Hay libros que alinean biografías. Y luego hay otros que, a través de vidas singulares, reconstruyen una memoria colectiva. «100 marroquíes que hicieron la Historia», de Mouna Hachim (ed. Le360, mayo de 2026), pertenece a esta segunda categoría. La obra no se limita a desfilar cien nombres ilustres o desconocidos. Propone otra manera de mirar Marruecos: no como una historia fijada en algunas fechas, algunas dinastías y algunas batallas, sino como una larga travesía humana, hecha de alianzas, rupturas, saberes, resistencias y transmisiones.
La originalidad del proyecto reside, en primer lugar, en su elección narrativa. Mouna Hachim hace dialogar figuras procedentes de épocas, entornos, religiones y estatus sociales muy diferentes. Reyes antiguos, mujeres de poder, sabios musulmanes, pensadores judíos, geógrafos, médicos, matemáticos, corsarios, místicos, inventores y estrategas se responden de un siglo a otro. Juntos, dibujan un Marruecos abierto, complejo, dinámico, inscrito en las grandes circulaciones de su tiempo.
De una serie audiovisual a un fresco histórico
Este proyecto nació de una serie audiovisual semanal difundida durante dos años y medio, con versiones en francés y árabe en Le360. Al convertirse en libro, cambia de dimensión. Los retratos han sido enriquecidos, reescritos y contextualizados. Cada capítulo reconstruye una trayectoria, pero también una época. No se lee solo lo que hizo un personaje; se entiende lo que revela de un momento histórico. La Antigüedad, la Edad Media, el Renacimiento y la Edad Moderna se convierten en espacios de tensión donde se juegan equilibrios políticos, conflictos religiosos, circulaciones científicas y mestizajes culturales.
En los orígenes: un Marruecos ya en el corazón de los imperios
Desde los primeros retratos, la obra recuerda que el Marruecos antiguo nunca fue una periferia pasiva. Baga, rey de los mauros en el siglo III antes de nuestra era, aparece como uno de los primeros soberanos cuyo nombre ha conservado la historia. En el contexto turbulento de la Segunda Guerra Púnica, no se presenta como un jefe local aislado, sino como un actor diplomático capaz de influir en las relaciones de fuerza entre los reinos bereberes, Cartago y Roma.

Mouna Hachim recuerda que el joven Masinisa, entonces en dificultades frente a Sifax, encontró en él un aliado decisivo: «aislado, en fuga, sin aliados, encontró en Baga un apoyo providencial; este respondió a sus súplicas no por simple compasión, sino por lucidez estratégica». El envío de «4.000 mauros» permitió así a Masinisa «atravesar sin dificultad el territorio de Sifax, rey de Numidia occidental». El gesto es más que una ayuda militar. Revela a un soberano capaz de leer las relaciones de fuerza y transformar una alianza en un acto político mayor.
Siglos después, Youlian, conocido como el conde Julián, prolonga esta idea de un Marruecos situado en la encrucijada de los imperios. Gobernador de Ceuta, situada entre Bizancio, los reinos bereberes y la expansión islámica, encarna el poder de los márgenes. Mouna Hachim escribe: «en 708, Youlian sella un acuerdo con el general omeya Musa ibn Nusayr. Llega incluso a facilitar la entrada de las tropas árabo-bereberes en Al-Ándalus, entonces bajo dominación visigoda, aunque las razones de su rebelión contra estos siguen siendo debatidas por los historiadores». A través de Baga, Youlian y otras figuras de la Antigüedad, el libro muestra que los territorios marroquíes participaron muy pronto en los grandes cambios del mundo mediterráneo.
Mujeres en el corazón del poder
Uno de los aportes más importantes del libro reside en el lugar otorgado a las mujeres. No como personajes secundarios, esposas o madres de figuras célebres, sino como auténticas actoras políticas a pleno derecho. Kenza al-Aourabiya, apodada la Volubilitana, es uno de los ejemplos más poderosos. Esposa amazigh de Idris I y madre de Idris II, desempeña un papel decisivo en la continuidad de la dinastía idrisí. Tras el asesinato de Idris I, estando embarazada, su estatus, sus redes y su inteligencia política permiten proteger al hijo por nacer.
