«Francia-Argelia. De 1962 a nuestros días. Historia de una relación patológica» (ediciones Tallandier, marzo de 2026) sostiene una tesis fuerte, polémica y a menudo acusadora. Su autor, Pierre Vermeren, que enseña historia contemporánea del Magreb y Oriente Próximo en la Sorbonne, trata de entender por qué la relación franco-argelina le parece al mismo tiempo anómala, trabada y profundamente nociva.
En el centro de su argumentación hay una idea simple y severa: Argel habría reducido, con el paso de las décadas, su relación con Francia a solo dos cuestiones, la memoria y los visados.
El libro se abre con los casos recientes de Christophe Gleizes y Boualem Sansal, no para tratarlos como simples episodios de crisis, sino para leer en ellos la culminación de un mecanismo antiguo. Según Vermeren, la fractura responde menos a un accidente que a un sistema, menos a un choque pasajero que a una lógica instalada.
De ahí esa relación «patológica», saturada de redes y «fuera de la diplomacia», atravesada por las injerencias argelinas en Francia, y agravada por la propensión de Argel a reducir el poder a figuras concretas, a hombres, a personalizarlo.
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Pero para arrojar luz sobre esa mecánica contemporánea, el historiador opta por remontarse mucho más atrás, hasta el siglo XIX. Muestra así que Argelia fue concebida como una extensión del territorio francés, a costa de un bricolaje jurídico originario que nunca ha dejado de producir efectos.
Es ahí, en esa arquitectura tambaleante, donde aparece, según él, el primer gran trauma reprimido: privados de una ciudadanía francesa plena, los argelinos habrían conservado de esa patria que los negó y los trató como seres fallidos un rencor imborrable. A su juicio, la historia franco-argelina no ha dejado nunca de regresar a esa escena primitiva en la que se anudaron, en un mismo gesto, el vínculo y su desgarramiento.
De Gaulle, liquidador lúcido antes que reconciliador
Pierre Vermeren sostiene que De Gaulle no «dio» la independencia a Argelia por grandeza moral o por una iluminación tardía, sino porque consideraba que mantener la Argelia francesa se había convertido en un peligro para la propia Francia. Detrás de la épica oficial, el historiador hace emerger una lógica de salvaguarda nacional.
Entre bastidores, el general hablaba del «lastre argelino»: «El presidente Charles de Gaulle fue el actor institucional francés de la salida del Imperio y de la liquidación del “lastre argelino”, que consideraba que se había convertido en una amenaza mortal para los intereses vitales de Francia. Y no era algo evidente, puesto que el 13 de mayo de 1958 De Gaulle había sido llamado por el comité de salut public de Argel para salvar la “Argelia francesa”.»
Porque De Gaulle es, a su juicio, el verdadero arquitecto del cara a cara que se instala después entre París y Argel: presidencialización de la relación, inversiones masivas tras 1962, mantenimiento de vínculos estrechos y, sobre todo, creación de la excepción migratoria argelina que hoy ha lastrado a Francia. Quien cierra políticamente el expediente argelino abre, al mismo tiempo, unas consecuencias humanas e institucionales duraderas.
En ese mismo movimiento, la Argelia independiente se organiza, según el historiador, en torno a una gobernanza militar que toma más del comunismo de Estado que del socialismo parlamentario. El poder se infiltra en la economía, modela el aparato institucional y extiende su tutela sobre el conjunto del cuerpo social. Poco a poco, el régimen se congela en una lógica rentista, a la vez fastuosa y miope, en la que la industrialización ensalzada por el discurso oficial tiene a menudo mucho de espejismo.
Sin embargo, esa independencia no impide en absoluto la continuidad de otra forma de dependencia. El autor muestra que la francización poscolonial continuó a través de la escuela, la universidad y la cooperación, hasta el punto de que Francia habría formado, después de 1962, a más élites francófonas que en la época colonial.
Así, Argelia se convierte, en su análisis, en una especie de espejo deformante de Francia, un país donde «si todo es igual, todo es diferente». Detrás de la familiaridad de las formas se despliega una lógica de poder completamente distinta. Argelia ha conservado una parte importante de las estructuras coloniales, no para prolongarlas tal cual, sino para reorientarlas al servicio de un régimen dictatorial.
La guerra de Argelia continúa en Francia
Ya no se trata solo de entender Argelia, sino de comprender lo que la guerra de Argelia ha dejado en la sociedad francesa. Para el historiador, las élites francesas han pensado durante mucho tiempo Francia a través del fracaso argelino, ya sea en clave de culpa, de reparación o de memoria inconclusa y de un imaginario multicultural que prolongaría la Argelia perdida: «La primera es un crédito moral y político casi ilimitado ofrecido a los argelinos. […] La segunda es el hecho […] de acoger en la Francia metropolitana, de manera inicialmente irreflexiva, a una población inmigrante, esperando una convivencia entre culturas, religiones y lenguas sin organizarla realmente ni anticipar sus múltiples consecuencias.»
