Adaptar un nuevo ritmo de vida
Para evitar mareos, náuseas o sensación de agobio durante los episodios de calor extremo, lo mejor es limitar al máximo las salidas y las actividades entre el mediodía y las 16h, cuando las temperaturas alcanzan su punto más alto. Durante esa franja horaria, el organismo ya utiliza gran parte de su energía para mantener estable su temperatura interna.
Exigirle un esfuerzo adicional —comer en una terraza, hacer compras a pleno sol o practicar deporte en mitad del día— no es recomendable. Lo ideal es adaptar el ritmo de vida al termómetro. La canícula impone, en cierto modo, otra temporalidad: se baja el ritmo, se sale más tarde y se reorganiza la jornada en función del calor. Inútil luchar contra el clima; es preferible aprender a convivir con él.
Refrescar inteligentemente el interior de casa
A diferencia de lo que muchos creen, un ventilador no enfría realmente una vivienda ni reduce la temperatura de una habitación. En un apartamento recalentado, se limita sobre todo a mover aire caliente de manera continua, lo que incluso puede aumentar la deshidratación.
La verdadera estrategia consiste en impedir que el calor entre en casa. Para ello, conviene cerrar persianas durante el día —o, en su defecto, utilizar cortinas opacas— y ventilar la vivienda temprano por la mañana y tarde por la noche para dejar entrar el aire más fresco.
Elegir bien las bebidas
Durante las olas de calor, el primer reflejo suele ser consumir bebidas heladas. Sin embargo, esta costumbre está lejos de ser ideal. Tras el alivio inmediato que produce el frío, el cuerpo puede acabar sintiendo todavía más calor.
La explicación es sencilla: después de ingerir una bebida helada, el organismo debe realizar un esfuerzo adicional para recuperar su temperatura interna. Por ello, es preferible optar por bebidas a temperatura ambiente, que garantizan una hidratación más duradera.
También se aconseja limitar refrescos y cócteles muy azucarados, ya que favorecen la sensación de fatiga y aumentan la deshidratación.
Adaptar la alimentación
Durante la canícula resulta difícil seguir comiendo igual que el resto del año. Conviene dejar de lado platos pesados, frituras, salsas espesas y comidas demasiado copiosas.
Cuando suben las temperaturas, el cuerpo pide justamente lo contrario: agua, frescura y alimentos fáciles de digerir. Porque la digestión genera calor y, en plena ola de calor, el organismo ya funciona bajo presión térmica.
En la mesa, lo más recomendable es optar por una alimentación ligera e hidratante: frutas ricas en agua, verduras crudas, pescado, ensaladas, yogures y hierbas frescas. La idea ya no es únicamente alimentarse, sino también ayudar al cuerpo a soportar mejor las altas temperaturas.
Beber incluso sin tener sed
Durante los episodios de calor extremo, hidratarse regularmente se vuelve esencial, sin esperar a sentir sed, una señal que suele llegar demasiado tarde.
Cuando aparece esa sensación, el organismo ya ha empezado a sufrir falta de agua. Y, contrariamente a lo que se suele pensar, la deshidratación no afecta únicamente a las personas mayores.
Cansancio repentino, dolores de cabeza, dificultades de concentración, piel seca o sensación de debilidad pueden ser las primeras señales de un déficit de hidratación.
