Idriss al-Amraoui llegó a Francia en 1860 con una ventaja respecto a otros viajeros marroquíes que habían cruzado antes el Mediterráneo. Sabía que debía mirar.
No era un comerciante que recorría Europa por sus propios asuntos ni un viajero que buscaba simplemente conocer tierras desconocidas. Era un hombre de letras al servicio del sultán Mohammed IV y llegaba a la Francia de Napoleón III en un momento en el que comprender el funcionamiento de las potencias europeas se había convertido para Marruecos en una cuestión cada vez más urgente.
Su viaje quedó recogido en Tuhfat al-Malik al-Aziz bi-Mamlakat Bariz, una relación posteriormente editada y estudiada en Marruecos y traducida al francés por Luc Barbulesco bajo un título mucho más provocador, Le paradis des femmes et l’enfer des chevaux. La historiadora Lucette Valensi, que analizó la obra en la revista Annales, la sitúa precisamente en un momento crucial del encuentro entre las sociedades europeas y los viajeros procedentes del mundo musulmán.
El título francés resume, además, una parte de la personalidad de su autor. Al-Amraoui puede maravillarse ante una máquina y, unas páginas después, mostrarse profundamente incómodo ante una costumbre social. Observa Francia desde su propia formación religiosa y cultural y nunca intenta ocultarlo. Precisamente por eso su relato resulta hoy tan revelador.
El tren y la obsesión por la velocidad
Una de las primeras cosas que desconciertan al enviado marroquí es la velocidad.
Durante el recorrido hacia París descubre el ferrocarril y trata de explicar con detalle cómo funciona aquella máquina que permite recorrer distancias enormes en un tiempo que hasta entonces habría parecido imposible. Lucette Valensi recuerda que Al-Amraoui se fija no solamente en el tren, sino también en la extraordinaria puntualidad de los desplazamientos y en una sociedad que parece haber convertido la rapidez en una forma de organizar la vida.
El ferrocarril despierta admiración, pero también cierta incomprensión. A Al-Amraoui le sorprende que los europeos parezcan tener tanta prisa. Esa sensación reaparecerá durante su estancia y terminará formando parte de su juicio sobre los franceses, capaces a sus ojos de inventar máquinas extraordinarias para ganar tiempo y, al mismo tiempo, de vivir sometidos a una velocidad que él considera excesiva.
El paisaje también provoca comparaciones inesperadas. Al atravesar regiones francesas contempla terrenos que, desde su experiencia marroquí, le parecen magníficos para una vida nómada, pero descubre que nadie vive allí bajo una tienda. A orillas de los ríos observa lugares que considera ideales para desplazarse a caballo y vuelve a sorprenderse de que los habitantes no lo hagan. Francia aparece así descrita mediante una operación constante de comparación con el mundo que conoce.
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Incluso los propios franceses pasan por ese filtro. Valensi recoge uno de los episodios más curiosos del viaje, ocurrido cuando Al-Amraoui llega a Auxerre y encuentra por fin a un joven cuyo aspecto le resulta agradable. Tiene el cabello y los ojos oscuros y su apariencia le recuerda tanto a un árabe que el diplomático acaba componiendo un poema en su honor.
La anécdota dice bastante sobre la mirada del viajero. Al-Amraoui no intenta convertirse en europeo durante su estancia ni abandona sus propios criterios para juzgar lo que encuentra. París es observado desde Marruecos.
Una máquina capaz de hablar a diez días de distancia
Si el tren le impresiona, el telégrafo lo obliga a buscar comparaciones para explicar algo que todavía parecía extraordinario.
Un estudio reciente publicado por la Revue d’histoire contemporaine de l’Afrique recupera una de las descripciones más gráficas de su relato. Al-Amraoui explica que entre el envío de una noticia y la recepción de la respuesta transcurría aproximadamente el tiempo necesario para mantener una conversación mediante un intérprete. Gracias al aparato, escribe, era posible comunicarse con alguien situado a diez días de viaje casi como si estuviera «al otro lado de un muro».
Para un enviado de Mohammed IV, aquella observación tenía una importancia que iba mucho más allá de la curiosidad tecnológica. El telégrafo reducía unas distancias sobre las que durante siglos se había construido la diplomacia, el comercio y la guerra. Al-Amraoui estaba contemplando una nueva manera de ejercer el poder.
Algo parecido ocurre con la imprenta. Durante el programa de visitas preparado para la delegación conoce la Imprimerie impériale y se detiene largamente ante sus máquinas. Valensi señala que la posibilidad de reproducir textos de aquella manera despierta inmediatamente en él una pregunta mucho más interesante que la simple admiración ante el mecanismo. Al-Amraoui piensa en la utilidad que una tecnología semejante podría tener en los países musulmanes.
Esa actitud atraviesa buena parte del viaje. Ante determinadas innovaciones no se limita a describir lo que ve, sino que piensa en lo que podría trasladarse a Marruecos.
La disciplina de un ejército
En la Francia de Napoleón III había otra institución que un enviado marroquí de 1860 difícilmente podía observar con indiferencia.
El ejército. Los trabajos académicos dedicados a las rihlas marroquíes del siglo XIX muestran hasta qué punto Al-Amraoui prestó atención a la organización militar francesa. Se interesó por el reclutamiento, los distintos cuerpos del ejército, los tribunales militares, el abastecimiento de los soldados y las posibilidades de ascenso dentro de la jerarquía.
