As-Saffar, los ojos de Tetuán en el París de 1845

(Foto de ilustración)

El 27/09/2026 a las 11h30

En diciembre de 1845, pocos meses después de la batalla de Isly y en uno de los momentos más delicados de las relaciones entre Marruecos y Francia, Muhammad as-Saffar acompañó a una embajada enviada por el sultán Moulay Abderrahmane a París. El erudito tetuaní tomó notas durante el viaje y, al regresar, convirtió aquella experiencia en un extraordinario relato sobre la Francia de su tiempo. El tren, las dimensiones de París, la imprenta, las escuelas, las mujeres o las interminables comidas francesas pasaron por la mirada curiosa de un marroquí que intentaba comprender de dónde procedía el poder de aquella Europa que acababa de enfrentarse militarmente a su país.

Cuando Muhammad as-Saffar desembarcó en Marsella el 19 de diciembre de 1845, Marruecos y Francia acababan de atravesar uno de los momentos más tensos de sus relaciones. Un año antes, las tropas francesas habían derrotado al ejército marroquí en Isly, mientras el apoyo prestado al emir Abdelkader, que combatía la ocupación francesa de Argelia, había colocado al sultán Moulay Abderrahmane bajo una fuerte presión de París.

Fue en ese contexto cuando una embajada encabezada por el pachá de Tetuán, Abd al-Qadir Ashash, emprendió el viaje a Francia. Entre los hombres que lo acompañaban se encontraba As-Saffar, un erudito nacido en Tetuán, de familia de origen andalusí, que había estudiado durante años y ejercía como secretario y consejero. Daniel Nordman, en Annales, sitúa precisamente el viaje en la prolongación de la guerra contra el emir Abdelkader, del enfrentamiento franco-marroquí y de los acuerdos de 1844 y 1845.

As-Saffar no era el embajador, pero terminaría dejando el testimonio más duradero de aquella misión. Durante el recorrido tomó cuidadosamente notas y, una vez de regreso en Marruecos, redactó el relato que décadas después permitiría reconstruir su experiencia. Susan Gilson Miller lo recuperó y tradujo al inglés en Disorienting Encounters. Travels of a Moroccan Scholar in France in 1845-1846, publicado por University of California Press en 1992. La obra conserva la voz de un hombre que no viajó a Europa simplemente para admirarla, sino para observarla e intentar comprender cómo funcionaba.

Un tren demasiado rápido para sus ojos

El asombro comenzó antes incluso de llegar a París. Desde Marsella, la delegación emprendió un largo recorrido por tierra que permitió a As-Saffar observar una Francia muy distinta de la capital que posteriormente lo deslumbraría. Miraba los campos, los pueblos y las casas, comparaba continuamente lo que encontraba con Marruecos y prestaba atención a detalles aparentemente menores que después incorporaría a su relato.

En ocasiones sus conclusiones estaban condicionadas por el momento del año. Al atravesar Francia en diciembre encontró campos menos verdes y fértiles que los marroquíes y señaló que tampoco había visto montañas comparables a las de su país. En otros momentos le sorprendió precisamente la ocupación del territorio, hasta observar que en determinados trayectos resultaba difícil avanzar sin encontrarse continuamente con una casa o una población. Nordman destaca esta manera de mirar como una de las particularidades del texto, porque As-Saffar parte constantemente de lo que tiene delante para intentar comprender el país en su conjunto.

Pero ninguna diligencia podía competir con lo que encontró después de Orléans. La última parte del camino hacia París la realizó en ferrocarril.

El tren lo maravilló. As-Saffar intentaba seguir con la mirada los indicadores colocados junto a la vía, pero la máquina avanzaba tan deprisa que no conseguía leerlos. El trayecto hasta París, recuerda Nordman al estudiar su relato, duró aproximadamente dos horas y media. Para un hombre procedente del Marruecos de mediados del siglo XIX, aquella velocidad era una demostración tangible de una transformación tecnológica que todavía no había llegado a su país.