Mouna Hachim resume así su alcance histórico: «Kenza aseguró a Marruecos la continuidad de un linaje perseguido en Oriente, encarnando por sí sola esa alianza fundadora entre tribus amazigh y descendencia profética, y expresando la profunda interpenetración étnica, política y cultural que modela, hasta hoy, la identidad marroquí». Kenza no es, por tanto, solo una madre fundadora. Es el punto de anclaje de una nueva legitimidad política.
Atika, descendiente de Idris II, confirma esta presencia activa de las mujeres en los momentos de crisis. En el siglo IX, cuando el poder idrisí vacila, interviene ante las tribus para restaurar la autoridad dinástica. La autora la describe como una figura decisiva: «Restauradora de un poder vacilante, estratega lúcida y consejera escuchada, fue, en la sombra como en la luz, una actriz central, recordando que la Historia nunca se escribe sin las mujeres». Su retrato recuerda una evidencia demasiado a menudo olvidada: las dinastías no se mantienen solo por las espadas y los tratados, sino también por las lealtades y la inteligencia política de mujeres durante mucho tiempo borradas de las crónicas.
Zhor la wattásida pertenece a esta misma línea de figuras femeninas de poder. Durante el interregno de 1470-1471, gobierna Fez mientras Abou Mohammed Cheikh está retenido prisionero. En una ciudad marcada por rivalidades y facciones, logra mantener el orden y ejercer una autoridad directa. El caso es raro, y tanto más valioso. Muestra que la historia política marroquí no puede reducirse a una sucesión masculina.
Sayyida al-Hurra, la soberana de los mares
Con Sayyida al-Hurra, gobernante de Tetuán en el siglo XVI, el relato adquiere una dimensión marítima. En un Mediterráneo dominado por los otomanos, los portugueses y los españoles, impone un poder autónomo en tierra y en mar. Tetuán se convierte bajo su autoridad en un foco de resistencia y diplomacia: «En Tetuán, ciudad renacida tras la reconquista de Al-Ándalus, Sayyida al-Hurra se impuso no solo como soberana política, sino también como estratega marítima, diplomática e interlocutora de las potencias europeas. Fue una de las muy raras mujeres de la historia islámica en gobernar una ciudad en su propio nombre —y la única en dirigir una flota corsaria». Su nombre, «la Dama Libre», parece resumir por sí solo su destino. No fue la compañera de un rey, sino una soberana, una estratega y una dueña de los mares.
Cuando Marruecos inventaba, calculaba y cartografiaba el mundo
El libro concede también un lugar destacado a los sabios y a los inventores. Recuerda que Marruecos fue una tierra de ciencias, de cálculo, de geografía, de gramática y de astronomía. Al-Idrissi, geógrafo del siglo XII, es presentado como un pionero de la cartografía mundial. Al servicio del rey normando Roger II, realiza una representación del mundo en forma de globo de plata y compone el «Nuzhat al-mushtāq», obra monumental que recoge miles de topónimos y numerosos mapas regionales. Al corregir los errores heredados de Ptolomeo y describir con precisión los climas, las rutas, las producciones y los territorios, Al-Idrissi da al mundo medieval una nueva inteligencia del espacio.
Abou Bakr al-Hassar, en el siglo XII, encarna otra forma de modernidad. Matemático, se le asocia con el uso de la notación simbólica de las fracciones. Su barra de fracción, sus cifras ghubar y sus manuales pedagógicos atravesaron los siglos e influyeron en las matemáticas europeas. Mouna Hachim escribe: «En el silencio de los manuscritos y el olvido de los siglos, Abou-Bakr al-Hassar sentó, desde el siglo XII, las bases de la escritura matemática moderna. Su barra de fracción, su uso de las cifras ghubar y sus manuales precisos y pedagógicos atravesaron los siglos y los continentes». El libro tiene el mérito de recordar que algunas revoluciones del saber no nacen siempre en el estruendo de los grandes descubrimientos, sino en la precisión de un signo.
