Desde su salón en Rabat, Abdelkrim Hachadi puede viajar a Marrakech, Paris o incluso a aeropuertos asiáticos. A los mandos de su simulador de vuelo, se prepara para despegar rumbo a Marrakech. Con el cinturón ajustado, lista de verificación completada, pantallas encendidas: la ilusión es total. Ingeniero de formación, piloto y apasionado de la aeronáutica desde la infancia, ha dedicado casi veinte años a la construcción de este simulador de Boeing 737, hiperrealista.
Este realismo, Abdelkrim Hachadi lo ha pagado con un largo recorrido, a menudo solitario, hecho de perseverancia y de constantes cuestionamientos. Al escucharlo, el simulador no es solo el resultado de un saber hacer técnico, sino también la suma de ciclos emocionales que atraviesan todos aquellos que construyen algo «a mano», sin marco, sin equipo y sin garantías.
«Es un ejercicio de aislamiento que no perdona nada. La mente alterna entre el entusiasmo creativo y un profundo cansancio. En caso de fracaso, tomar distancia no es una opción, es un paso obligado para reconstruir», relata.
En cuanto al coste, prefiere no hablar de ello, «porque no tiene precio. Las horas de trabajo, las horas de angustia, las noches en vela, todo eso no tiene precio», afirma. El cockpit está terminado, pero no es algo estático. En su casa, la mejora es permanente y la obsesión por la precisión no se detiene en la puerta del simulador.
Una réplica fiel del Boeing 737
Fue en 2006 cuando nació la idea del proyecto. Instalado en Francia, donde asesoraba a industrias de alta tecnología —automoción y aeronáutica—, Abdelkrim Hachadi inició un riguroso trabajo de investigación. Lo que entonces era solo una labor de documentación ya anticipaba su futura transición hacia la jubilación.
«Soy piloto, pero nunca tendré los medios para comprarme un avión», se decía por entonces, antes de tener precisamente la idea de construirse un simulador. En aquella época no existían soluciones llave en mano. Improvisa, prueba, desmonta y vuelve a empezar.
«Al principio no había absolutamente nada. Empecé con trozos de madera, con carcasas de ordenadores recortadas», recuerda. Algunas piezas del cockpit fueron fabricadas artesanalmente; otras, encargadas en el extranjero. Las dos palancas de mando, los mandos de control del Boeing 737, proceden, entre otros lugares, de Australia.
«Son auténticos mandos de 737», precisa con orgullo.
Más allá de la estética, el realismo es técnico. El simulador se basa en programas profesionales desarrollados por Lockheed Martin.
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«Este software representa prácticamente todos los aeropuertos del mundo, con una visualización más o menos fiel», explica Hachadi, quien se encargó de descargar los aeropuertos marroquíes. Las bases de datos se actualizan cada mes, igual que en las compañías aéreas. «Son los datos reales de navegación, exactamente los mismos», afirma, señalando que las cartas utilizadas son también las de los pilotos de línea, accesibles mediante suscripción.
Además, el simulador cuenta con una estación de instructor que permite generar averías, escenarios o condiciones meteorológicas adversas. «Puedo crear una meteorología específica, provocar un fallo de motor, posicionar el avión a diez millas náuticas y repetir un ejercicio hasta que sea perfecto», opciones que permiten a este ingeniero de unos 60 años, como él mismo dice, no perder la práctica.
Una comunidad de apasionados comprometida
A medida que el avión se alinea en la ruta hacia Marrakech, la radio se llena de voces, instrucciones breves y respuestas calibradas, como en una cabina real. Un controlador pide reducir la velocidad y luego impone una altitud. Se anuncia otra aeronave en aproximación, más lenta, más cercana.
En los auriculares, el tono cambia, el ritmo se acelera, y se comprende que esta secuencia no se limita a «pilotar por placer». Aquí, la disciplina del vuelo se recrea en sus detalles más precisos. La tensión es real, la concentración también.ç
«Todo lo que escucha están conectados al mismo software», desliza Abdelkrim Hachadi, sin apartar la vista de las pantallas y con la mano apoyada en los mandos. Detrás de esos intercambios se perfila una comunidad tan heterogénea como exigente. «Hay profesionales, estudiantes, pilotos en activo, jubilados y simples apasionados», detalla.
