En un artículo publicado el 22 de mayo en Open Canada, la revista editada por el laboratorio de ideas Consejo Internacional de Canadá, el periodista Daniel Robson plantea una tesis directa y contundente. El giro en el discurso de Ottawa sobre el asunto del Sahara representa «más que un simple ajuste diplomático. Constituye una prueba para la capacidad de Ottawa de construir una estrategia africana seria».
El punto de partida de este análisis es la declaración pública de la ministra canadiense de Asuntos Exteriores, Anita Anand, tras su conversación con su homólogo marroquí, Nasser Bourita.
Daniel Robson examina minuciosamente las palabras de Anand, quien vinculó la relación bilateral al «respecto mutuo», al «diálogo constructivo» y a la «apertura». Asimismo, la ministra reconoció la importancia del Sahara para Marruecos, tomó nota de la aprobación de la resolución 2797 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y calificó el plan de autonomía marroquí como una iniciativa «seria y creíble».
Para Robson, este pronunciamiento «cuenta porque reconoce la realidad en lugar de intentar esquivarla». No obstante, el analista advierte de inmediato que este paso solo tendrá valor si se traduce en acciones concretas dentro de la política exterior canadiense.
Una política africana expandida pero sin una definición clara
El diagnóstico de Daniel Robson sobre la política africana de Canadá es severo, aunque se fundamenta en observaciones precisas. El periodista afirma que esta estrategia «se ha expandido más rápido de lo que ha tardado en definir qué relaciones bilaterales deben asumir un verdadero peso estratégico». Aunque Ottawa ha multiplicado los gestos de presencia en el continente mediante la apertura de nuevas misiones diplomáticas, el nombramiento de enviados especiales y la difusión de un discurso de compromiso amplio, esta expansión no ha venido acompañada de una jerarquización de prioridades. Canadá demuestra facilidad para identificar el potencial estratégico, pero encuentra serias dificultades para implantar la estructura política necesaria que permita transformar ese potencial en una dinámica estratégica real.
Esta falta de continuidad no es un problema de recursos o de competencias, según insiste el autor, sino una cuestión de método y de elección. Robson sostiene que una estrategia africana seria requiere alianzas con un número reducido de Estados clave que funcionen como ejes, capaces de «conectar al mismo tiempo regiones, instituciones y agendas políticas». Se trata de un criterio exigente, ya que obliga a distinguir entre todas las relaciones bilaterales posibles aquellas que verdaderamente pueden vertebrar una presencia africana sostenible en el tiempo, diferenciándolas de los vínculos meramente secundarios.
Es en este punto donde Marruecos adquiere un protagonismo fundamental en el argumento de Robson. El periodista considera que Rabat encaja en este perfil de Estado estratégico «con mayor claridad de lo que suele admitirse en el debate político canadiense». Marruecos se sitúa en la confluencia del comercio atlántico y mediterráneo, en el núcleo de la seguridad del norte y el oeste de África, y dentro de las redes políticas europeas. Un país con una posición multifacética de este calibre no puede ser tratado como un socio cualquiera, sino como un nodo de conexiones cuyo valor estratégico se multiplica gracias a su ubicación geográfica y a la solidez de sus compromisos regionales e internacionales.
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El retraso de Canadá frente a sus socios occidentales
Para ilustrar el distanciamiento de Canadá en este asunto, Robson contrasta la relación bilateral con Marruecos frente a las políticas adoptadas por los demás aliados occidentales de Ottawa. La comparación resulta evidente. Desde hace varios años, Estados Unidos ha consolidado a Marruecos como un socio de primer orden en materia de seguridad, algo reflejado en sus doctrinas y operaciones. Por su parte, Francia elevó formalmente la relación bilateral en 2024 durante una visita de Estado que marcó un hito en los lazos entre París y Rabat. Asimismo, la Unión Europea ha profundizado su cooperación con el Reino en ámbitos tan diversos como el comercio, la política digital y la seguridad, bajo un marco que se alinea de forma explícita con la resolución 2797 del Consejo de Seguridad.