Leer también : SIEL 2026: el exilio y la memoria a través del relato de Abdellah Ben Mlih y Mohamed Loubani
Ibn al-Yasamin, el «poeta de los números», ocupa un lugar singular en esta historia. Nacido de padre negro y madre bereber, formado en Sevilla y luego sabio en Marrakech, compone poemas didácticos destinados a transmitir el álgebra y la geometría. Sumar, restar, extraer raíces, comprender operaciones complejas: en él, las matemáticas se cantan tanto como se demuestran. Su trayectoria dice algo esencial sobre la circulación de los saberes entre Al-Ándalus, el Magreb y África.
De los manuscritos a las estrellas
Ibn al-Banna, matemático de Marrakech nacido en el siglo XIII, prolonga esta tradición científica. Sus trabajos en aritmética, astronomía y cálculo marcaron a los sabios del Magreb y de Egipto. Mejora los métodos de cálculo de las raíces cuadradas, trabaja sobre las fracciones y desarrolla prácticas combinatorias que anuncian nociones posteriores. El hecho de que un cráter lunar lleve hoy su nombre dice bastante sobre el alcance duradero de su legado.
Junto a los matemáticos, la obra pone de relieve a transmisores de lengua y saber. Ibn Aguerroum, gramático originario de Fez, es autor de la «Ajurrūmiyya», manual conciso que se convertirá en uno de los textos básicos para el aprendizaje de la gramática árabe en el mundo islámico. En cuanto a Mohamed ben Soulaymane Roudani, sabio del siglo XVII originario de Tarudant, aparece como el maestro del astrolabio. Sus instrumentos de alta precisión, sus tratados de astronomía y su astrolabio esférico dan testimonio de un Marruecos capaz de producir saberes técnicos refinados, en la encrucijada de la observación, el cálculo y la invención.
La gran contribución de los judíos marroquíes
Otra fuerza de «100 marroquíes que hicieron la Historia» es hacer plenamente visible la contribución de los judíos marroquíes a la vida intelectual del país. Entre una decena de retratos, citemos a Joseph ibn Aknin, médico y filósofo del siglo XII, presentado como uno de los mayores discípulos de Maimónides. Instalado en Fez tras abandonar Al-Ándalus, comenta los escritos de su maestro y lleva después una vida itinerante entre el Magreb y Siria. Su trayectoria recuerda que las comunidades judías marroquíes no fueron solo comunidades de transmisión religiosa, sino también focos de filosofía, medicina, correspondencia erudita e influencia intelectual.
Judah ben Nissim ibn Malka, cabalista del siglo XIV, ilustra esta densidad del pensamiento judío en el Marruecos meriní. Viviendo en Fez, escribiendo en árabe, nutrido de tradición rabínica, neoplatonismo y astrología, compone una obra compleja, entre ellas «Uns al-Gharib», diálogo entre el autor y su alma. Mouna Hachim señala sobre él: «Judah ben Nissim sigue siendo presentado como uno de los primeros cabalistas en conceder un lugar central a la astrología en sus escritos sobre la Cábala. Probablemente habría influido en este sentido en cabalistas posteriores, como Samuel ibn Motot o el español Joseph ben Abraham ibn Waqar. Judah ibn Nissim ocupa también un lugar aparte como uno de los primeros cabalistas de África del Norte». A través de él, la historia intelectual marroquí se escribe en la pluralidad de lenguas, creencias y horizontes espirituales.
Médicos, maristanes y ciencia del cuidado
El libro tampoco olvida a los médicos y eruditos de la salud. Aïcha bint al-Jayyar, que vivió en Ceuta en el siglo XIV, aparece como una de las primeras mujeres médicas de Marruecos. Médica, farmacéutica y partera, da testimonio de la presencia femenina en las prácticas médicas medievales. Mouna Hachim escribe: «Se la menciona como médica consumada, farmacéutica avisada, dominando tanto el arte de curar como la ciencia de los remedios».
