Ahmad ibn al-Mahdi al-Ghazzal, un marroquí por la España de Carlos III

El 06/09/2026 a las 10h30

En 1766, el sultán Sidi Mohammed ben Abdallah envió a Ahmad ibn al-Mahdi al-Ghazzal a España con una misión que acabaría llevándolo por más de medio centenar de ciudades y localidades. De Sevilla a Córdoba, de Madrid a Segovia y de Toledo a Granada, el diplomático observó la sociedad española, negoció ante Carlos III y buscó las huellas de Al-Ándalus. El relato que dejó de aquel viaje permite hoy contemplar la España del siglo XVIII desde una perspectiva mucho menos habitual, la de un intelectual marroquí que cruzó el Estrecho para mirar, comprender y contar el país vecino.

En la primavera de 1766, una delegación marroquí cruzó el Estrecho rumbo a la corte de Carlos III. Entre sus integrantes viajaba Ahmad ibn al-Mahdi al-Ghazzal, hombre de letras establecido en Fès que terminaría encabezando una de las misiones diplomáticas más singulares de la historia de las relaciones entre Marruecos y España.

Al-Ghazzal había nacido hacia 1726 y su propio nombre conservaba una historia que adquiriría un significado particular durante aquel viaje. En los manuscritos aparece también como Ahmad ibn al-Mahdi al-Ghazzal al-Andalusi al-Malaqi, es decir, el andalusí, el malagueño, en referencia al origen de su familia. Cuando atravesó Andalucía siglos después de la desaparición de Al-Ándalus, por tanto, no estaba recorriendo únicamente un país extranjero. En sus ciudades buscaba también las huellas de una historia familiar y colectiva que permanecía viva al otro lado del Estrecho.

Así lo explica Travis Landry en la introducción de The Fruits of the Struggle in Diplomacy and War, la primera traducción íntegra al inglés del relato de Al-Ghazzal, publicada por Bucknell University Press en 2017. El investigador subraya la profunda nostalgia que despierta en el diplomático marroquí el pasado islámico de Andalucía y recuerda que el viaje constituye además un documento excepcional para observar la Europa del siglo XVIII «a través de ojos árabes». La edición fue elaborada a partir de un texto árabe establecido mediante seis manuscritos parciales, mientras que otras copias de la obra se conservan o han sido documentadas en Rabat, Fès, Madrid, París, Londres, Túnez y Argel.

Un nuevo capítulo entre Marruecos y España

La misión tenía objetivos muy concretos. Sidi Mohammed ben Abdallah quería recuperar a musulmanes cautivos en España y manuscritos islámicos, además de consolidar una nueva etapa de relaciones con el país vecino. Carlos III buscaba por su parte reforzar la seguridad en el Estrecho, desarrollar los intercambios comerciales con Marruecos y garantizar determinados intereses económicos españoles.

La aproximación había comenzado antes de la llegada de Al-Ghazzal. La edición de Landry relata cómo el soberano marroquí liberó a los religiosos españoles Simón Hidalgo Peñafiel y Antonio Ortiz y los envió a España con una carta y regalos destinados a Carlos III. Madrid respondió enviando a Marruecos al franciscano Bartolomé Girón, que conocía el país y se reunió personalmente con Sidi Mohammed ben Abdallah en febrero de 1766. De aquellos contactos nació finalmente la propuesta de recibir en España a una embajada marroquí para negociar directamente las cuestiones pendientes entre ambos reinos.

La elección de Al-Ghazzal para dirigirla no está completamente esclarecida. Landry recoge la hipótesis de que inicialmente debía acompañar la misión como escribano y de que otros dos altos responsables habían sido elegidos para encabezarla. Las dificultades de estos últimos para desenvolverse ante determinadas leyes y costumbres cristianas habrían llevado a modificar la composición de la embajada. Los documentos no permiten reconstruir con absoluta certeza cómo se produjo el cambio, pero una carta fechada el 28 de mayo de 1766 muestra ya a Al-Ghazzal al frente de la misión.

No era únicamente un funcionario de la corte. Un estudio de Nidal Chebbak sobre la literatura marroquí de viajes lo presenta como escribano y hombre de letras y recuerda que acabaría desempeñando durante años un papel central en la diplomacia de Mohammed III con España. Se conservan, además de su relato de viaje, decenas de cartas relacionadas con aquella actividad diplomática.

Más de cincuenta ciudades bajo la mirada de un marroquí

El encuentro con Carlos III era el principal objetivo político de la misión, pero Sidi Mohammed ben Abdallah había encargado a Al-Ghazzal algo más que negociar. El propio diplomático lo explica al comienzo de Natijat al-Ijtihad fi al-Muhadana wa-l-Jihad. El sultán le había ordenado dejar por escrito «todo lo que oí, vi, comprendí y aprendí en esta afortunada expedición», además de relatar cuanto encontrara en las ciudades y pueblos recorridos y dar cuenta de aquello que observara durante su estancia y su viaje.

