El boato del ceremonial de la monarquía española ha servido, en esta ocasión, de escenario para cuestiones de mucho mayor calado.
La geografía, la historia, las relaciones con Marruecos, los imperativos de la política interior y los dramas de la frontera confieren a esta primera visita del rey Felipe VI y la reina Letizia a Sebta y Melilla una dimensión singular.
El acontecimiento resulta aún más significativo si se tiene en cuenta que los monarcas españoles rara vez se han desplazado a estos dos enclaves.
Han transcurrido casi diecinueve años desde la visita de Juan Carlos I y la reina Sofía, que tuvo lugar después de aproximadamente treinta y dos años de reinado y puso fin a una ausencia calificada en España de «anomalía». Aquella visita provocó una fuerte reacción de Marruecos, que se tradujo en la llamada a consultas de su embajador.
Sin embargo, Juan Carlos de Borbón ya conocía Sebta. Había viajado allí en 1970, cuando todavía era príncipe y permanecía bajo la tutela política del general Francisco Franco, con motivo del cincuentenario de la Legión española, creada en el contexto de las campañas coloniales en Marruecos.
Para encontrar el precedente de un monarca reinante en estos presidios hay que remontarse, no obstante, a octubre de 1927, cuando Alfonso XIII llegó a bordo del acorazado Jaime I, en unas circunstancias completamente diferentes.
Tras la guerra del Rif, el monarca español, acompañado de la reina Victoria Eugenia y del general Miguel Primo de Rivera, entonces al frente de la dictadura, celebraba una victoria colonial con un amplio despliegue de desfiles militares, homenajes a las tropas y demostraciones de fuerza.
En el campamento de Dar Riffien, la reina entregó a la Legión española su primera bandera nacional. Cuarenta y tres años después, la princesa Sofía, acompañada de su esposo, perpetuó aquel gesto simbólico al entregar un nuevo estandarte al Tercio Duque de Alba, una unidad de la Legión destinada en Sebta.
No era la primera vez que Alfonso XIII visitaba estos territorios. Ya en mayo de 1904, el joven monarca había hecho escala en Melilla y posteriormente en las islas Chafarinas, antes de dirigirse a Sebta a bordo del yate real Giralda, en un contexto de crecientes ambiciones coloniales españolas en Marruecos, ocho años antes del establecimiento del protectorado.
En su obra Les enclaves espagnoles au Maroc, Robert Rézette recuerda que el monarca regresó en enero de 1911 para visitar solemnemente las instalaciones portuarias de Sebta y Melilla, cuyo desarrollo, impulsado por las necesidades militares, avanzaba en paralelo a la expansión de la presencia española.
La llegada de la Segunda República tampoco supuso una ruptura con este tipo de demostraciones. En octubre de 1933, el presidente Niceto Alcalá-Zamora viajó a Sebta, donde pasó revista a las tropas en el campamento de Dar Riffien antes de inaugurar varios tramos de carretera.
Sin embargo, esta tradición de ceremoniales militares era anterior tanto al periodo republicano como a las campañas coloniales de Alfonso XIII.
Ya en 1877, Alfonso XII había hecho escala en Sebta a bordo de la fragata blindada Victoria. Las crónicas locales describen una recepción solemne, con las calles engalanadas y una tribuna de honor instalada en la plaza de África para que el soberano pudiera presenciar un desfile militar.
Conviene recordarlo: Sebta era, en palabras de Julio Verne, «ante todo, una colonia militar». En Matías Sandorf, publicada en 1885, el escritor describe una ciudad de guarnición habitada por soldados, comerciantes, marineros dedicados al cabotaje y presidiarios.
Plazas fuertes, guarniciones y lugares de confinamiento, los dos enclaves estuvieron durante mucho tiempo administrados conforme a las exigencias de la defensa y la vigilancia.
Su aislamiento y las dificultades de la travesía marítima contribuyeron a mantenerlos al margen de los desplazamientos de la monarquía.
Pero las largas ausencias dicen tanto como las propias visitas. Estas han acompañado, sucesivamente, la expansión colonial, las ceremonias militares del franquismo y, más recientemente, las afirmaciones de soberanía en un contexto de tensiones diplomáticas entre Marruecos y España.
La elección del lugar donde pasar la noche tampoco está desprovista de significado simbólico. En 1927, Alfonso XIII, que había acudido para celebrar una victoria colonial, regresó a su acorazado. En 2007, Juan Carlos I pernoctó en Málaga. En 2026, Felipe VI optó, en cambio, por pasar la noche en la propia Sebta, algo inédito, según los precedentes históricos conocidos, para un monarca español en ejercicio. Más allá de las consideraciones logísticas, esta decisión puede interpretarse como un gesto de normalización institucional.
Entre Alfonso XII y Felipe VI ha transcurrido casi un siglo y medio.
Una expansión colonial, una República, una guerra civil, dos dictaduras, el fin del protectorado español, la independencia de Marruecos, una transición democrática, la integración europea…
Distintas épocas, diferentes configuraciones políticas, pero una misma cuestión territorial.
Ya no estamos en tiempos de estandartes militares ni de celebraciones marciales de las conquistas coloniales. Ni siquiera de los tradicionales honores militares, como las salvas de ordenanza o las revistas de tropas que marcaron la visita de Juan Carlos.
La afirmación de soberanía recurre ahora al lenguaje institucional, a la pertenencia europea de estos enclaves africanos y a los baños de multitudes cuidadosamente preparados para las cámaras de televisión.
El discurso humanitario también forma parte de esta nueva puesta en escena. La compasión exhibida ante los dramas de la frontera convive con la reafirmación de un orden territorial cuyo papel se evita cuestionar.
Ahí reside la paradoja histórica: los regímenes cambian, las políticas hacia Marruecos se presentan como nuevas y los discursos invocan la democracia y los derechos humanos, pero la posición española sobre Sebta y Melilla sigue anclada en una herencia de otra época.
