El té del Sáhara: ritual, hospitalidad y arte de vivir

Ali Salem Ould Bahia, investigador del patrimonio saharaui.

El 17/03/2026 a las 17h04

VídeoEntre Laayoune y el puerto de Marsa, en un campamento turístico instalado en pleno desierto, las veladas ramadaníes adquieren un sabor particular. Tras la oración del tarawih, familias y visitantes se reúnen bajo las jaimas para compartir el té saharaui, un ritual profundamente arraigado en la cultura hassaní. Más que una bebida, este momento de convivencia perpetúa un arte de vivir en el que la hospitalidad, el intercambio y la transmisión ocupan un lugar central.

A las afueras de Laayoune, la carretera se abre a una vasta extensión desértica donde algunas jaimas tradicionales se alzan en la noche. Tras las oraciones nocturnas, el lugar empieza a cobrar vida. Las familias llegan en pequeños grupos, se acomodan sobre las alfombras dispuestas bajo las tiendas y se preparan para pasar la velada al abrigo del viento del desierto.

En un rincón, las brasas incandescentes crepitan suavemente. Un joven se afana alrededor de una pequeña “ferna”, un brasero tradicional sobre el que se calienta la tetera. A su alrededor, las conversaciones se entrecruzan mientras los vasos se alinean sobre la “tabla”, la bandeja metálica colocada en el centro del corro. Entonces puede comenzar el ritual del té.

Aquí, el té nunca es una simple bebida. Da forma al encuentro, acompaña las confidencias y marca el ritmo de la noche. Los vasos pasan de mano en mano, lentamente, dejando a las conversaciones el tiempo necesario para desplegarse. En torno a las brasas, las voces se mezclan y los silencios se instalan, serenos. Así se alargan las veladas hasta las primeras horas del suhur, desafiando el frescor que ha caído sobre la ciudad en los últimos días.

«Las sesiones de té constituyen un elemento central de la cultura hassaní. En torno al té se construye un espacio de diálogo y convivencia que forma parte integrante de la vida social en el desierto», subraya Ali Salem Ould Bahia, investigador del patrimonio saharaui.

El investigador recuerda que esta tradición se apoya en una simbología bien conocida en la región. «A menudo se habla de la trilogía del té», explica. «El primer vaso es amargo como la vida», comienza. «El segundo se vuelve más dulce, como el amor», continúa. «En cuanto al tercero, es más ligero, casi pálido, como la muerte», concluye.

Esta progresión, muy presente en el imaginario saharaui, acompaña de forma natural el desarrollo de la velada. El tiempo parece ralentizarse a medida que se suceden los vasos, dejando paso a los relatos, los recuerdos y, a veces, a las carcajadas.

La belleza de estos momentos reside también en lo que los saharauis llaman las «tres J». «Primero está la Jmaâa, el grupo, porque el té nunca se bebe en soledad», explica Ali Salem Ould Bahia. «Luego está el Jmar, las brasas sobre las que el té se prepara lentamente», añade. «En cuanto a la tercera j, algunos prefieren no nombrarla de forma explícita y la asocian al Jar, es decir, al hecho de prolongar la sesión y hacer durar el momento», desliza.

En torno al té se despliega asimismo todo un universo de objetos y gestos heredados de la tradición nómada. Sobre la tabla se colocan los pequeños vasos de vidrio y la tetera, generalmente fabricada en un metal conocido localmente con el nombre de tasmimit. Al lado, la ferna resguarda las brasas, mantenidas con ayuda del fuelle llamado rabouz. También se encuentra la rbiâa, destinada al azúcar, así como el zembil, que permite conservar las hojas de té.

Pero el signo más visible de este saber hacer sigue siendo la espuma que corona cada vaso. Ligera y brillante, forma una especie de pequeño turbante sobre la superficie del té, señal de generosidad y dominio del gesto. Antiguamente, esta espuma cumplía además una función muy práctica: servía de filtro natural, reteniendo los granos de arena o el polvo que podían colarse en los vasos cuando la vida transcurría enteramente bajo la tienda.

A lo largo de la noche, los vasos se llenan y se vacían, las conversaciones continúan y la oscuridad va envolviendo poco a poco el campamento. En el frescor del desierto, el té sigue desempeñando su papel de vínculo social, perpetuando una tradición que, pese al paso del tiempo, permanece profundamente arraigada en la identidad y la hospitalidad hassaníes.

Por Hamdi Yara
El 17/03/2026 a las 17h04