El simulador no es solo una cabina doméstica, sino un punto de encuentro donde las prácticas se entrelazan, donde se viene a aprender, verificar, repetir y conservar automatismos. Los propios controladores aéreos también encuentran allí su espacio. «Participan en estas simulaciones con las mismas exigencias de rigor», insiste, recordando que, tanto en la realidad como en lo virtual, el control aéreo es cuestión de precisión, procedimientos y niveles.
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La herramienta va aún más lejos: atrae incluso a pilotos que desean familiarizarse con un aeropuerto antes de aterrizar allí en condiciones reales. «También tengo pilotos que, por ejemplo, han ido a Asia y nunca han hecho una aproximación en tal o cual aeropuerto, y vienen a hacerlo aquí», explica Abdelkrim Hachadi. No para «ver el paisaje», sino para trabajar. Aproximaciones, maniobras de motor y al aire, trayectorias en montaña, encadenamiento de listas de verificación y gestión de imprevistos. «Vienen a trabajar aproximaciones, procedimientos de motor y al aire, si hay montañas, etc.», precisa.
De simulador doméstico a museo interactivo
Es precisamente esta madurez técnica la que hoy lo impulsa a abrirse al público. Abdelkrim Hachadi se niega a que su creación permanezca como un secreto celosamente guardado por unos pocos iniciados. «Ha llegado el momento de transmitir, de compartir mi pasión con otros», confiesa.
De esta voluntad nace su proyecto más ambicioso: la creación de un museo. Lejos de las galerías estáticas y silenciosas, imagina un espacio vivo, dedicado a la manipulación y a la experimentación. «Mi deseo es ofrecerlo a los apasionados. Por eso este simulador tendrá allí su lugar, junto a un segundo modelo en el que ya estoy trabajando. También habrá módulos adaptados a los niños para despertar vocaciones», continúa.
Este proyecto de museo se apoya además en otra faceta de su trabajo, desarrollada durante décadas: la de coleccionista. Con el paso de los años, Abdelkrim Hachadi ha reunido piezas, documentos y objetos raros vinculados a la historia de la aviación y, sobre todo, a Aéropostale, convencido de que Marruecos ocupa un lugar singular en esa memoria.
«Marruecos tiene su propia historia ligada al desarrollo de la aviación», recuerda. Entre las piezas que conserva, dos medallas ocupan un lugar especial. Fueron concedidas por el sultán Moulay Youssef al ingeniero Pierre-Georges Latécoère, pionero de la conexión entre Francia y Marruecos en 1919.
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«Esas medallas las tengo yo. Y quiero absolutamente exponerlas en este museo, el día que vea la luz», espera. Incluso alimenta un deseo preciso, casi simbólico: obtener el decreto original que certifica esa condecoración para convertirlo, algún día, en el eje de un relato patrimonial accesible a los jóvenes marroquíes.
Su ambición cruza ahora una nueva frontera: Abdelkrim no desea solamente exponer la historia, sino resucitarla. «La idea es concebir un museo vivo», resume. Imagina un espacio de creación donde la transmisión se realice a través del gesto, del contacto con la materia y de la inmersión en el taller, bajo la mirada del público.
El proyecto adquiere una dimensión espectacular cuando evoca la reconstrucción del mítico Breguet 14, célebre biplano de 1917. «Quiero construirlo a partir de los planos originales, que he logrado encontrar», detalla con entusiasmo. En esta perspectiva, hace un llamamiento a una sinergia con los centros de formación y la OFPPT, con el fin de transformar el museo en un auténtico taller pedagógico permanente.
Para Abdelkrim Hachadi, este lugar dejaría de ser una simple galería para convertirse en una fábrica de vocaciones, un santuario donde la memoria aeronáutica se transmita a través de la acción y del saber hacer.
A pesar de las gestiones realizadas, el proyecto de museo todavía no encuentra un eco institucional. Sin embargo, está convencido de que Marruecos posee una historia aeronáutica rica, un saber hacer y una inteligencia que deben ser valorizados. Su simulador, único en Marruecos, está hoy listo. Él continúa volando regularmente para «mantener los reflejos de piloto». Pero su mirada ya está puesta en el futuro. Todo esto solo espera ser compartido, especialmente a través de un museo que permita transmitir una pasión, preservar una memoria y, quizá, dar alas a nuevas vocaciones.