Una escena parece haberlo impresionado especialmente. Al-Amraoui cuenta haber visto a miles de soldados desplazándose sin hablar entre ellos y atentos únicamente a las órdenes de sus superiores. Cuando se detenían, la disciplina era tal que le parecían figuras inmóviles.
La observación adquiere un significado particular por la fecha del viaje. Marruecos acababa de sufrir la derrota de Tetuán frente a España y las élites del Majzén debatían cada vez con mayor intensidad sobre las reformas necesarias para preservar la fuerza y la independencia del país. El enviado de Mohammed IV estaba contemplando desde dentro la organización militar de una de las principales potencias europeas.
Su relato no se convierte por ello en una celebración de Francia. Al-Amraoui selecciona, compara y juzga. Pero detrás de sus descripciones aparece una pregunta que Marruecos se formularía durante buena parte de la segunda mitad del siglo XIX, qué podía aprenderse de Europa sin convertirse en Europa.
Las parisinas y los caballos
La tecnología despierta admiración. Las costumbres parisinas provocan reacciones bastante diferentes.
Al-Amraoui se fija especialmente en la posición de las mujeres en la sociedad francesa y lo hace desde unos valores profundamente alejados de los que encuentra en París. Le sorprende su presencia en los espacios públicos, la libertad con la que se relacionan con los hombres y la importancia que parecen tener dentro de la vida social.
No siempre le gusta lo que ve. La expresión que terminaría dando título a la traducción francesa de su relato, el «paraíso de las mujeres» y el «infierno de los caballos», procede de esa mirada sobre la sociedad parisina, aunque Lucette Valensi recuerda que Al-Amraoui conocía antes de viajar la célebre relación de París del egipcio Rifa’a al-Tahtawi y tomó de ella esa fórmula.
La comparación le parecía especialmente eficaz. A sus ojos, las mujeres disfrutaban en Francia de una libertad extraordinaria mientras los caballos soportaban una existencia mucho menos envidiable. El diplomático, procedente de una sociedad en la que el caballo conservaba un enorme valor material y simbólico, observa con desagrado el trato reservado a los animales que tiraban de los carruajes de una ciudad en movimiento permanente.
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Sus juicios sobre las mujeres son todavía más severos y reflejan claramente los límites culturales de su mirada. Al-Amraoui no es un observador neutral ni pretende serlo. Interpreta las relaciones entre hombres y mujeres desde la moral y las referencias religiosas de un erudito marroquí del siglo XIX y considera excesiva una libertad que los parisinos presentaban como una característica de su sociedad.
Precisamente esa distancia hace que su testimonio resulte tan interesante. La Francia que aparece en sus páginas no es la que los franceses escribían sobre sí mismos, sino la que veía un visitante llegado desde el otro lado del Mediterráneo.
Versalles, los teatros y una Francia que se exhibe
Una vez en París, el viaje adquiere también una dimensión cuidadosamente organizada por sus anfitriones. La delegación visita el Jardin des Plantes, el Hôtel des Monnaies, la imprenta, la Biblioteca, los Invalides y el palacio de Versalles, además de asistir a espectáculos y representaciones teatrales.
Francia enseñaba lo que quería que sus visitantes vieran. Al-Amraoui, sin embargo, no reacciona siempre de la manera esperada. Ante la colección zoológica del Jardin des Plantes, por ejemplo, no queda simplemente maravillado por la diversidad de animales y se pregunta por el enorme gasto necesario para mantenerlos. Frente a otras instituciones, en cambio, la utilidad le parece evidente y describe minuciosamente aquello que considera susceptible de ser comprendido o imitado.
También los teatros llaman su atención. En una de las representaciones observa a mujeres realizando ejercicios acrobáticos sobre caballos y describe con detalle cómo una de ellas salta y cambia de posición mientras el animal continúa corriendo. La escena reúne en unos minutos varias de las obsesiones de su viaje, el espectáculo, las mujeres, los caballos y una sociedad capaz de convertir la destreza técnica en entretenimiento.
Cuando finalmente regresó a Marruecos, Al-Amraoui llevó consigo algo más que el recuerdo de una misión diplomática. Había reunido un pequeño inventario de la Francia de Napoleón III, con aquello que consideraba admirable, aquello que juzgaba incomprensible y aquello que pensaba que su propio país debía conocer.
Su relato conserva precisamente esa mezcla de fascinación y resistencia. Al-Amraoui podía maravillarse ante un telégrafo capaz de acercar a dos hombres separados por diez días de viaje y, al mismo tiempo, rechazar profundamente determinadas costumbres de la sociedad que había inventado aquel aparato. No necesitaba admirar Francia en su conjunto para reconocer la eficacia de sus máquinas, de su ejército o de sus instituciones.
En el siglo XIX, mientras viajeros europeos recorrían Marruecos y llenaban libros con sus impresiones sobre el país, los marroquíes también cruzaban el Mediterráneo y escribían sobre quienes encontraban al otro lado. Idriss al-Amraoui fue uno de ellos y su París no fue el de los grandes escritores franceses, sino el de un hombre enviado por Mohammed IV que observó trenes, soldados, imprentas, mujeres y caballos tratando de decidir qué merecía admiración, qué provocaba rechazo y, sobre todo, qué podía aprender Marruecos de todo aquello.
