Justo después de las oraciones nocturnas, la avenida costera de Rabat registra una afluencia notable de visitantes en busca de descanso tras una jornada de ayuno. Cumplida la ruptura del ayuno, los hogares se vacían poco a poco para dirigirse hacia el Atlántico, en un ritual que se ha vuelto casi inmutable.
Por miles, los paseantes recorren el paseo marítimo, que se extiende a lo largo de varios kilómetros. Familias, parejas, grupos de amigos y deportistas ocasionales caminan a paso pausado, disfrutando de la brisa marina y de la suavidad de la noche. La caminata, lenta o más sostenida, se impone como una prolongación natural de la cena: una manera de recuperar equilibrio y ligereza después de la abundancia del iftar.
A esta marea humana se suma un tráfico denso de motos y vehículos. Los faros dibujan un flujo continuo a lo largo del frente atlántico. Pese a la afluencia, la presencia policial —visible y constante— se encarga de regular los desplazamientos de peatones y conductores, garantizando una convivencia relativamente fluida.
Consultados en el lugar, varios visitantes destacan los beneficios de esta caminata nocturna. «Después de comer en abundancia, caminar se vuelve casi necesario», confiesa uno de ellos. Otros mencionan simplemente el placer de salir, respirar y compartir un momento fuera de las paredes del hogar.
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Los más jóvenes tampoco se quedan atrás. Algunos salen a trotar por el paseo marítimo, mientras que otros prefieren el fútbol en los campos de proximidad acondicionados en los últimos años por as autoridades locales. El deporte, bajo la luz artificial, prolonga la energía de la noche y le da al lugar un aire de festival popular.
Recién remodelada, la avenida costera constituye un eje principal que conecta el barrio de Yacoub El Mansour con Harhoura. Su fachada marítima, ampliamente abierta al Atlántico, atrae a una afluencia cada vez mayor. Flanqueado por zonas verdes y áreas de juego, el paseo marítimo alberga también la piscina municipal de Rabat. En conjunto, configura un espacio de ocio familiar que se ha vuelto emblemático.
A lo largo de las noches de Ramadán, el paseo marítimo confirma así su condición de lugar de ocio colectivo. Frente a la inmensidad oscura del océano, Rabat se concede un paréntesis. Durante el tiempo de una caminata, la ciudad desacelera, se reúne y recupera el aliento antes de sumergirse de nuevo, al amanecer, en el ritmo habitual de sus días.
