La reconfiguración geopolítica del Sahel se opera de manera discreta. Mientras los dispositivos europeos se han retirado progresivamente de Mali, Burkina Faso y Níger, y Rusia ha aumentado su visibilidad a través de estructuras paraestatales, Estados Unidos da la impresión de un renovado dinamismo en la región. Para Emmanuel Dupuy, presidente del Institut Prospective et Sécurité en Europe (IPSE), esta lectura debe matizarse. A su juicio, «no se trata de un regreso con fuerza, sino más bien de la confirmación de que nunca estuvieron demasiado lejos y que esperaban ver el desmoronamiento de los demás para poder posicionarse», analiza.
Según Dupuy, Washington no ha abandonado el Sahel; simplemente ha pospuesto una exposición directa, dejando que se recompusieran los equilibrios internos y que se erosionara la influencia de ciertos actores europeos.
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Este enfoque se inscribe en una tradición estratégica estadounidense marcada por el pragmatismo. «Los estadounidenses son pragmáticos. Negocian con interlocutores cuyas posiciones no necesariamente comparten», subraya Emmanuel Dupuy. En esta lógica transaccional, la cuestión ideológica pasa a un segundo plano frente a los intereses de seguridad y económicos.
Añade: «No consideran a Rusia como una amenaza y, al contrario, son perfectamente complementarios con actores que, por otra parte, se han beneficiado del vacío estratégico, del efecto aspiradora que expulsó a los occidentales, en este caso a los europeos». Lejos de una confrontación frontal, la coexistencia ruso-estadounidense se inscribiría así en un juego de ajustes mutuos, en el que cada potencia capitaliza el espacio dejado vacante por la retirada o el debilitamiento de otros socios.
En este contexto, varios factores contribuyen, según él, a crear una ventana de oportunidad para Washington. «Todo se alinea para los estadounidenses. La Organización de las Naciones Unidas está desacreditada y Rusia no logra luchar eficazmente contra los grupos armados terroristas». La erosión de la credibilidad de la ONU y las limitaciones operativas de los dispositivos rusos abrirían así un espacio para un repliegue indirecto.
La metodología estadounidense se basaría en un diálogo estructurado con las autoridades en el poder, independientemente de las circunstancias de su llegada al gobierno. Emmanuel Dupuy establece un paralelismo explícito: «Los estadounidenses practican exactamente la misma metodología de diálogo estructurado con las autoridades malienses que la que aplicaron con las autoridades afganas, con la perspectiva final de negociar con los talibanes».
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Este punto constituye, según él, un elemento diferenciador respecto a los europeos: «Los estadounidenses van a acomodarse con los militares en el Sahel, a diferencia de los europeos, que no han reconocido a los gobiernos militares, “juntas”, como ellos los llaman».

La estrategia estadounidense no se limita a un cara a cara con los regímenes sahelianos. También se inscribe en una dinámica de convergencias cruzadas. «Los estadounidenses son perfectamente convergentes con otros actores y socios, en particular Turquía», observa Emmanuel Dupuy. La presencia relativamente limitada de China en ciertos segmentos de seguridad del Sahel constituiría, a su juicio, una oportunidad adicional para Estados Unidos.
En el plano comercial, menciona la reactivación de la African Growth and Opportunity Act, un dispositivo que permite a varios países africanos beneficiarse de exenciones arancelarias en el mercado estadounidense. Este marco, recuerda, concierne a una treintena de países y forma parte de una estrategia de anclaje económico complementaria a la dimensión de seguridad.
Subcontratación en seguridad y coexistencia ruso-estadounidense
La cuestión de la coexistencia entre Estados Unidos y Rusia en un mismo espacio geográfico reaparece con frecuencia en los debates. Emmanuel Dupuy responde sin rodeos: «Eso puede funcionar aún más porque no serán directamente ni Estados Unidos ni directamente Rusia. Serán sociedades militares privadas, ESSD (Empresas de Servicios de Seguridad y Defensa), las que intervendrán. Es exactamente lo que harán los estadounidenses».
Esta externalización constituye, según él, el núcleo del modelo. «La mejor prueba es el acuerdo que facilitaron entre la República Democrática del Congo y Ruanda: hay estadounidenses, pero no fuerzas armadas regulares. Se llama Blackwater». La mención de empresas militares privadas remite a una práctica ya ensayada en otros teatros de operaciones.
Nasser Bourita, ministro de Asuntos Exteriores, y Marco Rubio, secretario de Estado de Estados Unidos.
El precedente libio ilustra esta coexistencia indirecta. «Fueron efectivamente sociedades militares privadas estadounidenses las que apoyaron a Haftar, prácticamente colocalizadas con Wagner y luego con Africa Corps». Para Emmanuel Dupuy, esta proximidad operativa no impidió una forma de entendimiento tácito sobre el terreno.
Sudán constituiría otro laboratorio de este método. «Es exactamente lo que está ocurriendo en Sudán, donde los estadounidenses estarían dispuestos a inmiscuirse en una forma de mediación entre el general Abdel Fattah al-Burhan y el general Mohamed Hamdan Dagalo, impulsando la idea de que subcontratistas estadounidenses hagan el trabajo, como los rusos». La mediación política y la presencia en materia de seguridad quedarían así disociadas de la proyección militar clásica.
Detrás de esta recomposición se perfilan intereses económicos concretos. «Los estadounidenses subcontratan su presencia en el continente africano en beneficio de empresas extractivas que necesitan: en Mali por el oro, en Burkina Faso también por el oro, y en Níger por el uranio». La articulación entre seguridad y acceso a los recursos aparece aquí como un elemento central.
