El acto pretendía revestirse de solemnidad. El jueves 8 de octubre, Ahmed Attaf presidió en Argel la ceremonia del Día de la Diplomacia Argelina, que este año coincidió con el 81.º aniversario de la ONU. El lema elegido, «un multilateralismo renovado», anticipaba un discurso centrado en los principios. Sin embargo, el ministro terminó pronunciando una larga lamentación sobre el Sáhara marroquí.
Según afirmó, Argelia observa la evolución del expediente «con gran asombro, unido a una legítima preocupación». ¿Qué le inquieta? «Los intentos de desviar la cuestión del Sáhara Occidental de su esencia», de «su carácter de cuestión de descolonización», «para reducirla a una simple cuestión de refugiados».
(A partir del minuto 17:41)
Attaf advierte contra cualquier intento de «establecer y legitimar un hecho consumado impuesto en el Sáhara Occidental». Asimismo, insiste en que el derecho a la autodeterminación «no prescribe» y «no se pierde por complicidad ni mediante maniobras destinadas a ganar tiempo».
Un destinatario sin nombre
El Consejo de Seguridad no aparece mencionado. Tampoco hacía falta. Estas advertencias van dirigidas a los quince miembros que deberán pronunciarse a finales de octubre, un año después de la resolución 2797, que situó el plan de autonomía marroquí como base de las negociaciones. Argel sabe que la próxima resolución no dará marcha atrás. Y, si se da crédito a las lamentaciones de Attaf, incluso podría ir más allá.
La preocupación expresada por Attaf dice mucho. Un ministro no se alarmaría ante la posibilidad de que el expediente quedara «reducido a una simple cuestión de refugiados» si no presintiera que esa es la realidad que se impone. Ahora bien, una vez resuelta la cuestión de la soberanía, precisamente eso es lo que queda: el destino de las poblaciones de los campamentos de Tindouf, que Argelia nunca ha permitido censar. No es la descolonización lo que está amenazado, sino el relato que el régimen argelino lleva medio siglo alimentando.
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De ahí el tono de discurso fúnebre. Cincuenta años de dinero, armas y esfuerzos diplomáticos invertidos en el Polisario y en la promesa de un Estado saharaui se resumen hoy en la defensa de un derecho «imprescriptible». Se invoca la imprescriptibilidad cuando ya no se puede hablar de plazos.
Después de Tebboune, Attaf
Estas lamentaciones evocan la última entrevista periódica de Abdelmadjid Tebboune con la prensa pública, emitida el 3 de octubre. En ella, el presidente argelino aseguró que su país no sería «más saharaui que los propios saharauis», antes de añadir: «La solución que acepten los saharauis, nosotros también la aceptaremos». Sobre la resolución 2797, afirmó que «existe» y que «sigue su curso». El jefe del Estado preparaba a los argelinos para el duelo. Cinco días después, su ministro de Asuntos Exteriores pronunciaba la oración fúnebre.
La secuencia tiene coherencia, pero no está exenta de contradicciones. El 28 de septiembre, desde la tribuna de la Asamblea General de la ONU, Ahmed Attaf saludó las negociaciones directas entre Marruecos y el Polisario, bajo los auspicios de Naciones Unidas y con el respaldo de Estados Unidos. Como si Argelia fuera un observador bienintencionado, cuando la resolución 2797 la incluye entre las partes llamadas a sentarse a la mesa. No se puede afirmar que uno es ajeno a una negociación y después lamentar su desenlace.
El 30 de octubre, el Consejo de Seguridad determinará si los temores de Ahmed Attaf estaban justificados. Su oración fúnebre deja entrever que Argel no alberga dudas sobre la identidad del difunto.