Su retrato se inscribe en un contexto más amplio: el de los maristanes meriníes, establecimientos sanitarios fundados en Salé, Marrakech, Safi, Taza, Mequinez o Fez. La autora recuerda que en aquella época «los meriníes fundaron varios establecimientos sanitarios, llamados maristán, en Salé, Marrakech, Safi, Taza, Mequinez o Fez. El más célebre sigue siendo sin duda el de Sidi Frej, fundado en 1286 por el sultán Abou-Youssef Yaâqoub. Habría servido de modelo para la creación del primer establecimiento psiquiátrico en Occidente, precisamente en Valencia en 1410». Esta tradición médica y hospitalaria muestra que el cuidado, la farmacología y la atención a los enfermos ocupaban un lugar importante en el Marruecos medieval.
Ibn Haydour, otra gran figura médica, llama la atención por la modernidad de su mirada sobre las epidemias. Su nombre volvió a la actualidad en el momento de la pandemia de Covid-19, debido a su tratado dedicado a las enfermedades pestilenciales. Frente a la peste que asola el Magreb en el siglo XIV, observa, describe, clasifica los síntomas y propone medidas de prevención, entre ellas el aislamiento de los enfermos y la distanciación. Su enfoque racional recuerda que la medicina magrebí produjo muy pronto reflexiones concretas sobre el contagio y la protección de las poblaciones.
Leer también : Publicación. «Pigiste au Monde» de Tahar Ben Jelloun: crónica de una iniciación
Ahmed al-Gueznay fue médico de los sultanes meriníes, farmacólogo, químico, filósofo y poeta; encarna una concepción del saber en la que las disciplinas no están compartimentadas. Curar, componer, aconsejar, experimentar: todo ello pertenece en él a una misma búsqueda de inteligencia del mundo.
Una historia plural, lejos de los relatos rígidos
A lo largo de estos retratos, de los que hemos presentado una ínfima parte, se impone una idea: la historia de Marruecos no puede contarse con una sola voz. Está hecha de estratos, de pasos, de lenguas y de memorias entrelazadas. Pertenece a los soberanos y a los sabios, a las mujeres olvidadas y a los hombres de ciencia, a los musulmanes y a los judíos, a los amazighs, a los árabes, a los andalusíes, a los africanos, a la gente de mar, a los constructores de ciudades y a los transmisores de textos.
Es esta pluralidad la que Mouna Hachim restituye con paciencia. Su libro no cierra el relato nacional; lo abre. Da ganas de buscar más lejos, de releer las fuentes, de recuperar los nombres borrados, de comprender los vínculos entre los lugares, las familias, las lenguas y los saberes. En ello, «100 marroquíes que hicieron la Historia», que se detiene con el último personaje, el resistente Assou ou Baslam, en 1960, no es solo una obra de divulgación histórica. Es una invitación a reapropiarse de una memoria más vasta que la que a menudo se enseña.
Al final, estas cien vidas no forman un panteón inmóvil. Componen una lección de movimiento. Dicen que Marruecos se construyó por las rutas tanto como por las raíces, por los márgenes tanto como por los centros, por las mujeres tanto como por los hombres, por los sabios tanto como por los soberanos. Al restituir estas trayectorias a la memoria común, Mouna Hachim recuerda algo esencial: un país nunca se cuenta mejor que cuando acepta toda la riqueza de quienes lo hicieron.
Presentación del libro: Casablanca: jueves 30 de abril de 2026 en el Hotel Hyatt Regency, 19:00 (por invitación).Rabat: martes 5 de mayo de 2026 en el SIEL, 12:30 (entrada libre).
«100 marroquíes que hicieron la Historia – De los orígenes a los albores del siglo XX», Mouna Hachim, 514 páginas, ediciones Le360. Precio: 250 dirhams. Disponible en librerías (por encargo) y en ediciones Le360.
