La declaración del martes 28 de abril de 2026 de la ministra canadiense de Asuntos Exteriores, Anita Anand, reconociendo el plan de autonomía marroquí para el Sáhara como «base de una solución» al conflicto, marca un punto de inflexión en una relación bilateral obstaculizada en los últimos meses por factores persistentes de distorsión. Este primer paso es significativo. Refleja una toma de conciencia en Ottawa: Marruecos no puede ser tratado como un socio secundario, y mucho menos como un Estado cuya soberanía sobre sus provincias del sur sea negociable. Al alinear su posición con la resolución 2797 del Consejo de Seguridad de la ONU, adoptada el 31 de octubre de 2025, que consagra el plan de autonomía como la base de una solución política, Canadá rompe con una ambigüedad bastante frustrante.
Este giro no es fruto del azar. Marruecos ha multiplicado los mensajes para recordar que sus relaciones internacionales se basan en principios intangibles: respeto de la integridad territorial, no injerencia y reciprocidad. Aunque tardíamente, Canadá ha ajustado su postura en consecuencia. El reconocimiento del plan de autonomía no es, por tanto, solo un gesto diplomático, sino también una justicia hecha a Marruecos, que ha sabido demostrar que toda relación bilateral sana se construye sobre bases sólidas, y no sobre equívocos.
Sin embargo, este primer paso no basta por sí solo para restablecer una relación apaciguada y dinámica. Una verdadera dinámica de asociación y de progreso compartido exige mucho más que una declaración, por importante que sea. Supone un diálogo franco y sin tabúes, en el que cada tema, desde el Sáhara hasta los intercambios económicos, pasando por la protección de los intereses de la comunidad marroquí en Canadá, se aborde con transparencia. Marruecos siempre ha insistido en la necesidad de una relación libre de cualquier factor de interferencia. Esto significa, en concreto, que Canadá deberá aclarar su posición sobre varios puntos sensibles.
En primer lugar, la cuestión del Sáhara. Si Ottawa ha reconocido el plan de autonomía como base de negociación, queda por ver cómo se traducirá esta posición en la práctica y cómo evolucionará. Lo que estamos presenciando actualmente no es más que el inicio de un proceso. Pero es un buen comienzo.
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Marruecos espera también acciones para poner fin a polémicas estériles, a menudo alimentadas por individuos insignificantes pero ruidosos. La verdadera prueba de esta nueva dinámica reside en la capacidad de Canadá y de su justicia para poner fin a la impunidad de la que han disfrutado, durante demasiado tiempo, quienes han utilizado su territorio como plataforma para atacar a Marruecos. Bajo el pretexto de la libertad de expresión, algunos han difundido insultos, mentiras y campañas de desinformación, atacando las instituciones del país y los símbolos de su soberanía. Estas acciones, que a menudo rozan la incitación al odio y a la violencia, toleradas en nombre de un multiculturalismo mal entendido, constituyen un elemento irritante en la relación entre ambos países.
La declaración de la jefa de la diplomacia canadiense, reafirmando el compromiso de Canadá con una relación bilateral renovada con el Reino, basada en el respeto mutuo, el diálogo constructivo y la apertura, y sustentada en una nueva dinámica de asociación, envía un mensaje inequívoco a estos individuos. El «paraguas» canadiense ya no es una protección absoluta. Aquellos que se creían a salvo, quienes pensaban poder socavar impunemente los fundamentos de la relación marroquí-canadiense, tienen ahora motivos de preocupación. Las voces que hasta ahora creían poder atacar a Marruecos con total impunidad deberían cuestionarse cada una de sus provocaciones pasadas y presentes. La cuestión es saber quién, entre quienes dormían tranquilos sobre sus privilegios, perderá ahora el sueño.
Canadá parece querer pasar página. Pero esta determinación deberá traducirse en hechos. La próxima visita de la ministra Anand a Marruecos será la ocasión para abordar todos los temas, incluidos los que generan tensiones, así como para medir la sinceridad de los compromisos adquiridos. Marruecos, por su parte, siempre ha privilegiado el diálogo. Pero este diálogo no puede ser un monólogo, en el que uno habla y el otro escucha sin actuar. Debe ser un intercambio equilibrado, en el que cada parte asuma sus responsabilidades. Canadá ha dado un paso. Ahora le corresponde demostrar que no se trata de un simple ajuste táctico, sino del inicio de una nueva era, basada en el respeto mutuo y la claridad de las posiciones.