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Para Vermeren, la Francia posterior a 1962 intentó convertir su fracaso imperial en un proyecto interior, sin mirar nunca de frente los efectos de esa traslación. Es la «ceguera consentida», expresión tomada del libro superventas de Xavier Driencourt («Francia-Argelia: el doble cegamiento», ediciones de l’Observatoire, 2025), frente a la realidad del régimen argelino. Aquí también hay un capítulo de acusación, pero esta vez dirigido contra París. Vermeren reprocha a los responsables franceses haber creído que conocían Argelia porque conservaban recuerdos, vínculos, redes o una cultura común.
En realidad, según él, no vieron —o no quisieron ver— la evolución del país hacia un sistema duro, opaco y represivo: «Las élites dirigentes francesas creen erróneamente que conocen este país y que, en el fondo, es un sucedáneo de la Argelia francesa, o incluso de la Francia de fin de siglo. ¿Se han dado cuenta de que no saben nada de sus dirigentes, de su proyecto, de su trayectoria ni de sus opiniones?»
Ataca frontalmente a los dirigentes franceses. Les reprocha haber otorgado a Argelia una indulgencia que la naturaleza autoritaria del régimen no justificaba: silencio ante la represión, apoyo material, crédito político y tolerancia hacia redes de influencia que operan en Francia. La Grande mosquée de Paris, las redes consulares, los circuitos mafiosos o paraestatales aparecen como otras tantas palancas a través de las cuales Argel prolongaría su acción en suelo francés.
El autor da la vuelta a una idea cómoda: la proximidad histórica no produce necesariamente conocimiento, puede producir la ilusión del conocimiento. Y la guerra de Argelia sigue actuando de forma soterrada, todavía hoy, sobre la sociedad francesa.
Relaciona todo ello con la reconstrucción, en la metrópoli, de un proyecto multicultural o multiétnico que sería en parte la prolongación fantaseada de Argelia. Es, literalmente, un «fiasco republicano». La expresión funciona en dos sentidos. Designa primero el fracaso francés en Argelia, pero en Vermeren también alude al fracaso del relato francés sobre sí mismo, el de una República convencida de civilizar y liberar. Vermeren muestra que la guerra de Argelia no es solo un pasado colonial, sino un trauma político francés que sigue plenamente activo. El autor no excusa la ignorancia, sino que rechaza una forma de cobardía política.
La memoria como instrumento de poder
Llega entonces la guerra civil de los años 90, que agrieta el relato heroico del régimen. Para restaurar su legitimidad, el poder volvió a invertir con una intensidad inédita en la memoria anticolonial, radicalizando cada vez más la acusación contra Francia: «Bouteflika reinventó la “renta memorial” de la guerra de Argelia y de la colonización francesa. Primero la criminalizó como nunca se había hecho; después la nazificó […]; y luego las asoció a una empresa genocida.» La violencia del vocabulario aquí es esencial.
Pierre Vermeren quiere mostrar que la memoria ya no es solo un registro conmemorativo, sino un arma política destinada a neutralizar la cuestión de la guerra civil, a recomponer el régimen y a culpabilizar a Francia. Esta pasaría así a ser un «país genocida»: la memoria deja de ser conmemoración y se convierte en escalada política. Al comentar esto, el autor quiere mostrar que el pasado ya no se trabaja para ser comprendido, sino para ser movilizado.
Sarkozy o la ruptura del juego habitual
El capítulo dedicado a Nicolas Sarkozy muestra muy bien que, en Vermeren, la historia diplomática también se lee como una historia de las frustraciones del régimen argelino. Vermeren presenta a Nicolas Sarkozy como el primer presidente de la V República que, pese a algunos gestos iniciales de buena voluntad, deja de ajustarse a las expectativas de Argel.
El acercamiento a Marruecos e Israel, el retroceso del peso económico francés en Argelia y, sobre todo, la intervención en Libia son leídos como choques mayores para el régimen argelino. Según el autor, esa secuencia convence a Argel de que Francia ya no es un socio fiable, sino una potencia peligrosa, alineada con otros intereses. Es una «derrota para Argel», que pierde desde entonces el control sobre la relación.
Si Jacques Chirac y François Mitterrand jugaron el papel del «buen padre» bonachón que cierra los ojos ante las turbiedades de la nomenklatura, la edad de la inocencia termina bruscamente con Sarkozy. Este despierta las sordas angustias del abandono paterno. París pasa a ser, a ojos de Argel, inestable, infiel a sus antiguos códigos y potencialmente amenazante. Es una «pesadilla que reactiva los fantasmas argelinos del pasado».
