Diputado en la Knesset, abogado y figura política israelí procedente de una familia de origen marroquí, Dan Illouz reivindica una herencia cultural profundamente arraigada en su identidad personal. Hijo de un padre originario de Fez y de una madre de Safi, evoca con frecuencia la transmisión familiar de las tradiciones, la gastronomía y la música como referencias fundacionales. Este apego alimenta, según él, su compromiso a favor del acercamiento entre Marruecos e Israel. Muy vinculado a sus raíces, sigue de cerca la evolución de la cooperación entre Rabat y Tel Aviv y repasa en esta entrevista los logros, los retos y las perspectivas de una colaboración que debe reforzarse, así como los desafíos regionales que rodean esta relación.
Le360: ¿Qué balance hace de las relaciones entre Marruecos e Israel cinco años después de la normalización diplomática entre ambos países?
Dan Illouz: Para la diplomacia mundial son los Acuerdos de Abraham, pero para más de un millón de israelíes de origen marroquí es mucho más que un tratado: es una reparación de la Historia. Para nuestra comunidad en Israel, este restablecimiento de relaciones no fue una simple firma en un papel, sino la apertura oficial de las puertas de nuestra casa familiar. Ya no estamos en una relación entre dos Estados extranjeros, sino en un reencuentro entre miembros de una misma familia. Esta población israelí-marroquí es el puente vivo y orgánico que garantiza que esta alianza no sea solo política, sino que esté arraigada en la sangre y en el afecto mutuo.
¿Cuáles son, según usted, los sectores que aún no están cubiertos por la asociación Marruecos–Israel y qué queda por hacer para consolidarla?
La base ya existe, pero el potencial sigue siendo enorme. Veo dos grandes fronteras que hay que superar. La primera es la de la seguridad vital: el agua y la energía. Marruecos lleva a cabo proyectos colosales bajo el impulso de Su Majestad, e Israel, líder mundial en desalinización e irrigación, debe ser su socio natural. La segunda es la juventud: debemos multiplicar los intercambios universitarios para que jóvenes de Casablanca y Tel Aviv creen juntos las tecnologías del mañana. Consolidar esta asociación es hacerla irreversible creando intereses humanos y económicos tan densos que se vuelvan impermeables a los vaivenes del tiempo.
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¿En qué medida puede contribuir la diplomacia parlamentaria?
El diplomático fija el marco, pero el parlamentario teje los vínculos entre las sociedades civiles. En la Knesset, mi papel es traducir los acuerdos de alto nivel en realidades concretas para los ciudadanos. La diplomacia parlamentaria permite una flexibilidad y una franqueza que la diplomacia clásica no siempre tiene. Permite instaurar un diálogo directo entre representantes electos para derribar barreras. Mi compromiso es lograr que cada proyecto de cooperación sea una prioridad, porque cada éxito entre Jerusalén y Rabat es un mensaje de esperanza para toda la región.
La cooperación en materia de defensa ocupa un lugar destacado entre ambos países. Vista desde Israel, ¿a qué se debe?
Es una cuestión de realismo estratégico. Marruecos es un polo de estabilidad indispensable en una región amenazada por ideologías radicales. Israel reconoce en el Reino un socio de fiabilidad excepcional. Nuestra cooperación militar no apunta contra nadie de forma agresiva, sino que es un seguro de vida frente a la inestabilidad.
Compartimos nuestras tecnologías y nuestra inteligencia porque sabemos que un Marruecos fuerte es una garantía de paz para todo el norte de África y, por extensión, para Israel.
Vinculado a sus raíces marroquíes, ¿cómo evalúa el giro tomado en la cuestión del Sáhara desde la última resolución del Consejo de Seguridad de la ONU y el apoyo internacional a la marroquinidad de este territorio?
Es una victoria de la verdad histórica sobre la ficción política. La marroquinidad del Sáhara es una realidad tangible, geográfica e histórica. El amplio apoyo internacional, encabezado por Estados Unidos y afirmado con fuerza por Israel, demuestra que el mundo ya no se deja engañar.
Como hijo de esta tierra, aunque nací en Canadá, siento un orgullo inmenso al ver a Israel situarse sin ambigüedades al lado de Marruecos. El desarrollo notable de las provincias del sur es la mejor respuesta para quienes aún dudan.
En su ofensiva contra el Reino, Argelia señala especialmente los vínculos privilegiados entre Marruecos e Israel, presentados como una amenaza para Argel. ¿Qué le inspira esta postura?
Seamos sensatos: la obsesión de Argelia con respecto a la alianza marroquí-israelí es la confesión de un fracaso rotundo y de una desconexión total de la realidad. Mientras Marruecos elige la vía del progreso y la paz, Argelia se encierra en una alianza peligrosa con fuerzas de desestabilización. Al atacar nuestra relación, Argel busca ocultar su apoyo a grupos que coquetean con el islamismo radical y con agendas de potencias extranjeras como Irán, que solo buscan sembrar el caos. La verdadera amenaza para la región no es la cooperación entre dos Estados soberanos que aspiran a la prosperidad, sino esa política de confrontación estéril y el apoyo a ideologías extremistas que rechazan toda forma de modernidad y de coexistencia. Marruecos actúa frente al radicalismo. Israel es su aliado natural en este combate por la civilización.
A título personal, qué relación mantiene con Marruecos y qué conserva de su herencia marroquí?
Marruecos define mi identidad profunda. Soy hijo de un padre originario de Fez, la ciudad del conocimiento, y de una madre procedente de Safi, la perla del Atlántico. Aunque nací en Canadá, mi casa siempre fue una embajada de la cultura marroquí. Las distancias geográficas no son nada frente a la fuerza de una identidad transmitida con amor. Como hijo de esta tierra, mi compromiso no es político, es visceral.
Llevo en mí la “hikma” (sabiduría) marroquí: esa profundidad intelectual que sabe unir tradición y modernidad. En el plano emocional, la música es mi brújula. Escuchar música andalusí o los estribillos de “Ya Bent Bladi” despierta en mí memorias ancestrales: es el sonido de la fraternidad. Por último, nuestra gastronomía es un lenguaje de nobleza. Cada sabor de Fez o de Safi me recuerda que somos herederos de una civilización de luz. No soy solo diputado en la Knesset; soy un puente vivo, orgulloso de sus raíces, que trabaja para que la amistad entre nuestras dos naciones brille para siempre.
