El geólogo Abderrazak El Albani revela el papel clave de Marruecos en los nuevos descubrimientos sobre el origen de la vida

El 15/06/2026 a las 10h15

El científico, nacido en Marrakech y profesor de la Universidad de Poitiers, publica una obra que sacude los dogmas de la ciencia. A través de los hallazgos en Marruecos, Gabón y Ucrania, el investigador reconstruye los misterios que la Tierra tardó miles de millones de años en esculpir y que la comunidad científica empieza ahora a descifrar tras el descubrimiento de fósiles excepcionales en enclaves como Taroudant o el Haut-Atlas.

La prestigiosa revista «Nature» le dedicó su portada. El artículo de investigación que el geólogo Abderrazak El Albani y su equipo presentaron en 2010 estaba destinado a desatar una controversia que la comunidad científica todavía mantiene completamente abierta.

Al anunciar que la vida multicelular surgió en la Tierra hace 2.100 millones de años, y no hace 600 millones como sostenía la literatura académica desde hacía décadas, los investigadores de la Universidad de Poitiers desafiaron un consenso histórico que nadie se había propuesto cuestionar. La diferencia temporal, de 1.400 millones de años, resultaba mayúscula. «Es una brecha inmensa, por supuesto, pero sobre todo imposible de ignorar», recuerda El Albani, miembro del Instituto Universitario de Francia (IUF).

Su nuevo libro, titulado «Últimas noticias sobre el origen de la vida» y publicado en abril de 2026, relata precisamente los acontecimientos que desencadenó este hallazgo. La obra, diseñada en estrecha colaboración con su casa editorial, plantea una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué sabíamos en 2008 sobre el origen de los seres vivos y dónde nos encontramos en la actualidad? La elección de ese año no es casual, ya que fue entonces cuando El Albani y su equipo comenzaron a profundizar en estas materias, logrando publicar sus primeros resultados en «Nature» dos años más tarde, un hito que vertebra el resto del volumen.

«El enfoque principal consistía en explicar el estado de nuestros conocimientos en 2008 y compararlo con lo que sabemos entre 2025 y 2026 para medir cuánto se ha avanzado», resume El Albani. Sin embargo, aclara que la obra no se presenta como un relato de victoria, sino como la crónica de una larga batalla científica con sus correspondientes reveses y teorías cuestionadas.

«El dogma en cuestión gira en torno a la multicellularidad, es decir, el paso de los organismos vivos de un estado unicelular a uno pluricelular», relata el científico. «Esta transición es fundamental en la historia de la Tierra, ya que abrió el camino a todos los organismos complejos, incluido el ser humano. Hasta entonces, este momento crucial se situaba firmemente hace 600 millones de años».

Las investigaciones de este geólogo y su equipo retrasaron ese hito hasta los 2.100 millones de años gracias a los fósiles descubiertos en Gabón, específicamente en la cuenca de Franceville. «Cuando planteas una antigüedad de 2.100 millones de años a expertos cuya carrera entera se basa en la fecha de 600 millones, rompes por completo el dogma establecido», añade el investigador. «Y ese dogma no surgió por azar, sino de las evidencias acumuladas en la literatura científica sobre cómo, cuándo y en cuánto tiempo emergió la vida en nuestro planeta».

La difusión del artículo en «Nature» provocó encendidos debates en los comités científicos. «Tras la aparición de la publicación, se nos planteó una disyuntiva clara: ¿cedíamos ante las críticas o seguíamos trabajando? Decidimos continuar publicando, fomentar el debate y aportar respuestas a los interrogantes planteados. Al responder a algunas preguntas, abríamos otras nuevas. En eso consiste la investigación», señala El Albani, quien fue condecorado como Caballero de la Legión de Honor en 2024.

El libro recorre así la evolución de las investigaciones sobre la multicellularidad, desde el hallazgo original en Gabón hasta los estudios más recientes, cruzando los yacimientos de Ucrania, Mauritania y Marruecos.

Haut-Atlas, el Pompéi marino que nadie buscaba

Aunque Gabón representa el punto de partida de los trabajos de Abderrazak El Albani, Marruecos ocupa un espacio central en su obra. El científico detalla varios descubrimientos en el reino que poseen una enorme trascendencia, entre los que destaca el de los trilobites —animales marinos prehistóricos emparentados con los crustáceos actuales— en la zona del Haut-Atlas oriental.

