El comunicado fue difundido el lunes 12 de octubre en Nueva York, después de que el líder del Polisario, Brahim Ghali, enviara una carta al secretario general de Naciones Unidas, António Guterres. El motivo son las declaraciones realizadas por Staffan de Mistura el 8 de octubre durante las consultas a puerta cerrada del Consejo de Seguridad sobre la Minurso.
El Frente Polisario lo acusa de «falta de neutralidad» y de «alineamiento público con las posiciones de Marruecos» por haber defendido supuestamente la autonomía bajo soberanía marroquí como base de las futuras conversaciones. Los separatistas consideran «extremadamente preocupante» una actitud que, en su opinión, plantea dudas sobre «su credibilidad, imparcialidad e independencia». También amenazan con «reconsiderar su relación» con el enviado personal.
No se trata de un arrebato aislado. El Polisario recuerda que ya había escrito a Naciones Unidas los días 4 de marzo y 21 de septiembre para llamar al orden al emisario. Tres cartas en siete meses: ya no se intenta influir en el mediador, sino convertirlo en chivo expiatorio.
Un mediador que nunca fue el hombre de Marruecos
La acusación no resiste el menor examen. Si hay un enviado personal que ha despertado recelos en Marruecos, ese es precisamente Staffan de Mistura. En 2024, rescató ante el Consejo de Seguridad la vieja idea de dividir el territorio, una propuesta «recalentada» que Nasser Bourita rechazó de inmediato. Ese mismo año, su visita a Pretoria, capital abiertamente comprometida con el Polisario, provocó el malestar de Marruecos.
La ironía no termina ahí. El 7 de octubre, un día antes de la comparecencia de De Mistura, el ex «diplomático» argelino Amar Belani publicó una tribuna titulada «Después de Boulos, Staffan de Mistura en el punto de mira de Marruecos». Cinco días después, el Polisario descubrió que ese mismo hombre sería un instrumento de Marruecos. Tendrán que ponerse de acuerdo.
Diez días de nerviosismo
Basta con repasar los acontecimientos de los últimos días para medir el nerviosismo reinante entre Argel y Tinduf. El 3 de octubre, Abdelmadjid Tebboune afirmó en una entrevista televisada que Argelia no sería «más saharaui que los saharauis» y que la resolución 2797 «sigue su curso». Un presidente que quisiera preparar a la opinión pública para un retroceso no lo haría de otra manera.
El 8 de octubre fue el turno de Ahmed Attaf. El jefe de la diplomacia argelina afirmó observar el expediente «con gran asombro, acompañado de una legítima preocupación», y se alarmó ante la posibilidad de que quedara «reducido a una simple cuestión de refugiados». Ese mismo día, Staffan de Mistura presentó su exposición ante el Consejo de Seguridad.
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El 11 de octubre, la Policía argelina anunció la detención de 61 marroquíes sospechosos de preparar «actos de sabotaje», sin ofrecer la menor precisión sobre sus supuestos objetivos. El día 12, el Polisario difundió su comunicado contra el enviado personal. Mientras tanto, Amar Belani publicó una tribuna tras otra, en ocasiones dos al día, para explicar que todo marcha bien.
Analizados en conjunto, estos episodios no dibujan una estrategia. Delatan inquietud. Quien confía en la solidez de sus posiciones no multiplica en apenas diez días los comunicados, las advertencias y las teorías sobre conspiraciones.
El mensaje que se niegan a escuchar
Lo que alarma al Polisario y a Argel se resume en una frase de la exposición del 8 de octubre: después de tres rondas de conversaciones en Washington y Madrid, las negociaciones han chocado contra un muro, y ese muro es la negativa del Polisario a examinar seriamente el plan de autonomía. Por primera vez, el mediador de Naciones Unidas señala con claridad a la parte que bloquea el proceso.
Eso es lo que el Frente no soporta. Desde la adopción de la resolución 2797, hace un año, la autonomía bajo soberanía marroquí constituye la base de las negociaciones. El enviado personal se limita a aplicar el marco establecido por el Consejo de Seguridad. Al convertirlo en blanco de sus ataques, el Polisario arremete en realidad contra el propio Consejo y, a través de él, contra una comunidad internacional que ya ha tomado una decisión.
El canto del cisne
El calendario explica el pánico. El Consejo de Seguridad deberá adoptar una nueva resolución a finales de octubre y nadie, ni en Tinduf ni en Argel, espera que dé marcha atrás. Incapaces de modificar el texto, cuestionan al árbitro, dramatizan y agitan conspiraciones. Son los reflejos de quienes sienten que la partida se les escapa.
Toda esta agitación no cambiará nada. Un movimiento que amenaza con romper con el mediador de Naciones Unidas mientras proclama su compromiso con el proceso auspiciado por la organización no se fortalece, sino que se aísla. Y un régimen que responde a un revés diplomático deteniendo a trabajadores extranjeros no convence a nadie de su serenidad.
Tanto en Tinduf como en Argel esperan el 31 de octubre con auténtico pánico. Sin embargo, el final de la partida ya había sido señalado por la resolución 2797.
