El lunes 13 de abril de 2020, mientras Argelia recibía al papa León XIV en el marco de una gira africana y de una escala cuidadosamente diseñada para mejorar la imagen de un régimen en busca de legitimidad internacional, un doble atentado terrorista rompió el relato oficial de un país supuestamente pacificado y dueño de su destino. En Blida, ciudad de 300.000 habitantes situada a apenas cuarenta kilómetros de Argel, dos kamikazes se hicieron estallar con pocos segundos de diferencia, muy cerca de la sede local de la seguridad. Balance inicial: dos muertos, los propios terroristas, cuyas cargas explotaron de forma precipitada, y varios heridos. Las imágenes, difundidas masivamente en redes sociales, muestran cuerpos mutilados, vecinos en pánico y escenas de caos que recuerdan trágicamente a los peores años de la década negra. Sin embargo, en las horas siguientes, el régimen argelino desplegó una estrategia de negación y de control mediático de una magnitud inédita, que evidencia tanto su incapacidad para proteger el país como su habilidad para manipular la realidad, incluso a costa de una incómoda presión diplomática.

Y, sin embargo. La visita del papa debía ser la culminación de una operación de comunicación cuidadosamente preparada. Argel, bajo estricta vigilancia, estaba completamente controlada por las fuerzas de seguridad, como ocurre en cada desplazamiento de una personalidad extranjera de primer nivel. A pesar de este despliegue, dos atentados suicidas pudieron perpetrarse a plena luz del día en una ciudad situada a menos de una hora de la capital. El modo de actuación, marcado por cierto amateurismo, sugiere un acto aislado, pero suficiente para burlar el dispositivo de seguridad. Este hecho resulta aún más preocupante si se tiene en cuenta que el régimen argelino ha hecho de la lucha contra el terrorismo uno de sus principales argumentos de legitimidad desde el fin de la guerra civil de los años noventa.
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Desde la llegada al poder del presidente Abdelmadjid Tebboune, el régimen ha llevado a cabo nada menos que catorce nombramientos o destituciones en puestos clave de los servicios de inteligencia y seguridad, especialmente al frente de la Dirección General de la Seguridad Interior (DGSI), la Dirección Central de la Seguridad del Ejército (DCSA), la Dirección General de la Documentación y de la Seguridad Exterior (DGDSE) y el Centro de Seguridad del Sistema (CSS). Estas purgas reiteradas, lejos de reforzar la eficacia de los servicios, reflejan una inestabilidad institucional crónica y una incapacidad estructural para estabilizar los aparatos de seguridad. Como subraya un informe de International Crisis Group publicado en 2023 (¡ya entonces!), esta rotación constante de responsables responde menos a una voluntad de reforma que a una estrategia de supervivencia del régimen, que prefiere mantener sus servicios en una situación de fragilidad permanente para evitar la aparición de contrapoderes internos. El atentado de Blida es la prueba más evidente: pese a los ingentes recursos desplegados para asegurar la visita del papa, el sistema mostró sus límites, cuando no su ineficacia.
Apagón informativo…
Ante la magnitud de los hechos, las autoridades argelinas optaron por una respuesta radical: el silencio. Ningún comunicado oficial, ninguna declaración. Los medios nacionales, sometidos a una censura asfixiante desde el Hirak de 2019, callaron. Ni una línea. La agencia oficial Algérie Presse Service (APS, por sus siglas en francés) permaneció muda. Este apagón resulta aún más llamativo si se tiene en cuenta que las redes sociales estaban llenas de testimonios, vídeos y fotografías de los atentados. Imágenes estremecedoras, con cuerpos ensangrentados y calles devastadas, circulaban masivamente, desmintiendo una versión oficial que tardaba en aparecer.
En un intento de minimizar lo ocurrido, o incluso de negarlo, las autoridades activaron campañas paralelas en redes sociales. Las «moscas electrónicas» del poder difundieron teorías alternativas, aludiendo a explosiones de bombonas de gas o asegurando que las imágenes databan de años anteriores. Estas maniobras de desinformación, burdas y fácilmente desmontables, reflejan el desconcierto de un régimen acorralado. El esfuerzo por imponer una realidad alternativa chocó con la evidencia de los hechos, documentados por cientos de testigos.
Un pulso diplomático para imponer un relato irreal
El punto culminante de esta estrategia de negación se alcanzó cuando la Unión Africana (UA) publicó, el martes 14 de abril, un comunicado en el que condenaba «con la mayor firmeza el doble atentado ocurrido el 13 de abril de 2026 en Blida». La declaración, firmada por el presidente de la Comisión de la UA, Mahamoud Ali Youssouf, fue retirada rápidamente del sitio oficial de la organización bajo presión de las autoridades argelinas.
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En una declaración escrita a la Agencia France-Presse (AFP), el portavoz del presidente de la Comisión, Nuur Mohamud Sheekh, explicó que el comunicado fue retirado porque «esta información no ha sido corroborada por fuentes oficiales». Una justificación sorprendente, teniendo en cuenta que las imágenes de los atentados habían dado la vuelta al mundo y que varios medios internacionales, entre ellos Marianne, Le Figaro y, más tarde, Le Monde, ya habían informado de los hechos.
El paso atrás de la UA resulta aún más embarazoso si se considera que el comisario de la organización para Asuntos Políticos, Paz y Seguridad, Bankole Adeoye, se encontraba precisamente en Argel el día del atentado. Según informa Le Monde, el diplomático nigeriano se reunió con Sofiane Chaïb, secretario de Estado del ministro de Asuntos Exteriores argelino, y visitó la sede de Afripol, estructura de cooperación policial con base en Argel, así como el Centro de Lucha contra el Terrorismo. Estas visitas, documentadas con fotografías y comentarios publicados en la cuenta de X (antes Twitter) de Adeoye, muestran hasta qué punto el régimen argelino trató de controlar el relato, incluso instrumentalizando a sus socios internacionales.
El pulso diplomático fue tal que la UA, llamada a encarnar la voz de África, acabó plegándose a las exigencias de Argel, en detrimento de la verdad.
La visita del papa León XIV a Argelia debía servir al régimen de Tebboune para presentarse como un actor respetado en la escena internacional. En su lugar, dejó al descubierto dos rasgos fundamentales del sistema argelino: su incapacidad para garantizar la seguridad del país, pese a los enormes medios desplegados y a un clima de represión generalizada (que el propio papa no dejó de señalar), y su empeño en negar la realidad, incluso a costa de silenciar a sus propios medios y presionar a sus escasos socios internacionales.
El atentado de Blida es sintomático de un régimen que ha optado por la represión en lugar de la reforma. Las leyes restrictivas se multiplican, los opositores son encarcelados, los medios independientes son asfixiados y los servicios de seguridad, debilitados por las purgas, se muestran incapaces de proteger a la ciudadanía. Aun así, el poder insiste en imponer su versión de los hechos, incluso cuando esta choca con la evidencia. De la visita de León XIV quedarán, en definitiva, titulares como el de Le Monde («El primer día de la visita del papa a Argelia, marcado por un atentado suicida fallido en las inmediaciones de Argel») o el de AFP («León XIV tras las huellas de san Agustín en Argelia, una visita inédita empañada por un doble atentado»). Tras la fachada, se perfila un país profundamente inestable, donde la amenaza terrorista nunca ha desaparecido del todo y donde la negación de la realidad se ha convertido en un método de gobierno.
