Desde su instalación en Canadá, el youtuber Hicham Jerando ha ido construyendo progresivamente una presencia mediática basada menos en la coherencia que en la provocación y en la explotación de cualquier grieta susceptible de garantizarle visibilidad y audiencia. Comerciante, comentarista improvisado, opositor autoproclamado… hoy ha cruzado todos los límites en una trayectoria ya marcada por el exceso, convirtiéndose en portavoz del terrorismo internacional, de sus apoyos y de sus apóstoles. Lo que ayer era crítica virulenta se ha transformado ahora en la difusión abierta de discursos extremistas y marcos ideológicos cuya gravedad no puede ignorarse.
A través de su canal «Tahadi» y sus redes sociales, Jerando ya no se limita a comentar o cuestionar. Amplifica, valora y legitima discursos, movimientos y países que hacen del terrorismo su bandera. La promoción de un vídeo de Abdullah El Shrif, publicado el pasado 26 de marzo, es un ejemplo revelador. Este último, uno de los portavoces más visibles de los Hermanos Musulmanes en Egipto, conocido por sus posiciones radicales y su capacidad para envolver mensajes extremistas en un tono aparentemente humorístico, desarrolla una retórica que va mucho más allá del análisis geopolítico, incorporando un antisemitismo explícito y llamamientos al odio y a la violencia. Al calificar esta intervención de «jugada maestra» y de «verdad», Jerando deja de ser un observador de una grave deriva para convertirse en su promotor.
El contenido en cuestión no deja lugar a dudas. Glorifica un modelo político y militar controvertido, el del régimen iraní, presentado como ejemplo de poder, resiliencia y eficacia estratégica. «¿Cuál es el problema? Habéis expulsado a los científicos y reformistas, reduciéndolos al silencio o a la cárcel […] Mientras tanto, Irán ha apoyado a sus científicos y, gracias a ellos, ha logrado producir cientos de kilos de uranio enriquecido, acercándose al umbral nuclear», ironiza Abdullah El Shrif. El discurso se basa en una oposición caricaturesca entre Estados árabes supuestamente débiles, dependientes y cerrados a la innovación, frente al Irán de los mulás, erigido en modelo de soberanía científica, industria de defensa y resistencia a Occidente.
La crítica continúa con un ataque frontal a las políticas de seguridad de estos países. «Habéis calificado de terroristas a líderes creyentes […] mientras que en Irán se ha reconocido su valor, convirtiéndolos en una fuerza poderosa, como los Guardianes de la Revolución». Y el elogio final, apenas disimulado, completa esta construcción ideológica: «Pero Irán […] ha producido, actuado y golpeado a un coste mucho menor. Aprended de ellos la paciencia, la resistencia, la resiliencia y la dignidad». En definitiva, detrás de este populismo desbordado se esconde una visión del mundo donde la confrontación por cualquier medio y la lógica del terror se imponen sobre cualquier otra consideración.
Que este tipo de discursos provenga de El Shrif se inscribe en una trayectoria conocida: la de un agitador digital condenado a cadena perpetua en Egipto por financiación del terrorismo, instalado en una retórica de ruptura alimentada por el exilio, la confrontación permanente y el deseo de revancha. Pero que el ciudadano canadiense Hicham Jerando, desde el confort de una democracia abierta, decida convertirse en su altavoz entusiasta y hacerlo con total impunidad resulta aún más inquietante. Ya no se trata de polémica ni de crítica acerba, sino de una adhesión explícita a discursos peligrosos que alimentan el extremismo más violento.
Nos encontramos claramente ante un caso de apología del terrorismo y de un movimiento que lo utiliza como principal instrumento. El 13 de enero de 2026, Estados Unidos designó oficialmente como «organizaciones terroristas extranjeras» a las ramas de los Hermanos Musulmanes en Egipto, Líbano y Jordania. Esta decisión, impulsada por un decreto de Donald Trump, implica congelación de activos y sanciones financieras. Canadá, donde reside Jerando, es además uno de los principales aliados de Estados Unidos en la lucha contra el terrorismo y miembro de la OTAN.
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Al apropiarse de estos discursos y presentarlos como «verdades», Jerando asume una responsabilidad penal en su difusión. Ya no puede escudarse en el argumento del simple compartir: valida, amplifica y legitima. Y con ello contribuye a normalizar discursos que, en Canadá y en cualquier otro lugar, no deberían ser tolerados. El contraste con el marco legal en el que opera es llamativo. Canadá dispone de un arsenal jurídico claro contra la incitación a la violencia y al terrorismo. El artículo 83.221 del Código Penal regula explícitamente la difusión de mensajes susceptibles de fomentar estos delitos, incluso sin que lleguen a materializarse. Desde la ley antiterrorista de 2015, la mera difusión de mensajes incitadores puede constituir un delito. En este contexto, la ausencia de reacción ante este tipo de contenidos resulta, como mínimo, desconcertante.
La libertad de expresión tiene límites cuando se convierte en vehículo de discursos que glorifican dinámicas violentas. Eso tiene un nombre: la ley. Al posicionarse como discípulo aplicado de un supuesto «maestro», en los propios términos del contenido difundido, Jerando no adopta solo una postura ideológica, sino que se inscribe en una lógica de adhesión y transmisión. Esta evolución confirma una tendencia ya perceptible: provocar, impactar y captar atención a cualquier precio, incluso adentrándose en terrenos cada vez más sensibles. En su búsqueda de visibilidad, Jerando parece haber optado por una escalada constante en la radicalidad.
Queda por ver hasta dónde puede llegar esta trayectoria sin provocar una reacción firme por parte de las autoridades canadienses. A medida que se difuminan las fronteras entre opinión, propaganda y militancia ideológica, la cuestión de la responsabilidad individual se vuelve inevitable. Y en este juego peligroso, la aparente impunidad podría ser solo temporal. Eso, al menos, es lo que cabe esperar. De lo contrario, cabe preguntarse si alguien pilota el gran avión llamado Canadá.