El encargo convirtió aquella misión diplomática en un excepcional relato de la España del siglo XVIII vista desde Marruecos. Al-Ghazzal permaneció aproximadamente un año fuera del país y recorrió más de medio centenar de ciudades y localidades. Pasó por Algeciras, Tarifa, Jerez y Sevilla, continuó hacia Córdoba y atravesó La Mancha hasta alcanzar Madrid y La Granja de San Ildefonso. Después conocería Segovia, El Escorial, Aranjuez y Toledo, mientras que el regreso lo llevó por Murcia, Cartagena y Granada antes de volver hacia Cádiz y emprender el camino de vuelta a Marruecos. El índice de la edición preparada por Travis Landry permite reconstruir prácticamente etapa por etapa aquel extraordinario recorrido.

Al-Ghazzal no se limitó a describir el paisaje. Como explica Landry en su estudio introductorio, se interesó por los responsables locales que encontraba, las manufacturas, las carreteras, los hospitales y las obras que se realizaban entonces en el Palacio Real de Madrid. Esa curiosidad encajaba además con la personalidad del soberano que lo había enviado. Sidi Mohammed ben Abdallah mantenía contactos con comerciantes y religiosos europeos y se interesaba por obras de geografía, astronomía, navegación, ingeniería y técnicas militares. La embajada de 1766 formaba así parte de un Marruecos que no solo negociaba con Europa, sino que quería conocerla.

En ese recorrido había, sin embargo, lugares que tenían para Al-Ghazzal un significado particular. Su nombre completo, Ahmad ibn al-Mahdi al-Ghazzal al-Andalusi al-Malaqi, remitía al origen andalusí y malagueño de su familia, y su paso por Andalucía estuvo marcado por la búsqueda de las huellas de Al-Ándalus. La introducción de The Fruits of the Struggle in Diplomacy and War identifica precisamente esa memoria como uno de los rasgos más singulares de su relato. Córdoba y Granada no eran únicamente dos etapas más del camino, sino lugares en los que el viajero marroquí se encontraba ante los vestigios de una historia que sentía también como propia.

Después de meses de viaje, Al-Ghazzal llegó finalmente a La Granja de San Ildefonso, donde fue recibido por Carlos III. Landry relata que el elaborado ceremonial de la corte no consiguió desorientarlo ni intimidarlo. El diplomático preparó cuidadosamente su intervención y recurrió a su habilidad con la palabra para ganarse la buena disposición del monarca español. De aquel encuentro y de las negociaciones entre ambos reinos surgiría el Tratado de Paz y Comercio de 1767, posteriormente ratificado en Marrakech, en un proceso que permitió también el regreso de cientos de cautivos musulmanes, uno de los grandes objetivos de la misión.

El verdadero Gazel antes de las Cartas marruecas

La historia de aquel viaje guarda además una inesperada prolongación en la literatura española. Años después de la visita de la embajada, José Cadalso escribió Cartas marruecas, una de las obras fundamentales de la prosa española del siglo XVIII. Su artificio literario consistía precisamente en observar España a través de un extranjero marroquí que comentaba sus costumbres y contradicciones.

El personaje de Cadalso se llamaba Gazel. La coincidencia no ha pasado inadvertida para los investigadores. Landry dedica una parte importante de su introducción a la relación entre la visita histórica de Al-Ghazzal y la obra de Cadalso y recuerda que la embajada marroquí había despertado considerable atención en la España de la época. La proximidad del nombre Gazel con Al-Ghazzal y, sobre todo, la elección de un viajero marroquí como instrumento para observar críticamente la sociedad española han llevado a considerar aquella misión como uno de los antecedentes que deben tenerse en cuenta al estudiar Cartas marruecas.

La comparación encierra una curiosa paradoja. El marroquí imaginado por un escritor español terminó convertido en un personaje canónico de la literatura española, mientras que el marroquí que realmente había atravesado el país, conversado con sus habitantes, buscado las huellas de Al-Ándalus y negociado frente a Carlos III permaneció durante mucho tiempo prácticamente desconocido fuera de Marruecos y de los especialistas.

Su voz, sin embargo, nunca desapareció del todo. Chebbak recuerda que el relato continuó circulando y copiándose en Marruecos después de la muerte de su autor, mientras que la dispersión de sus manuscritos por bibliotecas de varios países demuestra la supervivencia de una obra que hoy permite reconstruir aquella mirada con una precisión excepcional.

Durante siglos fueron incontables los viajeros europeos que cruzaron el Estrecho y escribieron sobre Marruecos para explicar a sus lectores cómo eran sus ciudades, sus habitantes y sus costumbres. El relato de Ahmad ibn al-Mahdi al-Ghazzal recuerda que aquella curiosidad nunca circuló en una sola dirección. En 1766, un intelectual procedente de Fès recorrió la España de Carlos III con la misma voluntad de observar, comparar y comprender. Y antes de que José Cadalso imaginara a su Gazel contemplando España desde fuera, un Al-Ghazzal de carne y hueso ya la había recorrido y había dejado escrita su propia versión.

Por Faiza Rhoul
El 06/09/2026 a las 10h30