Este escenario lleva al periodista a una conclusión clara. «Marruecos es percibido actualmente por varios socios occidentales como un actor estratégico en múltiples frentes simultáneos. Canadá todavía no ha estructurado su propio enfoque en torno a esta realidad», sentencia. Este desajuste provoca que Ottawa pierda una excelente oportunidad que sus aliados más cercanos sí han sabido aprovechar al construir con Rabat relaciones sólidas y multidimensionales, capaces de resistir a los vaivenes políticos y a los ciclos informativos.
Como ejemplo concreto de esta desconexión, Robson recurre al ámbito comercial. El autor recuerda que la plataforma oficial del Gobierno canadiense dedicada a los acuerdos comerciales y de inversión sigue clasificando el tratado de libre comercio entre Canadá y Marruecos como «inactivo y no vigente». Este detalle, que podría parecer un simple trámite administrativo, funciona como un claro indicador de la situación actual. Para Robson, «este descompás resume perfectamente el problema de fondo».
Canadá identificó hace mucho tiempo a Marruecos como una puerta de acceso idónea a los mercados norteafricanos y mediterráneos. Sin embargo, esa identificación nunca se materializó en la creación de una infraestructura política y comercial que estuviera a la altura de semejante ambición.
El periodista es muy explícito al señalar las causas de esta parálisis. No es la falta de capacidad lo que explica la inacción, sino lo que define como una carencia de «diplina estratégica». A su juicio, la política africana de Ottawa sigue enfocada en la expansión en lugar de centrarse en la priorización. Las nuevas delegaciones y los enviados especiales demuestran presencia, pero no delimitan dónde está dispuesta Canadá a concentrar verdaderamente su influencia política y económica. Al carecer de este enfoque, las relaciones adquieren un carácter «más transaccional que estratégico», respondiendo a demandas puntuales sin alcanzar la solidez necesaria para soportar los relevos gubernamentales o las crisis pasajeras.
El caso de Marruecos ilustra este problema con especial nitidez debido a que las condiciones para profundizar la alianza ya están dadas. «La lógica de un compromiso más firme ya está asentada en los ámbitos del comercio, la seguridad y la diplomacia, pero el seguimiento institucional no se ha concretado», sostiene el analista. Por lo tanto, no se trata de una falta de elementos para arrancar, sino de que Ottawa no ha tomado la decisión de transformar los vínculos existentes en una estructura sólida.
La soberanía como eje central de la relación
Uno de los aspectos más detallados en el artículo de Daniel Robson es la forma en que Marruecos evalúa a sus socios internacionales. Para Rabat, «la soberanía no representa un asunto secundario, sino el marco político esencial a través del cual se juzga la totalidad de la relación bilateral». Esta premisa implica que cualquier vínculo con Marruecos se analiza, desde la perspectiva marroquí, bajo el prisma de la cuestión del Sahara. Un socio que mantenga una postura esquiva en este asunto o que intente evadirlo nunca será considerado un interlocutor plenamente fiable, independientemente de los acuerdos firmados o de las declaraciones de amistad que se realicen.
Por esta razón, las palabras de Anita Anand adquieren una relevancia que supera la retórica diplomática tradicional. Al reconocer de forma explícita la trascendencia del Sahara para Marruecos y calificar el plan de autonomía como una propuesta «seria y creíble», la ministra demostró que Ottawa ha comprendido y aceptado este marco de interpretación, en lugar de intentar relativizarlo o eludirlo. Con este paso, Canadá ha abierto una vía de acercamiento, y la incógnita ahora es determinar si se comprometerá de verdad en este camino o si la apertura se quedará en un gesto sin efectos duraderos.