En este panorama cambiante, el lugar de Marruecos ocupa una posición singular. La cooperación bilateral entre Rabat y Washington se ha intensificado en los planos militar, económico y diplomático. Emmanuel Dupuy estima que podría perfilarse una convergencia más amplia hacia el Sahel. «Muy probablemente, sí. Marruecos es un poco el socio ideal, el socio esperado, que los estadounidenses necesitan».
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Esta formulación subraya una complementariedad de intereses. Estados Unidos, según él, no puede «intervenir oficialmente de manera frontal» y puede «utilizar la muy buena imagen de la que goza Marruecos, que todavía puede dialogar con los gobiernos surgidos de golpes de Estado militares en Mali, Níger y Burkina Faso».
La evolución de los equilibrios regionales refuerza esta hipótesis. Emmanuel Dupuy observa que «los marroquíes siguen siendo actores privilegiados, máxime cuando Argelia ha perdido el vínculo casi orgánico que mantenía con Mali». Menciona, en particular, el apoyo brindado por Argel a ciertos actores religiosos considerados inaceptables por Bamako, lo que habría contribuido a tensar las relaciones.
El Marruecos, pivote discreto de la proyección estadounidense
En este contexto, «el poder en Bamako ve con muy buenos ojos que Marruecos siga siendo un actor privilegiado», aun cuando las autoridades malienses denuncian regularmente injerencias exteriores. Rabat se beneficiaría así de un capital relacional diferenciado.
La perspectiva de una profundización económica regional se inscribe, no obstante, en el largo plazo. «Sí, pero eso es a muy largo plazo. Hablamos de desenclavamiento, de corredores logísticos Burkina–Níger–Mali vía Mauritania, y luego de inversiones en el sur de Marruecos. Es una perspectiva a diez años, no antes», precisa Emmanuel Dupuy.
Antes de estas infraestructuras estructurantes, otros factores pueden activarse. Cita en particular la diplomacia espiritual. «Desde 2015, el Institut Mohammed VI de formation des imams forma cuadros religiosos para toda la región, promoviendo un islam moderado, malikí y sufí. Es una herramienta de influencia blanda extremadamente eficaz». La exportación de un referente religioso estructurado constituye, a su juicio, un vector de estabilización e influencia.
Paralelamente, Marruecos puede ofrecer «perspectivas económicas de desenclavamiento que pocos actores son capaces de proponer hoy». Esta oferta se inscribe en una estrategia más amplia de proyección africana, ya visible a través de las inversiones bancarias, de telecomunicaciones e industriales del reino.
La relación particular entre Rabat y Washington no se limita al Sahel. Emmanuel Dupuy recuerda que «el estatus muy particular que los estadounidenses conceden a Marruecos como socio exclusivo fuera de la OTAN desde 2016 está vinculado a una triangulación africano-atlántico-mediterránea». Esta fórmula resume la articulación entre fachada atlántica, profundidad africana y anclaje mediterráneo. Insiste asimismo en la constancia del compromiso marroquí con la integración euro-mediterránea desde la Declaración de Barcelona del 28 de noviembre de 1995, el partenariado Euromed de 2005 y la Unión por el Mediterráneo. Esta continuidad, según él, refuerza la credibilidad de Rabat como interlocutor estable.
La dimensión mediterránea conserva una importancia estratégica para Estados Unidos. Emmanuel Dupuy recuerda que Washington no desea desvincularse de este espacio, tanto por razones de seguridad regional como por la protección de los flujos energéticos que transitan por Bab el-Mandeb, el Canal de Suez y el Estrecho de Gibraltar.
«Se está produciendo una alineación de los astros», resume. Estados Unidos puede capitalizar la imagen positiva de Marruecos, mientras que los países del Sahel encuentran en esta asociación una puerta de entrada a financiación, infraestructuras y reconocimiento diplomático.
Argelia y el Sáhara: un equilibrio de fuerzas reconfigurado
Queda la cuestión argelina. Emmanuel Dupuy se muestra escéptico respecto a los márgenes de maniobra de Argelia. «Sinceramente, no veo cuáles», responde acerca de las cartas de las que aún dispondría el régimen argelino. Considera que la dinámica diplomática actual le es desfavorable, especialmente en el expediente del Sáhara. Según él, «los estadounidenses han recordado que la única base de discusión sigue siendo el plan de autonomía». Las iniciativas argelinas buscarían sobre todo mantener un statu quo diplomático o generar tensiones puntuales, sin modificar sustancialmente las correlaciones de fuerza.
También subraya que algunos proyectos alternativos, en particular energéticos, no han prosperado como se había previsto. Los márgenes de maniobra de Argel aparecerían así limitados por la evolución de las alianzas regionales y por las prioridades de las grandes potencias.
Emmanuel Dupuy menciona la reunión de Madrid como un momento bisagra en la evolución del expediente del Sáhara. «Ya no se trata de debates ideológicos, sino de aplicación práctica». Las discusiones girarían ahora en torno a la gobernanza local, el desarrollo económico, las zonas marítimas, la producción agrícola y las zonas económicas exclusivas.
A través de esta lectura, el Sahel deja de aparecer únicamente como un teatro de rivalidades securitarias y se configura como un espacio de recomposición estratégica donde se entrelazan intereses extractivos, subcontratación militar, diplomacia religiosa y corredores logísticos. En este tablero, Washington ajusta su postura y Rabat se afirma como pivote regional, en la encrucijada del Atlántico, el Mediterráneo y la profundidad africana.







