margen de presión. Ese es el triste privilegio de los expedientes congelados: ocupan a los hombres hasta desgastarlos y luego los despiden sin conclusión. En la mente de Ross, su misión fue frustrada por Marruecos, y jamás lo olvidará. El Reino no solo resistió a su método, sino que le impuso la imagen duradera de un enviado contestado, casi devuelto a su propia impotencia.

Su vida después de la ONU: cuando una derrota se convierte en fijación

Una vez fuera de la ONU, Christopher Ross no eligió la reserva propia de los antiguos mediadores. Siguió hablando, escribiendo e interviniendo sobre el Sáhara. Y cuanto más se acercaba Washington al plan marroquí, más se endurecía su discurso. En diciembre de 2020, tras la proclamación de Donald Trump reconociendo la soberanía marroquí sobre el Sáhara, Ross denunció una decisión «peligrosa» que amenazaba las relaciones estadounidenses con Argelia. Desde entonces, la brecha no ha hecho más que ampliarse. En un texto de noviembre de 2025, escribió que la resolución 2797 del Consejo de Seguridad era «un paso atrás» porque se alineaba con demasiada claridad con la lógica estadounidense surgida en 2020. En marzo de 2026, insistió en la misma idea: Estados Unidos, dijo, ya no es percibido como un «honest broker» (intermediario imparcial), porque favorece la propuesta marroquí. Todo sucede como si el antiguo mediador hubiera decidido consagrar su segunda vida pública a impugnar la evolución diplomática que, precisamente, consagra el fracaso de su propia línea.

Es aquí donde el retrato se vuelve virulento, porque los hechos dibujan una figura moral muy particular: la de un hombre que nunca aceptó haber perdido el control. Ross se parece ahora a un exárbitro que comenta el partido cuestionando el terreno, las reglas y el marcador. Cada avance internacional a favor del plan marroquí parece reavivar en él la necesidad de recordar que otro esquema era posible, que otro lenguaje debería haber prevalecido, que otra neutralidad habría sido exigible. Ahora bien, esa insistencia tiene cada vez menos de institucional y cada vez más de patológico. El Sáhara, donde dejó su crédito, es el lugar de una revancha imposible.

Hay algo todavía más mordaz. Ross había dirigido, en 1998, la Oficina de Contraterrorismo del Departamento de Estado. Sin embargo, el expediente saharaui se fue cargando cada vez más de argumentos de seguridad. Los archivos y estudios disponibles recuerdan que el Polisario nació en la lucha armada y que el conflicto estuvo durante mucho tiempo ligado a la guerrilla; documentos estadounidenses desclasificados mencionan ataques de comandos contra pesqueros e intereses españoles. Francia vivió horas sombrías con la toma de diecisiete rehenes franceses en Tinduf a finales de los años setenta. Más recientemente, la CIA acusó a Irán y a Hezbolá de apoyar al Polisario. En esos terrenos de violencia histórica o de vínculos con el terrorismo, Ross nunca dio públicamente la impresión de aplicar al Polisario la misma severidad que reservaba a las evoluciones diplomáticas favorables a Marruecos. Sus intervenciones posteriores llaman la atención por su indulgencia hacia el Polisario.

Antaño figura respetable de la diplomacia estadounidense, el hombre ya no aparece sino aferrado a un contencioso del que nunca logró reponerse. Y aunque su prosa conserva la seguridad de los viejos servidores del Estado, hoy lleva sobre todo esa nota seca propia de las carreras que se saben sin porvenir y que siguen hablando como quien ajusta cuentas.

Por Karim Serraj
El 21/03/2026 a las 11h55