El 19 de octubre de 1690, Muhammad ibn Abd al-Wahhab al-Ghassani emprendió por orden de Moulay Ismaïl una misión diplomática hacia la España de Carlos II. No era un viajero cualquiera. Procedía de una familia de origen andalusí establecida en Marrakech y había ejercido como secretario en la corte de Meknès, donde era conocido también por su condición de hombre de letras, bibliófilo y calígrafo.
La misión se desarrollaba además en un momento particularmente delicado. Un año antes, en 1689, las fuerzas de Moulay Ismaïl habían recuperado Larache y hecho prisioneros a miembros de la guarnición española. La carta que el sultán entregó a Al-Ghassani para Carlos II, fechada el 20 de septiembre de 1690, vinculaba directamente la embajada con aquellos cautivos y con los marroquíes retenidos en España. El diplomático debía negociar su liberación y reclamar también manuscritos árabes procedentes de antiguas bibliotecas musulmanas de Al-Ándalus.
Al-Ghassani regresaría de España dejando su propia versión de aquel encuentro entre los dos reinos. Su Rihlat al-wazir fi iftikak al-asir, el «Viaje del ministro para la liberación de los cautivos», no es únicamente una crónica diplomática. El marroquí se detiene en las ciudades, las instituciones, las prácticas religiosas, la agricultura, los transportes, las posadas, la música, los mercados y hasta en la manera en que los españoles entendían el trabajo y la posición social.
La traducción francesa realizada por Henri Sauvaire en 1884, aunque parcial, permite todavía hoy seguir directamente buena parte de aquel viaje.
Las «maravillas» de España
Al-Ghassani explica desde el comienzo que desea conservar el recuerdo de las «maravillas» encontradas durante el viaje y de aquello «que deslumbra y subyuga». Escribe para que lo visto no desaparezca de su memoria, pero también para sus contemporáneos marroquíes, a quienes debe explicar qué había encontrado al otro lado del Mediterráneo y por qué había viajado hasta un territorio cristiano.
Su curiosidad aparece prácticamente desde el inicio del recorrido. Las ciudades no son para él simples escalas camino de Madrid. Mira cómo están construidas, quién vive en ellas y de qué viven sus habitantes. Al describir uno de los grandes centros comerciales por los que pasa, por ejemplo, se fija en la amplitud de las viviendas, el pavimento de las calles, los mercados y la intensidad del comercio. En otros lugares observa los cultivos o la ausencia de actividad mercantil.
Esa voluntad de comprender produce algunas de las escenas más singulares del relato. En Linares, varios religiosos invitan a la delegación marroquí a visitar un convento de monjas. Al-Ghassani acepta y empieza a preguntar. Quiere saber por qué aquellas mujeres viven encerradas, cómo se mantiene el convento y por qué algunas entran siendo todavía muy jóvenes.
Su explicación termina siendo sorprendentemente social. Al-Ghassani observa que una de las razones que empujaban a determinadas mujeres hacia la vida conventual era la dificultad de reunir la dote necesaria para casarse. También distingue entre quienes habían escogido aquella vida religiosa, quienes pertenecían a familias nobles y quienes habían sido confiadas temporalmente a un convento por sus familias. Durante su paso por Sevilla recuerda incluso haber visto a una muchacha de unos catorce años que permanecía allí hasta que llegara el momento de contraer matrimonio.
No significa que contemple aquello con neutralidad. Al-Ghassani es un musulmán del siglo XVII profundamente convencido de su fe y sus páginas contienen juicios muy duros sobre el cristianismo. Precisamente ahí reside parte del interés histórico del texto. Su mirada tiene prejuicios, certezas y límites propios de su tiempo, de la misma manera que los viajeros europeos que describían Marruecos lo hacían desde sus propias categorías religiosas y culturales.
En Madrid llega incluso a mantener una discusión con un eclesiástico que hablaba árabe acerca de la naturaleza de Cristo y la Trinidad. Al-Ghassani despliega sus argumentos, el sacerdote mantiene los suyos y ninguno consigue convencer al otro. El episodio ocupa suficiente espacio en su relato como para mostrar hasta qué punto aquel viaje diplomático se convirtió también en un encuentro intelectual, aunque frecuentemente áspero, entre dos universos religiosos.
Mientras miraba España, España lo miraba a él
La curiosidad funcionaba además en ambas direcciones. La llegada de una embajada de Moulay Ismaïl constituía también un acontecimiento para la sociedad española. Al-Ghassani era observado mientras él observaba.
En Madrid entró en contacto con la corte de Carlos II, pero su interés se extendió mucho más allá de los salones reales. Analizó incluso la estructura social española y llegó a una conclusión poco halagadora sobre la relación del país con el comercio. A su juicio, numerosos españoles aspiraban a empleos vinculados al Estado, al ejército o a la nobleza y consideraban determinadas profesiones mercantiles por debajo de su condición. Al-Ghassani compara esa actitud con la de ingleses, holandeses, franceses, flamencos y genoveses, a quienes veía mucho más volcados hacia el comercio.
