En Argel no se pronuncia la palabra «Francia» sin añadirle «neocolonial». Se censura su presencia en el Sahel, se celebra su marcha y se sospecha que está detrás de cada incendio, cada revuelta y cada youtuber. Y ahora, según Jeune Afrique, citado por el sitio especializado Zone Militaire, el Ejército Nacional Popular se dispone a instalarse en Madama, en el norte de Níger, a unos cien kilómetros de Libia. Se trata de una base avanzada construida por la operación francesa Barkhane. El régimen lleva décadas exigiendo que Francia abandone el Sahel. No precisó que era para quedarse con el piso.
Cabe imaginar la entrega de llaves. Los barracones prefabricados siguen ahí, también los generadores; quizá quede algún cartel de «Prohibido fumar» en francés. El comandante argelino recorre la propiedad y anota en su informe: base del enemigo de ayer, estado correcto, ninguna señal de arrepentimiento. Cambian los guardias, el cuartel permanece y la «soberanía» se instala entre los muros que antes denunciaba.
Falta saber qué se propone defender allí. Barkhane esgrimía, al menos, un noble pretexto: la lucha contra el terrorismo. El Ejército argelino ni siquiera se ha tomado esa molestia. Según la prensa argelina, su misión consiste en «proteger infraestructuras energéticas y no entrar en combate». Los presidentes de los grupos parlamentarios han sido aún más claros: se trata de «proteger los intereses energéticos». Los de Sonatrach, presente en Níger en el bloque de Kafra y que aspira también al de Bilma. Durante años se reprochó a París que enviara soldados al Sahel para proteger el uranio de Orano. Argel envía a los suyos para proteger el petróleo de Sonatrach. La única diferencia está en el color de la bandera que ondea sobre la torre de perforación.
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La secuencia merecería estudiarse en las facultades de Ciencias Políticas, en el apartado de «democracia exprés». El 21 de octubre se firma un acuerdo de defensa. El presidente informa al Parlamento el día 22. Los diputados reciben la convocatoria por SMS. Votan el 25, a puerta cerrada en la Asamblea y por unanimidad en el Senado, con veinte minutos de intervención por grupo. La Presidencia anuncia el despliegue el día 26. Se desconoce cuántos soldados participarán, cuánto durará la misión y cuál será su coste. Cincuenta y tres años de doctrina de no intervención se han liquidado más rápido que un trámite de matriculación.
El presidente ya había anunciado sus intenciones a principios de octubre: «Protegeremos a Níger pase lo que pase». A finales de agosto ya había enviado cuatro Su-30 a Niamey para salvar de un motín al régimen del presidente Tiani. Y es que cada vez quedan menos amigos. Malí acusa a Argel de injerencia; Argel rompió relaciones con Rabat en 2021 y, en septiembre, con Abu Dabi; mientras que España aplazó su cumbre bilateral sine die. Cuando uno se ha enemistado con todos sus vecinos, más vale evitar que el contagio se extienda al resto del mundo.
Al contribuyente argelino, en cambio, nadie lo convocó, ni siquiera por SMS. Se enterará de que está financiando la operación a través del presupuesto de 2027, que prevé casi dos dinares de gasto por cada dinar de ingresos y en el que Defensa ocupa el primer lugar. Pagará la diferencia en el mercado, donde el pollo ha subido un 40% en un mes y donde el régimen envía al departamento de lucha contra el crimen organizado a investigar los tomates. Hay dinero para proteger los pozos de Sonatrach en el Sáhara nigerino. No lo hay para bajar el precio de las patatas en Argel.
Sesenta años maldiciendo a Francia y este es el resultado. El régimen ha convertido la memoria colonial en una renta: la invoca en cada crisis, exige disculpas en cada aniversario y acusa a París tras cada incendio. Pero, cuando le toca actuar, solo sabe imitarla. Asume en el Sahel el papel de gendarme que reprochaba al antiguo colonizador, invoca los mismos «intereses» y acaba ocupando el mismo cuartel. Francia se marchó de Madama. No se ha marchado de la mente de quienes la vituperan. Argelia nunca se liberó de su colonizador: se convirtió en su doble.