Todo comenzó en 2015 casi por accidente. Un grupo de geólogos británicos trabajaba al este de Agadir, en un valle del Haut-Atlas oriental, analizando rocas magmáticas. Allí, la roca se había transformado en un tipo de sílice extremadamente duro, un entorno que habitualmente no favorece la conservación de restos fósiles.

Sin embargo, al borde de una carretera, los científicos británicos hallaron un fragmento con lo que parecía ser el fósil de un trilobites. Como su objeto de estudio era la estructura de la roca magmática y no estos artrópodos marinos, enviaron la muestra a la Universidad de Marrakech, la cual la remitió a El Albani para su correspondiente análisis técnico.

Mediante microtomografía de rayos X, el profesor obtuvo imágenes en tres dimensiones del interior y el exterior del fósil con una calidad excepcional. Aunque registró minuciosamente los detalles, todavía no fue consciente del carácter extraordinario del hallazgo. El fragmento acabó en un cajón, donde permaneció guardado durante seis años. No fue hasta 2021, al analizar la roca que envolvía el fósil, cuando El Albani realizó un descubrimiento decisivo al constatar que la capa de conservación estaba compuesta por ceniza volcánica.

Las cenizas expulsadas durante una erupción volcánica llegan al océano a temperaturas que pueden alcanzar los 500 grados, lo que en teoría calcina cualquier forma de vida. Por ello, la conservación de un animal en perfecto estado en ese tipo de estratos se consideraba algo imposible. Aunque la materia orgánica se volatilizó por el calor extremo, el cuerpo quedado perfectamente moldeado y conservó hasta el más mínimo detalle. Contra todo pronóstico, aquel trilobites estaba allí, intacto, sin sufrir aplastamientos ni deformaciones de ningún tipo.

El Albani impulsó entonces un proyecto internacional junto a colegas marroquíes y de otros países para regresar al yacimiento y buscar más ejemplares en estas cenizas de 515 millions de años de antigüedad. El equipo logró extraer cuatro nuevos fósiles. «Ces trilobites son, sencillamente, los mejor conservados del mundo», destaca en su libro, ya que muestran detalles anatómicos inéditos en los fósiles de ese periodo geológico.

El mecanismo de conservación se ha esclarecido por completo. Al caer al agua, la temperatura de las cenizas descendió hasta situarse entre los 100 y los 200 grados, lo que les permitió envolver a los trilobites y crear un molde instantáneo de forma similar a una impresión en tres dimensiones. La materia orgánica se consumió, pero la estructura externa se preservó con una precisión milimétrica. Posteriormente, la ceniza se enfrió y selló el molde de manera hermética, manteniendo las huellas inalteradas desde hace 515 millones de años.

Estos trilobites pertenecen a la extensa familia de los artrópodos marinos que poblaron los océanos desde el Cámbrico hasta la extinción masiva del Pérmico, hace 250 millones de años. Parientes lejanos de los insectos y crustáceos actuales, presentaban una enorme diversidad de formas y tamaños que oscilaban entre un milímetro y los 70 centímetros de longitud. Los ejemplares hallados en Marruecos medían entre 2 y 2,5 centímetros. Su excepcional estado de conservación permitió identificar, por primera vez, la presencia de estructuras bucales similares a labios en estos organismos. Este hallazgo propició la descripción de dos especies nuevas, lo que eleva a más de 20.000 el número de variedades registradas de trilobites.

Sin embargo, el descubrimiento más sorprendente fue el de unos pequeños organismos adheridos a los caparazones de los trilobites; se trata de braquiópodos, similares a las almejas actuales. Su presencia constituye el caso documentado más antiguo de comensalismo, una interacción biológica en la que una especie se beneficia de otra sin causarle daño ni reportarle ningún beneficio. Este Pompéi marino, sepultado bajo las cenizas volcánicas del Haut-Atlas oriental, ha aportado datos sobre detalles morfológicos inéditos en cualquier otro yacimiento del planeta.

Estas investigaciones culminaron en un estudio publicado en 2024 en la prestigiosa revista «Science», que también le otorgó su portada. Esta inusual distinción confirma el incalculable valor científico del territorio marroquí para el estudio de los orígenes y la evolución de la vida.

Las bacterias de Amane Tazgart y la exploración de Marte

El Haut-Atlas no es el único entorno de Marruecos que ha deparado sorpresas mayúsculas. En la cordillera del Anti-Atlas, el yacimiento de Amane Tazgart ha centrado las investigaciones de Ibtissam Chraiki, una estudiante de doctorado codirigida por Abderrazak El Albani y El Hafid Bouougri, profesor de la Universidad Cadi Ayyad de Marrakech.