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Argel percibió la elección de François Hollande como el regreso de una izquierda amiga, «una victoria […], Argel espera de ella retornos positivos en materia de penitencia y perdón franceses». Emmanuel Macron irá aún más lejos, ya desde 2017, con su declaración sobre la colonización como «crimen contra la humanidad» y una política fuertemente apoyada en la memoria. Es la ocasión para reanudar el pulso con el «padre». Vermeren señala el límite absoluto del macronismo memorial.
Se pueden multiplicar los gestos, los símbolos, las comisiones y los homenajes; mientras no exista esa escena casi teológica del perdón, Argel no queda satisfecha. El comentario implícito del autor es claro: la lógica concesiva frente al hijo «enfermo» no tiene fin. No hay ninguna normalización en perspectiva. Argel siempre quiere más, especialmente en materia de perdón, disculpas y visados, mientras que el Hirak reactiva la desconfianza del régimen, que tiende a ver detrás de la contestación la sombra de Francia.
El autor ve en ello la prueba de que las concesiones simbólicas no bastan, porque el régimen espera algo más que un reconocimiento: espera una forma de capitulación moral: «Para Argel, obtener el “perdón” de París, o en su defecto unas “disculpas”, más laicas, tendría un beneficio múltiple. […] y, por último, llevar de una vez por todas a los franceses a la contrición.»
La crisis abierta y el desenganche final
Llega entonces el momento en que el mecanismo se atasca. Vermeren muestra aquí a un Macron cansado de los desaires argelinos, un endurecimiento frente a las injerencias argelinas en Francia, la cuestión cabileña, ante la que el presidente francés es muy sensible, la comisión de historiadores sobre la memoria que decide poner en suspenso, así como la seguridad pública puesta en peligro por operaciones de influencia en Francia por parte de un Estado canalla a plena luz del día. Pero, sobre todo, la decisión francesa de reafirmar su amistad con Marruecos y la decisión histórica adoptada sobre la soberanía del Reino sobre el Sáhara occidental.
Para el autor, ese es el punto de no retorno: «La carta cae como un jarro de agua fría en Argel, porque el presidente Macron parece trasladar de golpe su “amistad” y el famoso “partenariado de excepción” a Marruecos. […] Argelia, a fuerza de desaires hacia el presidente Macron, ha terminado por cansarlo y desanimarlo.» Argel llama a consultas a su embajador y la crisis se vuelve frontal.
La relación franco-argelina funciona mientras París acepta moverse dentro del universo de expectativas argelino; en cuanto se sale de él, la crisis estalla a plena luz. Es la puesta en escena de la revuelta por parte de Abdelmadjid Tebboune que, como Edipo, se pierde en los tormentos de un destino que creía descifrar, pero que termina cerrándose sobre él como una noche sin orillas.
Argel quiere «hacer bailar a París», ya no mediante la práctica dominada de la seducción y la manipulación, como en tiempos de Mitterrand, Chirac o Hollande, sino cambiando el guante de terciopelo por la porra del chantaje.
Una relación «tóxica» que hay que normalizar
La conclusión condensa todo el libro en una fórmula sencilla: Vermeren considera que a Argel le interesa mantener la conflictividad memorial, porque le sirve al mismo tiempo como legitimación interna y como palanca externa. Argelia ha conservado también a Francia como adversario memorial y como salida migratoria, manteniendo con ella un vínculo de dependencia contrariada cuyo contencioso alimenta de forma permanente la escena política.
Por el contrario, Francia debería, según él, salir del terreno de la emoción, la culpa y la excepcionalidad para construir una relación ordinaria, liberada de pasiones históricas, en el marco más sobrio de un vínculo de Estado a Estado.
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Por eso el libro concluye con la idea de una separación adulta. Se trataría, escribe Vermeren, «de acabar de una vez por todas con la página abierta por la historia colonial», para romper con una relación considerada «tóxica» y desde hace tiempo fuera de los límites del sentido común. Su palabra clave no es, por tanto, la fusión de memorias, y menos aún su reconciliación declamatoria, sino la normalización.
Desde esta perspectiva, ya no se trataría de conceder a Argelia un estatuto de excepción, sino de tratarla por fin como a un Estado entre otros, regido por las mismas reglas de distancia, reciprocidad y soberanía. Una tesis lo bastante nítida como para no dejar indiferente.
«Francia-Argelia. De 1962 a nuestros días. Historia de una relación patológica», Pierre Vermeren, 304 páginas. Ediciones Tallandier, 2026. Precio de venta al público: 285 DH.