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La observación resulta especialmente interesante porque demuestra hasta dónde llegaba su curiosidad. El enviado de Moulay Ismaïl no estaba en España únicamente para contemplar edificios o negociar un intercambio de cautivos. Intentaba entender de dónde procedía la riqueza, quién trabajaba, quién comerciaba y cómo funcionaban las jerarquías de la sociedad que tenía delante.
Una España construida sobre las huellas de Al-Ándalus
Sin embargo, había otra España que acompañaba constantemente a Al-Ghassani. Su propio nombre aparece asociado al origen andalusí de su familia y el recuerdo de Al-Ándalus atraviesa su recorrido. El viajero conoce aquella historia, cita sus personajes y busca sus vestigios en las ciudades por las que pasa.
Ya al hablar de Gibraltar comienza recordando a Tariq ibn Ziyad y la conquista de la península. Pero es al adentrarse en las antiguas ciudades andalusíes cuando esa memoria adquiere otra dimensión.
Toledo constituye uno de los mejores ejemplos. Al-Ghassani observa que las murallas y determinadas calles conservan todavía vestigios de la época musulmana. Se fija en las casas y, sobre todo, en las inscripciones árabes que encuentra esculpidas en techos y paredes. La ciudad cristiana que tiene delante contiene para él otra ciudad que todavía puede leerse bajo su superficie.
La antigua mezquita convertida en catedral lo impresiona especialmente. La considera una de las «maravillas del mundo» y describe su construcción, su antiguo alminar y las campanas colocadas posteriormente por los cristianos. Sus comentarios vuelven a revelar la mirada religiosa del autor, que expresa abiertamente el deseo de que aquel edificio vuelva algún día al culto musulmán.
No estamos, por tanto, ante una nostalgia reconstruida siglos después por historiadores. Está dentro del propio relato de un marroquí que recorría España en 1690 y 1691, apenas ocho décadas después de la expulsión de los moriscos.
El Escorial y los libros de Al-Ándalus
El Escorial reunía casi todas las dimensiones de aquel viaje. Era una demostración del poder de la monarquía española, un lugar que Carlos II quería mostrar a sus visitantes y, al mismo tiempo, el depósito de parte del patrimonio escrito que interesaba a Moulay Ismaïl.
Al-Ghassani queda impresionado por las dimensiones del complejo y describe sus enormes bloques de piedra, las escuelas destinadas a la formación religiosa y los estudios que allí se impartían. Incluso encuentra motivos para elogiar personalmente a algunos de sus interlocutores cristianos. De uno de los responsables religiosos del Escorial recuerda su carácter amable y afable y cuenta que continuó visitando a la delegación marroquí cuando viajaba a Madrid.
Pero allí estaban también los manuscritos árabes. El artículo de Zamane recoge la tristeza con la que Al-Ghassani contempla aquellos volúmenes procedentes de antiguas colecciones musulmanas de Córdoba, Sevilla y otros lugares, aunque señala asimismo algo que introduce un matiz revelador en su juicio sobre España. El diplomático reconocía que los españoles eran conscientes del valor de la aportación intelectual de la civilización árabe y musulmana y preservaban aquellas obras.
Ese episodio resume buena parte de la complejidad del personaje. Al-Ghassani podía mostrarse implacable ante las creencias cristianas y, al mismo tiempo, apreciar el trato recibido por determinados españoles. Podía criticar la economía del país mientras estudiaba con atención sus instituciones y podía contemplar con dolor la transformación del legado andalusí mientras reconocía que parte de él había sido conservado.
Su rihla no es por ello una descripción objetiva de España en el sentido contemporáneo del término, ni tendría sentido exigirle que lo fuera. Es algo históricamente más interesante. Es la España de 1690 tal como la vio un intelectual y diplomático marroquí del tiempo de Moulay Ismaïl.
Durante siglos, buena parte del relato de las relaciones entre Europa y el Magreb se construyó alrededor de europeos que viajaban hacia el sur y escribían sobre aquello que encontraban. Al-Ghassani recuerda que la curiosidad también cruzaba el Estrecho en dirección contraria. Antes de que el viaje europeo a Marruecos se convirtiera en todo un género, un secretario de la corte de Meknès ya recorría la España de Carlos II preguntando, comparando y anotando cuanto le sorprendía.
Y quizá ahí reside lo más valioso de su historia. Moulay Ismaïl lo había enviado a España para negociar con un rey, recuperar hombres y reclamar libros. Al-Ghassani volvió además con otra cosa, un retrato de la sociedad que había encontrado al otro lado del Estrecho y una de las raras ocasiones en las que podemos contemplar la Europa del siglo XVII desde una mirada marroquí.