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En paralelo, la cooperación en materia de seguridad ocupa un lugar central en la reflexión del periodista, quien describe a Marruecos como «un activo valioso» cuyo modelo de seguridad «combina la obtención de información, la detección temprana de amenazas, el intercambio transfronterizo de inteligencia y la cooperación operativa en el norte de África, el Sahel, África occidental y Europa». Este amplio alcance geográfico y temático resulta directamente de interés para Canadá, cuyo «propio entorno de seguridad ya no se enfrenta a amenazas aisladas» sino a dinámicas complejas que se entrelazan entre distintas regiones.
Robson recalca que la relevancia de Marruecos en este campo no se debe únicamente a sus capacidades internas, sino también a su habilidad para integrarlas en estructuras colectivas. En este sentido, cita la oficina del programa de la Oficina de las Naciones Unidas contra el Terrorismo (UNOCT) en Rabat, «que funciona como centro regional de formación antiterrorista para África», como ejemplo de la integración del país en redes multilaterales de prestigio. Para Canadá, una cooperación estrecha con esta red proporcionaría una visión privilegiada sobre amenazas que, por su propia naturaleza, ignoran las fronteras nacionales.
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Asimismo, el periodista señala una deficiencia metodológica en la manera en que Ottawa articula sus alianzas de seguridad en el exterior al advertir que «Canadá suele mantener estos vínculos exclusivamente a nivel ministerial». Sin embargo, las relaciones estratégicas duraderas no se consolidan únicamente en las reuniones entre chefs de Gobierno o ministros, sino que se construyen mediante el trabajo conjunto de «fiscales, cuerpos policiales, autoridades aduaneras, canales de inteligencia, reguladores financieros y la cooperación judicial». Es en estos niveles operativos donde se consolidan las rutinas de trabajo, se cruzan las bases de datos y la información fluye en tiempo real.
Mientras que los socios europeos ya han desarrollado este tipo de andamiaje con Marruecos, Canadá se ha quedado en la superficie. Robson sostiene que si Ottawa aspira a mantener una relación con Marruecos que sea inmune a los cambios políticos y a los vaivenes de los medios de comunicación, necesita diseñar una estructura mucho más densa que abarque la lucha contra el crimen organizado, la cibercriminalidad, la financiación del terrorismo, las redes de tráfico ilícito, la coordinación judicial y la cooperación en investigaciones conjuntas, concluyendo que «es así como las relaciones estratégicas se vuelven duraderas».
Una agenda comercial orientada sector por sector
En el plano económico, Daniel Robson propone una serie de recomendaciones con un enfoque netamente operativo. El autor parte de la premisa de que la dimensión comercial de la relación representa «la prueba más evidente del verdadero compromiso» de Ottawa. Si Canadá está dispuesto a aportar claridad política en el asunto marroquí, también debe definir los sectores específicos donde esa claridad se refleje en inversiones reales y en una presencia activa de sus empresas.
El sector de los servicios mineros constituye el punto de partida idónea y más evidente, en total consonancia con las prioridades comerciales que Canadá ya promueve. Sin embargo, Robson va más allá e identifica a las tecnologías limpias y los sistemas digitales como campos donde Canadá cuenta con ventajas competitivas reales y donde Marruecos «avanza a buen ritmo». El periodista sostiene que es en estos sectores donde Canadá puede todavía «marcar la diferencia» en lugar de limitarse a replicar las acciones de la Unión Europea, recordando que «no tiene la necesidad de copiar la agenda europea, sino que debe dejar de desatender canales de actuación que resultan evidentes».
Para transformar las intenciones en hechos, el autor propone coordinar al Ministerio de Asuntos Exteriores de Canadá, al Servicio de Delegados Comerciales y al tejido empresarial canadiense en torno a una estrategia sectorial focalizada en Marruecos. Los ámbitos identificados abarcan siete áreas estratégicas, a saber, los servicios mineros, las tecnologías limpias, las infraestructuras digitales, la educación, la gestión del agua, la logística y la descarbonización industrial, una combinación que, según el analista, «transformaría una apertura diplomática en una verdadera hoja de ruta para la inversión».