Chraiki descubrió colonias bacterianas de 571 millones de años de antigüedad que se desarrollaron en un antiguo lago volcánico bajo condiciones químicas extremas, caracterizadas por un entorno muy alcalino, escaso en oxígeno y con una alta concentración de arsénico. Aunque se trataba de un ambiente hostil para cualquier organismo, estas bacterias no solo sobrevivieron, sino que proliferaron hasta formar acumulaciones de más de diez metros de espesor.

«Lo verdaderamente relevante en este caso no es la edad», subraya El Albani. «Lo crucial es que la vida bacteriana logró prosperar en un entorno con factores sumamente desfavorables, como un estrés químico severo, temperaturas elevadas, falta de oxígeno y abundancia de arsénico. A pesar de todo, encontraron la manera de expandirse».

Las condiciones ambientales de Amane Tazgart son análogas a las que la comunidad científica atribuye a ciertos entornos primitivos de Marte. Esta similitud ha despertado el interés de la NASA, cuyo vehículo Perseverance explora actualmente el cráter Jezero en busca de vestigios de actividad biológica ancestral.

En dicho cráter, el Perseverance ha recolectado muestras de roca con minerales cuya formación parece vinculada a interacciones entre el lodo y la materia orgánica, procesos frecuentemente asociados a la actividad microbiana. Si estos fragmentos logran ser traídos a la Tierra en el futuro, los métodos analíticos desarrollados por el equipo de El Albani podrían resultar clave para esclarecer si existió vida en Marte, posiblemente en un antiguo lago, hace unos 3.500 millones de años.

Jbel Irhoud, los 315.000 años que lo cambiaron todo

El tercer enclave de gran relevancia que destaca El Albani en su libro es Jbel Irhoud, situado en la región de Marrakech. El investigador admite que, pese a haber nacido en dicha ciudad, no conoció la existencia de este lugar hasta las grandes publicaciones de sus colegas en 2017, cuando un equipo liderado por el paleoantropólogo Jean-Jacques Hublin y científicos marroquíes demostró la trascendencia mundial del yacimiento.

La historia de Jbel Irhoud se remonta a 1960, cuando el lugar era explotado como mina y un operario halló un cráneo con rasgos similares a los del ser humano moderno. En los años posteriores se desenterraron más restos humanos, aunque su antigüedad se subestimó durante mucho tiempo; inicialmente se calculó en unos 30.000 años y en 2007 se elevó a 160.000 años. Fue entonces cuando Hublin y los expertos locales retomaron las excavaciones empleando técnicas avanzadas, explorando una zona de sedimentos a salvo de la actividad minera. Allí descubrieron 16 piezas óseas pertenecientes a un mínimo de cinco individuos, en concreto tres adultos, un adolescente y un niño.

En 2017, las nuevas dataciones causaron un gran impacto en la comunidad científica al revelar que estos Homo sapiens vivieron hace unos 315.000 años, lo que retrasó el origen conocido de nuestra especie en 100.000 años. El hallazgo demostró, además, que la evolución del ser humano moderno no se circunscribió únicamente al este de África, sino que abarcó a todo el continente africano.

Para El Albani, Jbel Irhoud representa una oportunidad para expandir sus líneas de investigación hacia nuevos horizontes. «En Gabón aprendimos mucho sobre cómo reacciona la vida ante el estrés químico, cómo se acomoda, se adapta y evoluciona», explica. «No hay motivos para pensar que este principio no afecte también al Homo sapiens primitivo. Queremos aplicar las lecciones extraídas de organismos antiquísimos a este caso específico que nos toca de cerca como humanos».

Aunque la iniciativa se encuentra en fase de planificación, el científico confía en sacarla adelante. Se trataría de la primera ocasión en la que se emplean métodos geoquímicos para estudiar el impacto del entorno de Jbel Irhoud sobre las poblaciones de Homo sapiens que habitaron la zona hace más de 300.000 años.

Más allá de sus estudios de campo, El Albani ha consolidado una red de cooperación académica estable y duradera con Marruecos a través de diversos proyectos recientes. El primero de ellos, desarrollado en colaboración con la Academia Hassan II de Ciencias y Técnicas, se centra en la coevolución entre los seres vivos y el medio ambiente, un marco idóneo para profundizar en las incógnitas sembradas por sus trabajos en Gabón y Marruecos.