La fascinación por la técnica reaparecería constantemente durante su estancia. As-Saffar observó máquinas, talleres y sistemas de impresión con una atención que iba mucho más allá de la curiosidad turística. La imprenta, que Marruecos no incorporaría hasta años después, lo impresionó especialmente. La pregunta que recorría su viaje era precisamente la que interesaba a la corte que lo había enviado, cómo habían conseguido los franceses aquel dominio de la técnica y cómo organizaban una sociedad tan diferente de la marroquí.

París, «centro de la civilización»

Nada, sin embargo, lo preparó completamente para París. La enormidad de la ciudad, sus fortificaciones, los jardines, las calles, las aceras, los muelles del Sena y el movimiento incesante de sus habitantes ocupan una parte importante de sus observaciones.

As-Saffar se fijó especialmente en los ómnibus que transportaban a los parisinos de un lugar a otro y en la extraordinaria circulación de personas y vehículos. Llegó a comparar las dimensiones de la capital francesa con Estambul y acabó definiendo París como el «centro de la civilización» respecto al resto de Francia. No era una afirmación abstracta. Durante semanas, la delegación fue conducida por un programa que incluía alrededor de medio centenar de visitas destinadas a mostrar a los marroquíes aquello que la monarquía de Luis Felipe consideraba la expresión de su progreso.

Pasaron por monumentos y palacios, pero también por lugares mucho más reveladores. Visitaron instituciones educativas y científicas, escuelas primarias, el Jardin des Plantes, el Collège de France, la École Polytechnique, el Conservatoire des Arts et Métiers, el Observatorio, la Biblioteca Real y la Imprenta Real. El recorrido incluyó además hospitales, prisiones, cuarteles, manufacturas y establecimientos industriales. Francia no enseñaba únicamente sus monumentos a los enviados de Moulay Abderrahmane. Les mostraba deliberadamente las instituciones sobre las que descansaba su poder.

As-Saffar miraba y tomaba notas.

Ese detalle es importante porque su relato no se convirtió en una simple enumeración de maravillas europeas. Quería saber cómo funcionaban. Se interesó por la educación de los niños, la organización de las instituciones, la vida cotidiana y las relaciones sociales. University of California Press resume precisamente el sentido profundo del texto mediante las preguntas que probablemente interesaban al sultán cuando esperaba conocer el contenido de aquel viaje, cómo habían alcanzado los franceses semejante poder, cómo educaban a sus hijos, cómo trataban a las mujeres y a los sirvientes y, en definitiva, por qué su civilización se había desarrollado de manera diferente.

Las mujeres, el teatro y unas comidas interminables

El París que descubre As-Saffar tampoco se reduce a máquinas e instituciones. Observa a sus habitantes con la misma atención y es precisamente ahí donde su personalidad aparece con mayor claridad.

Las mujeres francesas despiertan especialmente su curiosidad. As-Saffar comenta su presencia en la vida social y se detiene incluso en su belleza, mientras intenta comprender unas relaciones entre hombres y mujeres diferentes de las que conocía en Marruecos. Susan Gilson Miller destaca estas observaciones entre los pasajes en los que el hombre termina apareciendo detrás del diplomático y del erudito.

También descubre el teatro y la prensa, dos elementos de la vida parisina que llaman poderosamente su atención. No todo, sin embargo, despierta semejante entusiasmo. Las comidas francesas llegan a desesperarlo.

As-Saffar encuentra interminables las cenas y recepciones a las que debe asistir. En medio de una agenda cargada de ceremonias, encuentros mundanos y visitas oficiales, el tetuaní acaba aburrido ante unos rituales de mesa que parecían no terminar nunca. Es uno de esos pequeños detalles que hacen excepcional su relato, porque entre grandes reflexiones sobre la técnica, la educación o las instituciones aparece de repente un hombre cansado de permanecer durante horas sentado ante una mesa francesa.