Una de las partes más profundas del artículo se refiere a la precisión geográfica que debe guiar cualquier reorientación seria de la política canadiense hacia Marruecos. Robson insiste en que no basta con estrechar los lazos con Rabat de forma genérica, sino que una política exterior con visión estratégica debe analizar con detenimiento la geografía de sus compromisos.
En este sentido, el periodista destaca que «las provincias del Sur requieren una reflexión estratégica específica, ya que no representan un mercado regional más dentro de Marruecos. Estas provincias constituyen el espacio geográfico donde la soberanía marroquí se materializa en infraestructuras portuarias, corredores energéticos, nodos logísticos y conexiones con las rutas comerciales hacia el Sahel. Para Canadá, esto implica evaluar un entorno donde confluyen la oportunidad comercial, la conectividad regional y la relevancia política».
Esta consideración reviste una enorme importancia para una potencia como Canadá, cuya presencia en el Sahel y en el África subsahariana sigue siendo limitada y que busca vías de acceso más amplias al continente. Los puertos y corredores de las provincias del Sur de Marruecos podrían ofrecer la infraestructura de conexión necesaria hacia zonas donde Ottawa carece actualmente de puntos de apoyo sólidos.
Por ello, Robson insta a los líderes políticos y a las empresas canadienses a analizar detalladamente en qué puntos coinciden sus fortalezas sectoriales con las oportunidades que brinda esta geografía particular. El autor concluye este apartado con la advertencia contundente de que «un giro en la política exterior se vuelve real cuando es capaz de modificar los mapas, no solo los discursos».
Tres pasos para consolidar el giro diplomático en una política de Estado
En el tramo final de su artículo, Daniel Robson detalla las que presenta como las «medidas mínimas» indispensables para que el avance diplomático canadiense genere resultados tangibles y estables en el tiempo, identificando tres pasos principales.
La primera medida consiste en establecer un diálogo permanente e institucionalizado con Marruecos en materia de seguridad y justicia, garantizando que estas estructuras sobrevivan a los relevos de gobierno y no dependan de la disposición del ministro de turno. Este canal debe cubrir el espectro completo de los asuntos de seguridad que ya forman parte de las agendas de cooperación entre Marruecos y sus socios europeos.
El segundo paso implica la reactivación de una agenda comercial sectorial. En lugar de plantear una reanudación genérica de las negociaciones comerciales, se sugiere un enfoque más preciso y viable a corto plazo: una agenda sectorial concentrada en los ámbitos donde confluyen las capacidades canadienses y las demandas marroquíes, alineando las herramientas de comercio, diplomacia e inversión de Canadá bajo una estrategia unificada.
La tercera etapa requiere poner en marcha una evaluación interna rigurosa sobre cómo las infraestructuras de las provincias del Sur y la logística atlántica de Marruecos pueden integrarse en la planificación estratégica de Ottawa. Lejos de ser un paso previo a la acción, este análisis debe desarrollarse de forma paralela a las dos primeras medidas para asegurar que el compromiso de Canadá con Marruecos contemple todas las dimensiones de la alianza, incluidas las de mayor sensibilidad política.
Estas tres recomendaciones no constituyen un programa de máximos, sino las condiciones mínimas necesarias para que el giro diplomático de Ottawa marque una diferencia perceptible en la relación bilateral. «Son los pasos mínimos necesarios para transformar un giro diplomático en una política concreta», señala el autor, precisando que es en esta fase donde «Canadá puede decidir si Marruecos seguirá siendo una postura respectable sobre el papel o si se transformará en un verdadero eje estratégico en África y el Mediterráneo».
Para Daniel Robson, «Canadá se enfrenta ahora a una elección. Puede considerar a Marruecos como un verdadero pilar de su estrategia africana o dejar que una nueva apertura estratégica se detenga en la fase del discurso». Tras la ventana de oportunidad abierta por las declaraciones de Anita Anand, la decisión final de dar el paso recae ahora sobre Ottawa.