El segundo es un programa Erasmus+ aprobado recientemente, que constituye un hito inédito para la Universidad de Poitiers por sus características organizativas. Este proyecto vincula a la institución francesa con cinco universidades marroquíes situadas en Marrakech, Rabat, Agadir, Kénitra y Beni Mellal. La dotación económica, que asciende a varios cientos de miles de euros, financiará el intercambio de alumnos, docentes, investigadores y personal administrativo de ambos países. «El objetivo es estructurar una movilidad científica sostenible que garantice que los estudiantes de máster y doctorado dispongan de los medios necesarios para investigar en Poitiers bajo condiciones óptimas», aclara El Albani, impulsor de la iniciativa.

La tercera iniciativa consiste en un proyecto internacional de investigación presentado con el respaldo del Centro Nacional para la Investigación Científica de Francia (CNRS) para un periodo de cinco años, que también contará con la participación de centros universitarios marroquíes. Su cometido es similar: intensificar los lazos científicos bilaterales en torno al estudio de las relaciones entre los organismos y sus hábitats. «Mantengo numerosos proyectos conjuntos con Marruecos. Estos son los más nuevos, pero desde luego no serán los últimos», concluye el docente.

El expolio de fósiles, una catástrofe sistémica

Al abordar el expolio de los yacimientos geológicos y paleontológicos, el semblante de Abderrazak El Albani cambia notablemente. La prudencia académica deja paso a una indignación firme y contenida, propia de un científico que ha alzado la voz en repetidas ocasiones ante los medios de comunicación sin percibir cambios tangibles.

El reciente caso de Mibladen ha reavivado esta polémica. En esta localidad del Moyen Atlas, un grupo de paleontólogos descubrió huellas de pterosaurios, los célebres reptiles voladores del Mesozoico. Pocos días después de que se difundieran los primeros estudios, los saqueadores arrasaron la zona. A pesar de que los científicos lanzaron varias voces de alarma desde 2024, la falta de medidas protectoras propició que las pisadas desaparecieran por completo en cuestión de semanas, destruyendo el valor científico del enclave de forma irreversible.

El Albani rechaza considerar este episodio como un hecho aislado y evoca otros precedentes, sobre todo en el Anti-Atlas, donde varios yacimientos han sido completamente desmantelados. Formaciones geológicas excepcionales que habían resistido intactas cientos de millones de años resultaron destruidas sin escrúpulos. «Es una auténtica catástrofe», lamenta. «No dejamos de advertir del peligro y de denunciarlo ante la prensa, pero los investigadores carecemos de competencias ejecutivas. Nuestra labor se limita a alertar, poner en valor y estudiar; no podemos adoptar decisiones de protección».

El comercio ilegal no es el único factor detrás de este expolio. Según denuncia El Albani, algunas instituciones académicas extranjeras incurren en prácticas abusivas similares. «Llegan al lugar, cargan contenedores enteros y se marchan sin dejar rastro, excluyendo por completo a los investigadores marroquíes de los estudios posteriores», denuncia. De hecho, las aduanas de países como Francia han interceptado en reiteradas ocasiones vehículos cargados de fósiles y meteoritos procedentes del reino magrebí.

El escenario que más solivianta al experto es el de aquellos científicos extranjeros que compran restos fósiles de Marruecos a intermediarios para posteriormente firmar artículos en publicaciones de prestigio internacional sin incluir a ningún especialista local. «Existen artículos científicos basados enteramente en piezas adquiridas de forma ilegal, e incluso constan las facturas comerciales de esas compras», critica El Albani. «El resultado es indignante, porque ni los científicos locales, ni los alumnos, ni el propio país reciben el menor reconocimiento. Es un escándalo que solo beneficia a los traficantes mientras priva a Marruecos de su propio patrimonio».

La necesidad de actuar es, por tanto, perentoria. Los enclaves geológicos de Marruecos constituyen un patrimonio escaso, insustituible y de un valor científico refrendado por la comunidad internacional en cada investigación publicada. Su destrucción es irreversible. Una vez que un yacimiento es devastado, ninguna normativa con efectos retroactivos ni declaración de la Unesco podrá recuperar lo que la Tierra tardó millones de años en crear.

Por Hajar Kharroubi
El 15/06/2026 a las 10h15