Su relación con aquella sociedad tampoco fue de admiración incondicional. La religión marcaba uno de los límites más claros. En Aix-en-Provence, por ejemplo, la visión de una gran cruz provocó en él una reacción de rechazo y desconcierto. Como otros viajeros marroquíes anteriores, As-Saffar contemplaba Europa desde una formación islámica sólida y juzgaba determinadas prácticas cristianas desde sus propias referencias. La fascinación que sentía por el progreso material francés convivía así con profundas distancias culturales y religiosas.

La sombra de Argelia

Había además una realidad que ningún despliegue de modernidad francesa podía hacer desaparecer. Francia no era para As-Saffar únicamente el país del ferrocarril, de las escuelas y de las máquinas. Era también la potencia que ocupaba Argelia y que unos meses antes había combatido contra Marruecos.

El contexto político aparece de manera relativamente discreta en su relato, algo que Nordman atribuye en parte a las convenciones del género y al carácter de la propia misión diplomática. Sin embargo, hay momentos en los que esa realidad irrumpe. Durante sus visitas, As-Saffar contempla representaciones de la entrada de las tropas francesas en Argel y Constantina, imágenes que inevitablemente remitían a una historia todavía abierta y dolorosa para un viajero marroquí de 1845.

Su respuesta resulta especialmente inteligente. As-Saffar recuerda la historia de un hombre que había vencido a un león y posteriormente hizo representar su victoria en una pintura. Si el león hubiera sabido pintar, viene a decir, probablemente la escena habría sido muy diferente.

La anécdota resume perfectamente una parte de su viaje. Francia enseñaba a los visitantes marroquíes una determinada imagen de sí misma, la de una potencia moderna, organizada y victoriosa. As-Saffar la observaba, pero también sabía que quien produce el relato decide qué imagen permanece.

Y él estaba escribiendo el suyo.

Lo que Moulay Abderrahmane quería saber

La embajada abandonó Francia en marzo de 1846. Habían pasado apenas unos meses desde la llegada a Marsella, pero As-Saffar regresaba con páginas y páginas de notas sobre un país que había intentado comprender con una curiosidad poco habitual.

No sabemos hasta qué punto cada una de sus conclusiones respondió directamente a preguntas formuladas por Moulay Abderrahmane. Susan Gilson Miller plantea, sin embargo, que el interés del soberano por aquel relato estaba relacionado con una preocupación muy concreta. Marruecos acababa de experimentar directamente la superioridad militar francesa y necesitaba comprender de dónde procedía aquel poder. As-Saffar ofrecía algunas respuestas observando no solo los cañones o los soldados, sino también aquello que había detrás de ellos, las escuelas, la administración, la ciencia, la imprenta, las comunicaciones y la organización de la vida cotidiana.

Ahí reside probablemente la mayor singularidad de su viaje. As-Saffar no cruzó el Mediterráneo desde un Marruecos aislado que descubría Europa por primera vez. Procedía de una larga tradición diplomática e intelectual marroquí y pertenecía a una sociedad que mantenía desde hacía siglos contactos con el continente. Pero llegó a Francia precisamente cuando la diferencia tecnológica y militar entre ambas orillas estaba adquiriendo consecuencias cada vez más profundas.

Por eso miró el tren con tanta atención, estudió la imprenta, preguntó por las instituciones y describió las escuelas. Incluso sus observaciones aparentemente anecdóticas sobre las mujeres, las comidas o los ómnibus formaban parte de un esfuerzo más amplio por explicar a sus lectores cómo vivían aquellos franceses cuyo poder Marruecos acababa de experimentar en el campo de batalla.

Más de siglo y medio después, su relato permite invertir una imagen mucho más conocida del siglo XIX. Mientras numerosos europeos atravesaban el Mediterráneo para describir Marruecos y convertirlo en objeto de sus relatos de viaje, Muhammad as-Saffar recorrió Francia haciendo exactamente lo contrario. Desde Tetuán hasta París, fue él quien observó Europa, la comparó con su propio país y regresó a Marruecos para contar lo que había visto.

Por Faiza Rhoul
El 27/09/2026 a las 11h30